Política |

Rivarola, sinónimo de Estado fallido

Lo que estamos observando en Palpalá es la crónica de una ciudad asfixiada por la impericia y por el peso muerto de una estructura estatal que ya no responde a las necesidades del vecino, sino que se devora a sí misma.

Es alarmante, y hay que decirlo con nombre y apellido, que la gestión de Rubén Rivarola hijo haya convertido a la ciudad siderúrgica en un triste ejemplo de lo que ocurre cuando la herencia política choca de frente con la falta de capacidad operativa.

Estamos ante un escenario donde el contrato social se ha roto. El ciudadano de Palpalá hoy sostiene, con un esfuerzo enorme, una superestructura burocrática elefantiásica y amorfa de 28 mil millones de pesos, que se diluye casi exclusivamente en el pago de haberes, dejando a las calles en un estado de abandono total y a los servicios básicos en la categoría de artículos de lujo.

Resulta paradójico, y hasta irónico, que perteneciendo a un riñón político históricamente vinculado a la gestión de residuos, el intendente haya permitido que la ciudad se transforme en un gran depósito de basura y en un semillero de microbasurales que atentan contra la salud pública. Pero lo más grave es el terror que se respira en los barrios, especialmente en la zona norte, donde el avance del narcomenudeo y la delincuencia parece haberle ganado la pulseada a un Estado sin conducción ni liderazgo.

Palpalá no necesita más parches ni excusas basadas en la inexperiencia. Necesita una gestión que entienda que el municipio no es un depósito de personal ineficiente, sino una entidad que debe devolver en servicios cada peso que el vecino, ya cansado de tributar al vacío, deposita con confianza. Si no hay una reacción inmediata, el destino de esta ciudad histórica seguirá hipotecado por una burocracia que solo profundiza la mala calidad de vida de su gente.

Esta falta de pericia en la cúpula municipal desata una parálisis administrativa de consecuencias graves, porque cuando el mando carece de formación técnica y visión estratégica, el tiempo de la política choca brutalmente contra el reloj de la urgencia social. La inexperiencia de estos funcionarios, con el intendente Rivarola a la cabeza, no es un pecado de juventud, sino un factor de riesgo que se traduce en el desvío de recursos críticos hacia el sostenimiento de una estructura política estéril, dejando en pausa permanente las demandas de salud, seguridad y saneamiento.

Mientras la gestión improvisa soluciones de corto alcance, los problemas estructurales de la ciudad se vuelven crónicos, generando una frustración colectiva que erosiona la confianza en las instituciones y empuja a la población al desamparo. El costo de este aprendizaje sobre la marcha es el deterioro del patrimonio público y la pérdida de oportunidades de desarrollo, ya que un liderazgo sin trayectoria resulta incapaz de gestionar convenios o inversiones que saquen a Palpalá del estancamiento.

La realidad es que las necesidades del vecino no tienen el margen de espera que requiere un funcionario para aprender su oficio. Esa brecha entre la demanda ciudadana y la incapacidad ejecutiva termina por asfixiar el futuro de la comunidad, convirtiendo la gestión en un experimento fallido donde el único que pierde es el contribuyente.

Esta desconexión total entre la realidad de los barrios y los despachos oficiales es el síntoma final de un Estado que ha perdido su razón de ser, priorizando la permanencia de una casta inexperta por sobre la resolución efectiva de las crisis que hoy castigan a cada familia palpaleña.

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