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Recuerdos de Abra Pampa, por Fabián Víctor Borda

El escritor jujeño nos comparte el relato titulado "Los gauchos de ahora", en el que realiza un contraste entre la vida del campo antes y la vida del campo ahora. Para ello recurre a sus recuerdos de infancia en su querida Abra Pampa y la Finca de su abuelo Tomás Ramos.

FABIÁN VÍCTOR BORDA

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Como introducción al texto, Fabián Víctor Borda, expresa, "Quiero rendir mi homenaje a todos los que trabajan, y a los que ya brindaron su aporte con amor y sacrificio, a nuestra hermosa tierra.

Especialmente a los Trabajadores del Campo, a esos que sostienen al país con el esfuerzo de la faena diaria. Dura, interminable, pero bellísima y reconfortante a la vez.

Comparto con ustedes una historia que me tocó vivir hace muchos años, en la Finca que nos legara mi abuelo Tomás Ramos".

LOS GAUCHOS DE AHORA

En otras épocas, teníamos caballos para arriar a la tropa, con el tiempo fueron desapareciendo hasta llegar a esto: dos 4x4 y una poderosa moto.

La última vez que arriamos vacas a caballo, yo tendría entre 10 y 12 años.

Don Cipriano, encargado de cuidar la finca, me dijo: "Tenga cuidado, si se cae no tiene dónde subirse para volver a montar". Yo no tenía miedo, sabía que de cualquier manera volvería a subir.

Él era como un viejo árbol, un viejo y arrugado olmo, que de a poco iba inclinando sus cansadas ramas.

Como faltaba una montura, a mi caballo le pusieron vellones de oveja, cinchados con sogas de lana de oveja también.

Y comenzó la aventura.

Salimos de "El Potrero" (Un puesto -de tres- dentro de la finca) a las 07:00 de la mañana, hasta llegar a "La Estancia", el puesto siguiente, pasado ya el mediodía.

Íbamos llevando las vacas a paso lento, para cuidar a los terneritos que, apurados, corrían para no alejarse de la protección y seguridad que les brindaban sus mamás; de paso, para que vayan comiendo algo también.

Aún así, los mugidos se escuchaban bien fuerte!! A lo largo y ancho de la tropa. Como quejándose porque no las dejábamos quedarse a comer el pasto nuevo, rico y tierno, del hermoso verano aquel.

Durante la travesía pude observar la increíble vida de nuestro hermoso campo abrapampeño.

Caranchos y halcones observaban con sumo interés la caravana, porque a nuestro paso -lento pero bullicioso- los animalitos que se escondían de ellos entre las tolas y los matorrales, huían despavoridos.

A nadie le gustaría que lo pise un novillo de 200 kilos.

Había muchas liebres. Elegantes, curiosas, de grandes patas y orejas, con un pique casi imposible de alcanzar. Hasta para los zorros, que también vimos.

De repente, Don Cipriano azuza a los perros hacia una dirección. ¡Un enorme quirquincho corría buscando una cueva para esconderse!

Los perros (duchos para esto) fueron más rápidos, lo alcanzaron.

El anciano -sin bajarse del caballo- lo levantó y lo metió en una bolsa de arpillera. Al final del camino había juntado tres.

Así fue pasando la emocionante mañana, casi como en un safari de caza o avistamiento.

Las cigüeñas blancas y los flamencos rosados, surcaban el cielo mientras volaban buscando la Laguna Runtuyoc, a ocho kilómetros del pueblo, en dirección norte; manteniendo a toda costa, la formación en "V", que les permite recorrer grandes distancias con menor esfuerzo.

Así, entre las aves, los caballos y el campo, fueron forjándose en mi memoria, algunos de los recuerdos más intensos; como el aroma de la rica rica, que nos inundaba de a ratos; invitándonos a descansar un poco y a degustar esos riquísimos mates cocidos, servidos en jarro.

¡El campo estaba lleno de vida! Y yo en él.

¡Gracias, abuelo Tomás Ramos por legarnos esta tierra tan hermosa!

¡Viva Abra Pampa!

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