Sin transparencia, la unidad que Sadir plantea es inviable
El gobernador Sadir habló ayer en Humahuaca en el marco de los actos por el 9 de julio e instó a la gente a trabajar por una patria unida.
En este sentido, me pareció pertinente responder sobre la frase “hecha” expresada por el gobernador porque la realidad indica otra cosa.
Estamos atravesando un momento en que la palabra ‘unidad’ parece quedar en silencio, en un contexto donde la política parece haber dejado de lado su verdadera esencia. ¿Podemos hablar de unidad en un país donde la institucionalidad está en jaque, donde la gestión pública funciona a doble velocidad, pero en sentido contrario?
El gobernador Sadir, en un acto simbólico en Humahuaca durante el día de la independencia, intento proyectar una imagen de unidad y fortaleza, cuando en realidad lo que domina es un gobierno oscuro, opaco, que no rinde cuentas, que ha minimizado todos los mecanismos de control y fiscalización. Una administración en la que la transparencia parece ser solo una palabra preciosa, que no llega a la realidad del pueblo, que vive en la incertidumbre y el descontento.
¿Cómo puede Sadir, que en lugar de escuchar y atender los reclamos de su gente, se limita a desoírlos, hablar de unidad? La verdad es que no hay verdadera unión cuando no hay respeto por la ley, cuando la constitución y los tratados internacionales que protegen los derechos de las comunidades originarias y de todos los ciudadanos son ignorados y pisoteados. La indiferencia frente a los derechos colectivos, la falta de respeto a la diversidad, a las historias y a las voces que claman por justicia, sólo ahonda esa grieta que separa a los pueblos de sus gobernantes.
Y qué decir de la gestión en sí misma: un silencio atronador respecto a la rendición de cuentas. La mayoría de las veces, los mismos que cobran salarios exorbitantes—ministros, legisladores, funcionarios—parecen vivir en una burbuja, alejados de las necesidades reales del pueblo. El pueblo, que lucha día a día, que trabaja con esfuerzo y paga sus impuestos, merece que sus líderes se hagan cargo de su responsabilidad. Pero en cambio, lo que recibimos es omisión, indiferencia, una actitud que raya en la impunidad. Los mecanismos de control existentes, en muchos casos, han sido intencionalmente silenciados, dejando a la gente en un estado de absoluta incertidumbre y desconfianza en las instituciones.
¿Hasta cuándo vamos a aceptar que la política sea solo una herramienta para el silencio y la opacidad? La unidad de una nación no se logra con discursos vacíos, con gestos simbólicos que buscan engañar, sino con una acción real, concreta, y sobre todo, con justicia y respeto por todos los ciudadanos. La verdadera unidad —esa que implica respeto, gobernabilidad, derechos— solo será posible cuando los líderes sean verdaderamente responsables, cuando rindan cuentas y sean transparentes en sus acciones.
Es imprescindible que cada uno de nosotros, como ciudadanos, exija esa responsabilidad y esa transparencia. Porque la historia no perdona a quienes no cumplen con su deber moral y legal. la verdad, en estos momentos, nos llama a la reflexión profunda: ¿qué tipo de país queremos construir? ¿Seguiremos permitiendo que las desigualdades, la opacidad y la indiferencia definan nuestro destino? la verdadera unidad, esa que une a un pueblo en libertad y justicia, solo será posible si logramos que nuestra política sea un servicio auténtico a todos, sin excepción, sin exclusiones, con verdad y con justicia. Solo así se podrá reconciliar la provincia con su gente y avanzar hacia un futuro mejor.
Nos encontramos en un momento crucial donde la transparencia no es solo una palabra de moda, sino una condición indispensable para fortalecer la democracia y construir una sociedad más justa y pacífica. la transparencia, en su esencia más pura, es el puente que une al estado con la ciudadanía, permitiendo que el pueblo tenga acceso a la información pública, a las decisiones, a los fondos, a los mecanismos de control. Sin esa apertura, sin esa claridad en la gestión y en la autoridad, la desconfianza se instala y las oportunidades de diálogo sincero se reducen a nada.
