Sin embargo, en este lado de la región, ¿desde cuándo hay arte? ¿Cómo se formaron nuestros primeros creadores plásticos? ¿La mujer participaba sin condiciones o luchó por un lugar históricamente de hombres? La reconocida investigadora e historiadora del arte, Laura Malosetti Costa, nos acerca algunas respuestas para conocer un poco más la historiografía artística argentina.
Hubo pocos artistas visuales en tiempos de la Colonia en lo que hoy es la Argentina. Más pintores y escultores de imaginería religiosa hubo en Potosí, en la Quebrada de Humahuaca, en el marquesado de Yavi o en Córdoba antes que en Buenos Aires, un puerto de escasa trascendencia cultural al menos hasta las guerras de Independencia. Después, algunos artistas viajeros, sus discípulos, Prilidiano Pueyrredón, un escenario de poca actividad artística, reservada casi en exclusividad al retrato y cultivada por extranjeros en su mayoría. Es en las últimas décadas del siglo XIX, a partir de la década de 1870, que comienza a formarse una escena artística moderna (esa “segunda modernidad” inaugurada en el siglo XIX) con sociedades de artistas, exposiciones, crítica y público. En 1876 se forma la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, a partir de la cual, en pocos años, se organizan academia, exposiciones, debates en la prensa. Esos artistas, en su mayoría hijos de inmigrantes (Eduardo Sívori, Eduardo Schiaffino, Ernesto de la Cárcova, Angel Della Valle entre ellos) luchan en todos los frentes por instalar el “gusto por el arte” en Buenos Aires. En una ciudad próspera y de pronto opulenta, su objetivo era corregir, gracias al cultivo del arte, la música, la literatura, los males del excesivo materialismo burgués. No solo procuran lograr un arte nacional, sino también tener museos, espacios de exhibición, escuela, mercado, una escena pública para las artes visuales.
La tensión entre la posibilidad de construir un arte nacional y el gusto por el arte europeo estuvo siempre presente. En el siglo XIX se partía de un sobreentendido: no había tradición artística local preexistente, de modo que el viaje a Europa de los futuros artistas no se ponía en cuestión, sino más bien a cuál de aquellos centros europeos debían ir: si Italia, España o Francia. Tras los primeros becarios que viajan a Florencia (Martín Boneo, Claudio Lastra, Emilio Agrelo, Francisco Cafferata) en su mayoría se dirigen a París que, por entonces, emergía como el centro de irradiación de “lo nuevo”, aunque hubo largos debates en la prensa con quienes sostenían que se debía viajar a Roma o Florencia, la “cuna” de la tradición artística. Por otra parte, también hubo grandes tensiones entre el mercado de arte europeo, y la preferencia de los coleccionistas, y el reconocimiento (y la adquisición) de obras de artistas argentinos. Eso fue muy difícil para los artistas argentinos, está presente en todas sus polémicas y todos sus recuerdos y evocaciones: la preferencia de los burgueses argentinos en general fue por el arte europeo, aunque hubo excepciones. Lucharon mucho, y en especial Eduardo Schiaffino, por instalar el arte argentino en las colecciones argentinas.