Política | sociedad contemporánea

La crisis de los partidos políticos en la sociedad contemporánea

Peter Mair, fue un politólogo irlandés nacido en 1951, se destacó como una figura influyente en el estudio de la política comparada y los partidos políticos. Su trabajo ha dejado un legado significativo en el campo de la ciencia política, especialmente en relación con la situación actual de los partidos políticos.

Mair publicó varios libros que se convirtieron en referentes importantes en su área de investigación. Su tesis doctoral, presentada en la Universidad de Leiden, se transformó en el libro "The Changing Irish Party System" (1987), que se convirtió rápidamente en una obra de referencia en el estudio del sistema político y los partidos políticos en general.

En su libro, Mair plantea una tesis central sobre la crisis de los partidos políticos y las instituciones políticas en la sociedad occidental desde la década de 1990.

Según él, esta crisis se puede dividir en tres frentes: una crisis política, una crisis de la democracia y una crisis de los partidos políticos. Estos tres aspectos combinados han llevado a una profunda crisis institucional en la vida política contemporánea.

Mair argumenta que la crisis política tiene sus raíces en la relación problemática entre los ciudadanos y el Estado, especialmente en el aislamiento y la desconexión que existe entre el individuo común y la autoridad pública.

Este problema ha persistido a lo largo de la historia moderna, pero se ha acentuado desde la década de 1990 debido a diversas influencias que han desvalorizado la vida pública y la actividad política, enfatizando la importancia del individuo privado sobre el hombre público.

En cuanto a la crisis de la democracia, Mair sostiene que, aunque durante la Guerra Fría la democracia parecía ser la solución definitiva a los problemas políticos, con el tiempo se hizo evidente que no era suficiente.

A pesar de la desaparición de la amenaza totalitaria, los problemas de representación popular persistieron y se acentuaron, ya que la brecha entre gobernantes y gobernados se amplió, generando un malestar generalizado.

La crisis de los partidos políticos ha experimentado un resurgimiento desde la década de 1990 y ha tenido un impacto significativo en todo el sistema político.

Mair identifica la disminución de la participación electoral en las democracias occidentales, lo que ha llevado a niveles preocupantemente bajos de participación en algunas elecciones.

Para comprender en nuestro país de una manera íntegra este fenómeno, es importante analizar el contexto histórico y las transformaciones que han afectado a los partidos políticos en Argentina.

Existe un consenso erróneo tanto en la élite intelectual argentina como en la política de atribuir la crisis actual de las organizaciones partidarias al año 2001. Sin embargo, podría ser al revés, ya que la crisis de los partidos políticos que se venía gestando desde 1989 no pudo amortiguar el impacto de la violenta conmoción económica, sino que, por el contrario, la agudizó.

Para comprender las crisis partidarias, es necesario examinar qué define o identifica a un partido. Su identidad de origen juega un papel crucial, y cuando esta se altera o modifica en función de nuevas realidades, surgen crisis que conducen a divergencias y fracturas. Estas son inevitables, pero también saludables. Algunos ejemplos históricos pueden ayudar a arrojar luz sobre estos asuntos.

Uno de los primeros partidos modernos en Argentina fue el Partido Autonomista Nacional (PAN), que fue el eje de la Generación del 80. Su objetivo principal radicaba en el triunfo definitivo de la unión nacional, la organización del Estado, la conformación territorial del país, la alfabetización, la separación de la Iglesia y el Estado, y la creación de una capital para Argentina. Sin embargo, faltaba la democracia y la participación popular en su programa.

A medida que la democracia comenzó a avanzar en el mundo, con reformas electorales en países como Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Bélgica y España, Argentina no podía permanecer aislada de esta corriente mundial. El PAN, dividido por estas y otras razones, perdió vigencia, y un sector minoritario, los Modernistas, dieron inicio a una nueva etapa en la política argentina.

El radicalismo asumió entonces una esencia de origen: ser la primera expresión de la democracia popular y, al mismo tiempo, la continuidad plebeya del modelo económico vigente. Sin embargo, en la década de 1930, todo cambió nuevamente debido a la influencia externa. El mercado mundial se hundió y arrastró consigo a Argentina. Todos los partidos provenientes del antiguo régimen perdieron su identidad y tuvieron que replantearse ante las nuevas realidades.

En la década de 1960, un nuevo torbellino mundial sacudió las estructuras de los partidos políticos. La Guerra Fría en plena expansión afectó nuevamente las identidades políticas. El marxismo, el foquismo y el elitismo revolucionario, tan populares en aquellos años, de una forma u otra obligaron a los partidos a reconsiderar su identidad. Fundamentalmente, el radicalismo, el peronismo y el socialismo se vieron afectados y dieron cabida, en mayor o menor medida, a una mirada sesgada hacia el marxismo y la violencia. Pero una vez más, la influencia provenía del exterior.