La historia nos ha enseñado que la opacidad solo alimenta los cortocircuitos sociales, genera rumores, desata rumores y permite que la corrupción florezca en las sombras. La gente, cuando se le oculta la verdad, siente que está siendo engañada, que le ocultan algo, y eso alimenta la desilusión y el estancamiento. Pero cuando se abre esa puerta y la información fluye con claridad, cuando los ciudadanos tienen conocimiento de cómo se gestionan los recursos, cómo se toman las decisiones, cómo funciona el estado, se generan las condiciones para la confianza. Y esa confianza es la mejor medicina para la pacificación social.
Porque la transparencia no solo es un acto de rendición de cuentas, sino también un acto de respeto profundo hacia quienes cotidianamente sostienen a la comunidad con su trabajo y sus impuestos: la gente común. Cuando la administración pública comparte información, cuando hace accesible cada dato relevante, contribuye a que las voces sean escuchadas, a que las disidencias sean debatidas y a que las soluciones sean colectivas. Es esa vía, ese canal abierto, el que ayuda a disipar los temores, las dudas y los enfrentamientos que surgen cuando la desconfianza predomina.
En un país donde la lucha por la justicia social y la democracia es constante, promover la transparencia es, por tanto, un acto de paz. Es un acto de reconciliación con la ciudadanía. Porque solo cuando todos los actores tienen acceso a la misma información, solo cuando la gestión pública es clara y pública, logramos reducir la brecha de desigualdad y aumentar la participación genuina. La transparencia no es un privilegio, sino un derecho; y ese derecho, si se garantiza, puede transformar los conflictos en diálogos y las tensiones en una ciudadanía más consciente y comprometida.
Por eso, es imprescindible exigir que los gobiernos, en todos los niveles, sean responsables de abrir sus archivos, de publicar sus datos, de informar con veracidad y a tiempo. Solo así se puede avanzar hacia una sociedad en la que la justicia y la paz sean la base, en la que cada ciudadano sepa que su estado actúa con honestidad y que sus decisiones no son oscuras ni ocultas, sino claras y honestas. La transparencia, en definitiva, es la piedra angular para construir una provincia donde todos podamos vivir en paz y en armonía, con la confianza de que las instituciones trabajan para el bien común.
Nos enfrentamos a una verdad irrefutable: sin transparencia, no hay verdadera unidad posible ni democracia plena. La transparencia es mucho más que una palabra; es la base fundamental sobre la cual construimos una sociedad justa, pacífica y respetuosa de los derechos. Sin esa apertura total y sin el acceso de la ciudadanía a la información pública, todo intento de unidad se vuelve superficial, vacío de contenido. Porque, ¿cómo podemos hablar de unión cuando los ciudadanos no saben qué decisiones se toman, cómo se usan los recursos, o si los procesos son justos y honestos?
La transparencia es el puente que conecta a los pueblos con sus instituciones, es la garantía de que no hay oscuridad donde debería haber claridad. Sin ella, la desconfianza crece, los enfrentamientos se profundizan y los conflictos sociales se mantienen latentes en cada rincón del país. La verdadera unidad solo se logra cuando todos los actores tienen la oportunidad de conocer la verdad, de entender qué se hace con su esfuerzo, con sus impuestos, con su futuro.
Y en ese mismo macrocosmos, la transparencia es también la condición sine qua non de una democracia plena. Una democracia que funciona solo cuando los derechos de todos, especialmente de las comunidades más vulnerables y de los pueblos originarios, son respetados y garantizados con total claridad. Cuando la ley y la gestión pública se transparentan, se fortalece la justicia y la confianza en las instituciones, y solo entonces puede florecer una ciudadanía activa, participativa, y consciente de su propio poder.
Por eso, creo que sin transparencia no hay unidad posible, ni democracia verdadera. Y si queremos avanzar en un país donde la justicia social prevalezca, donde la cultura de la ilegalidad y la corrupción quede atrás, debemos exigir y promover esa transparencia absoluta, ese acceso irrestricto a la información. Solo así construiremos una provincia en paz, en libertad y en plena democracia, donde los derechos de todos sean respetados y donde impere la justicia, sin excusas ni atajos.