Política

El modelo educativo de Jujuy carece de audacia pedagógica

En medio de esta crisis terminal del salario docente en Jujuy, donde la urgencia del bolsillo parece tapar todo lo demás, emergen otros temas fundamentales en la formación de nuestros alumnos que tienen que ver directamente con los contenidos.

Aquí amerita formular una pregunta incómoda pero necesaria: ¿están los contenidos adaptados a las demandas de un mundo cada vez más volátil y complejo? En general, los docentes jujeños, sobre todo aquellos con más experiencia, entienden perfectamente que se está educando para un mundo que ya no existe, un ecosistema laboral y social que se desvaneció hace décadas.

Las consecuencias para los educandos, mirando hacia el futuro, son una brecha de desigualdad cognitiva insalvable y una frustración que los empuja directamente al margen del sistema productivo. A esta hora, no se puede confirmar que exista algún debate serio en los espacios democráticos correspondientes sobre la importancia de la actualización curricular. Si hacemos una recorrida por las instituciones, la innovación brilla por su ausencia.

En la Legislatura todavía hay dudas sobre la conformación de las comisiones, de modo que es impensado imaginar que alguien en el área de educación esté mirando más allá de la coyuntura salarial. Esta falta de sentido de anticipación de las autoridades explica la sangría de chicos de las escuelas públicas, aburridos de escuchar siempre lo mismo cuando en las redes sociales, no reguladas, tienen oferta de contenidos al instante, dinámicos y seductores. Además, es responsabilidad directa del Ministerio de Educación no haber instrumentado mecanismos para que los docentes enseñen sobre el buen uso de internet; ya es tarde, la red está haciendo estragos en miles de jóvenes adictos a contenidos incluso “non sanctos”, con consecuencias graves en su salud mental y sus valores.

Hay una gran responsabilidad institucional, pero la irresponsabilidad política es aún mayor. Se está perdiendo un tiempo precioso mientras los alumnos van cumpliendo etapas de carácter meramente administrativo, aprobando materias por inercia pero sufriendo un retroceso fenomenal en términos de conocimiento real y pensamiento crítico. ¿Pero es esto culpa de los alumnos? Por supuesto que no. ¿De los padres? Tampoco. Es el sistema mismo el que está fallando, una estructura educativa que ha quedado como rehén de la política partidaria y de una burocracia que prefiere la estadística prolija antes que la excelencia académica, condenando a las nuevas generaciones de jujeños a navegar un siglo XXI con herramientas del siglo XIX.

¿Son las herramientas del siglo XIX o son las cabezas de la dirigencia las que están estancadas en ese pasado de tiza, pizarrón y control burocrático? El análisis crítico nos obliga a decir que las herramientas son simplemente el síntoma, pero la patología está en una conducción política que ve a la educación como un depósito de contención social y no como un motor de soberanía intelectual.

Lo que hoy vive Jujuy no es una falta de presupuesto tecnológico, es una falta de audacia pedagógica. Tenemos una dirigencia que se siente cómoda en la estructura jerárquica y rígida de 1800 porque esa estructura es fácil de disciplinar, mientras que el mundo moderno exige ciudadanos críticos, creativos y con autonomía, perfiles que a la política tradicional le generan pavor.

Por eso, el estancamiento no es un accidente, es una elección de diseño. Prefieren sostener un sistema que fabrica “etapas administrativas” cumplidas antes que mentes capaces de cuestionar la realidad. Mientras los funcionarios se pierden en internas por la conformación de una comisión o en el maquillaje de estadísticas de promoción, el abismo entre el aula y la realidad se ensancha. La tragedia no es solo que el docente gane mal, que es una ignominia, sino que el sistema obliga a ese docente a ser un administrativo de la pobreza en lugar de un guía hacia el futuro.

La red, internet y la inteligencia artificial no son el enemigo por sí mismos, sino que exponen la desnudez de un ministerio que no sabe qué hacer con ellas porque su lógica interna sigue siendo la del disciplinamiento y el pupitre fijo. Estamos ante una dirigencia que le teme a la incertidumbre del siglo XXI y se refugia en la falsa seguridad de un siglo XIX que ya no le responde a nadie, dejando a nuestros jóvenes a la deriva, huérfanos de una guía institucional que les enseñe a navegar un mar de información que los está naufragando.

Es hora de entender que si la cabeza no cambia, no hay computadora ni conectividad que valga, porque se seguirá usando el futuro para repetir los errores del pasado.