Un gabinete no debería estar integrado por funcionarios cuya principal virtud sea decirle siempre que sí al gobernador, sino por personas capaces de gestionar, resolver problemas y, cuando sea necesario, advertir que una decisión es equivocada.
Alcahuetes, obedientes e ineficientes
Cuando un gobierno conforma su gabinete privilegiando la obediencia ciega, el “alcahuetismo” y la lealtad personal por encima de la personalidad, la capacidad, la experiencia y la eficiencia, comienza a construir las condiciones de su propio fracaso.
El funcionario que solo aplaude y obedece puede resultar cómodo para quien ejerce el poder, pero termina siendo extraordinariamente costoso para toda la sociedad.
En un gabinete dominado por alcahuetes desaparece la crítica interna. Nadie quiere llevar una mala noticia, cuestionar una decisión o contradecir al jefe por temor a perder privilegios, cargos o influencia. Entonces, el gobernante termina encerrado en una especie de burbuja, rodeado de personas que le dicen lo que quiere escuchar y no lo que necesita saber. Los errores se repiten, los problemas se ocultan y la realidad queda relegada frente al relato oficial.
La ineficiencia agrava todavía más las consecuencias. Un funcionario incapaz puede permanecer en su cargo no por los resultados obtenidos, sino por su grado de obediencia política. Así, las áreas del Estado dejan de funcionar con criterios de responsabilidad y pasan a convertirse en espacios donde lo importante es conservar el favor del poder. Se deteriora la gestión pública, se retrasan las soluciones y los problemas cotidianos de la gente quedan sin respuesta.
El impacto, finalmente, recae sobre la sociedad.
Los ciudadanos padecen la mala administración en la salud, la educación, la seguridad, la obra pública y todos aquellos servicios que dependen del Estado.
Mientras los funcionarios se preocupan por quedar bien con el poder, la gente espera respuestas.
Mientras se protege a los ineficientes, se pierden oportunidades para corregir errores; y mientras el gabinete funciona como una corte de aduladores, la democracia se debilita porque el poder deja de estar sometido al necesario control y debate interno.
Un gobierno serio necesita funcionarios con personalidad, capacidad y autonomía intelectual. Necesita personas que puedan decir “esto está mal” cuando corresponde, aunque esa opinión resulte incómoda.
La obediencia absoluta podrá garantizar tranquilidad dentro de un despacho, pero no garantiza una buena gestión. Por el contrario, muchas veces es el camino más rápido hacia el aislamiento del poder, la acumulación de errores y el creciente malestar social.
Cuando un gabinete está integrado por alcahuetes, obedientes e ineficientes, quienes terminan pagando las consecuencias no son quienes ocupan cargos: es el pueblo, que sostiene con sus impuestos una estructura estatal que debería estar a su servicio y no al servicio de la comodidad política de quienes gobiernan.