Pasando a la actualidad, el gran cambio del siglo XX fue la caída del Muro de Berlín y el declive del comunismo. Con ellos desaparecieron viejos paradigmas arraigados en las formaciones partidarias argentinas, como el estatismo, las regulaciones, el igualitarismo, el tercerismo y el antiimperialismo, entre otros. Fue en ese momento cuando los grandes partidos políticos, como el radicalismo y el peronismo, entraron en crisis de identidad.

En el radicalismo, las diferencias insalvables entre figuras como Alfonsín y Angeloz, que representaban el pasado y el presente respectivamente, llevaron a que Alfonsín, como jefe del radicalismo, retirara su apoyo al presidente De la Rúa, lo que tuvo graves consecuencias y desencadenó los acontecimientos del año 2001. Por lo tanto, el año 2001 no provocó la disolución del radicalismo, ya que este ya se encontraba en un estado de agonía previo.

En el peronismo, ocurrió algo similar. Al asumir la presidencia, Carlos Menem se adaptó a la corriente mundial y adoptó políticas alejadas de la esencia peronista, como el acuerdo con Bunge Born, las privatizaciones, la desregulación y una novedosa política exterior de amistad con Estados Unidos e Inglaterra. Esto generó divisiones en el peronismo, y los disidentes crearon el Frente Grande y el Frepaso para enfrentar a Menem. En ambas formaciones, se entonaba la marcha peronista.

Los cambios mundiales y los cambios culturales impactaron en las internas de los partidos políticos argentinos. Sin embargo, estos cambios se iniciaron en 1989 y no en 2001.

Es hora de que la élite intelectual argentina, también afectada por esta fractura, identifique el origen de la dispersión partidaria sin equivocarse al ubicarla en el año 2001, cuando en realidad se gestó a partir de 1989.

El estallido del 2001 en Argentina marcó un punto de inflexión integral en la sociedad. Sus repercusiones se extendieron por todos los ámbitos, desde lo económico hasta lo social, político y cultural, generando nuevos paradigmas que aún se están procesando en la comunidad. En este contexto, los partidos políticos tradicionales enfrentaron fracasos, errores y cambios discursivos que minaron la confianza y alejaron a la sociedad de ellos.

Este vacío y la incertidumbre respecto a los principios y banderas históricas de los partidos han llevado a una sociedad que observa a los políticos con distancia, ya que estos no han logrado redefinirse y presentar un planteamiento doctrinario nuevo, moderno, creíble y abarcador que aborde los problemas de la sociedad en su totalidad. En lugar de ello, muchas veces se centran en discutir problemas de los dirigentes en lugar de los problemas de la gente, generando desorientación tanto en los representantes como en los representados.

El expresidente de Estados Unidos, Barack Obama, solía comentar sobre la vida del ciudadano común, señalando que la gente mira al futuro con esperanza en ocasiones y con temor en otras. Sus vidas están llenas de contradicciones y ambigüedades. Sin embargo, al percibir que la política tiene poco que ver con su realidad, que se ha convertido en un negocio en lugar de una vocación, y que los debates políticos son poco más que entretenimiento, las personas se alejan y se refugian en sí mismas, evitando el ruido y la palabrería interminable.

El artículo 38 de nuestra Constitución establece que los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático. En ese sentido, considero que es necesario enfocar los esfuerzos y desafíos en los próximos años en revitalizar los partidos políticos. La calidad y la fortaleza de la democracia se ven afectadas cuando los partidos políticos carecen de legitimidad o flotan entre la indecisión y el escepticismo de la comunidad.

Por tanto, los partidos políticos tienen la obligación de actualizarse, convirtiéndose en espacios para el estudio y el debate abierto y tolerante. Deben buscar síntesis que no impliquen unanimidad, ser flexibles frente a una sociedad y un mundo en constante transformación, y volver a representar valores y principios. Es necesario que sean capaces de recrear una doctrina sin caer en dogmas, y que puedan representar la voluntad y el ideario de un sector de la sociedad.

Solo así la política y los partidos políticos recuperarán su legitimidad, ya que la política es la forma y la herramienta para materializar las transformaciones que permitan una verdadera construcción colectiva. Esto conducirá a la plena vigencia de un Estado de derecho constitucional y convencional, más allá de las diferencias de formas y enfoques. Es hora de repensar y renovar los partidos políticos para que cumplan su rol fundamental en el sistema democrático y sean verdaderos motores de cambio en beneficio de la sociedad.