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Juan José Sebreli: "Sin crítica social no hay cambio"

Por Gregorio A. Caro Figueroa.- El jueves 19 de noviembre de 2015 Juan José Sebreli expuso sobre “El populismo”. Los organizadores de su visita me confiaron la presentación del ensayista argentino.

Cuando lo hicieron recordé que hace 48 años, a fines de abril de 1967, tuve esa misma responsabilidad cuando don Arturo Jauretche presentó en Salta, su libro “El medio pelo en la sociedad argentina” editado a fines de 1966 por Arturo Peña Lillo. Conferencias, ateneos y centros de estudios eran atajos para eludir la prohibición de los partidos políticos impuesta por la dictadura de Onganía, que en esos días cumplía diez meses.

El acto se hizo en la sede del Sindicato Telefónico. Dos días antes, Jauretche había presentado esa obra en “Norte Libros”, en Tucumán. De allí viajó a Salta con su mujer, Clara Iturraspe, invitado por mi padre. Jauretche tenía entonces 65 años y yo 20. Sebreli tiene ahora 85 años y yo 68. En aquel momento Jauretche reconoció la influencia del Sebreli de “Buenos Aires vida cotidiana y alienación” al momento de escribir “El medio pelo”. En aquella presentación de Jauretche hablé sin papel. En la de Sebreli leí el texto que incluyo aquí.  

Esta visita de Juan José Sebreli nos recuerda, a quienes fuimos jóvenes en los años ’60, que somos deudores de su obra, de su trayectoria de vida, de su compromiso ciudadano y de su valentía intelectual. No se trata de una gratitud formal: es sustancial y profunda porque está relacionada con lo mucho que nos aportó y aporta al país.  
En los años ‘60, predicadores de autoritarios de izquierda a derecha, nos inculcaron el desprecio a la libertad y el culto a la liberación; el menosprecio a la moderación y la idolatría a la revolución; la negación de la libertad personal y la exaltación del Estado omnipotente.  Nos enseñaron a desdeñar la democracia, a condenada por formalista, liberal y occidental. 

Nos inculcaron, como dijo Raymond Aron, a “ser despiadados con las debilidades de las democracias, pero indulgentes con los mayores crímenes” de totalitarismos porque se cometían en nombre de “ideologías correctas”. 
Aquel camino abonado de irracionalidad, dogmatismo y fanatismo no condujo al paraíso prometido. Tampoco construyó el “hombre nuevo”: por el contrario, desembocó en violencia, muerte y  destrucción. Provincianos como yo conocimos la capital argentina en su libro “Buenos Aires vida cotidiana y alienación”. Paseamos con la imaginación por calles porteñas, antes de conocerlas. 

Ese recorrido nos enseñó a dudar, nos estimuló a salir del encierro localista, nos descubrió la importancia de la crítica, nos permitió cuestionar el antagonismo porteños/provincianos, ensanchando y universalizando nuestro estrecho horizonte.  

En los más de veinte que lleva publicados, hay otros motivos para agradecerle: el rigor, la limpieza y claridad de su prosa. Sebreli puso las ideas al alcance de miles de lectores. Lo hizo sin abaratar el producto, sin concesiones a la vulgarización y al estilo de barricada, pero también sin recurrir a esa prosa enmarañada y oscura que suele simular profundidad. 

Sebreli no se adjudicó el papel de profeta laico. No escribió libros para ponerlos al servicio del reclutamiento de ninguna religión secular. Nunca buscó ni se acogió a los beneficios y halagos del poder que incorpora pensadores para domesticarlos. 

Eligió un lugar incómodo y difícil: el ejercicio de la crítica y, lo que es menos frecuente, la permanente crítica de sí mismo y de su obra. En sus libros, Sebreli discute consigo mismo, con franqueza, a cielo abierto y sin concesiones. No se aferró a dogmas ni se jactó de forzadas coherencias que exigen las sectas. No se dejó intimidar por agravios, etiquetas ni escraches. 

En su larga trayectoria se mantuvo fiel a la libertad, la justicia, la igualdad, a la racionalidad. No prometió interpretaciones del país llave en mano.  Eligió la duda a la certeza. Prefirió la búsqueda a la imposición de respuestas tan categóricas como simplistas. 

Acertó, se equivocó y rectificó. “Aquel que no cambia nunca en su manera de pensar es porque no piensa”, dijo. Para Lugones solo los necios se jactan de no enmendar sus errores.  

“Nunca he temido cuestionarme a mí mismo, desdecirme, autocriticarme, romper con el pasado, para emprender nuevos rumbos”, dijo. Esos cambios no fueron dictados por interés de estar a la moda ni para complacer al poder político.  Su constante exigencia de originalidad y calidad, contrasta con el actual predominio de libros efímeros, reciclaje oportunista y comercial de viejas ideas maquilladas como nuevas.  

Remó siempre contra corriente, en aguas turbulentas. Es un intelectual “autopropulsado”: sin apoyo de cátedras, academias, grandes premios,  aparatos ni padrinazgos políticos. Ser crítico insobornable es condenarse a la exclusión y al ostracismo interno.  Vivió de sus libros y de la docencia privada. Conquistó independencia para ejercer la crítica. 

En años duros su casa fue una “universidad de las sombras”, donde ejerció docencia por cuenta propia, irradiando luz en tiempos oscuros.     Se ocupó de desmontar mitos y de desentrañar la verdad, oculta detrás de arraigadas creencias. Aunque se haya pretendido encontrar racionalidad en ellos, los populismos se alimentan de mitos. Se nutren de visiones míticas, inmóviles, autocomplacientes, cerradas a los cuestionamientos y opciones.  

El populismo fue el tema de la reciente conferencia de Sebreli en Salta. En provincias como la nuestra, esta cuestión tiene raíces profundas, vigencia permanente y matices que le otorgan parecidos con el antiguo caciquismo español del siglo XIX. Entre nosotros ese caciquismo sigue siendo un lastre. Sus enviciadas prácticas políticas postergaron, y aún postergan, nuestra modernización y democratización.  

“Ser moderno significa ver la vida como un conjunto de preferencias alternativas y opciones”, se dijo. Esto supone ideas, racionalidad y discrepancia acerca de las preferencias. Debate y discusión son rasgos de la modernidad, señaló Octavio Paz. Añadió: “la modernidad es el reino de la crítica”.  

En estos años nuestro país fue sometido a una sobrecarga ideológica que corrió de la mano del vaciamiento de ideas. No se advirtió que una sociedad sin ideas ni valores, está condenada a la decadencia.  

Los aportes de Sebreli permiten alimentar la esperanza de que podremos trabajar para recuperar el valor de la libertad y, con ella, restituir la plena vigencia de los principios consagrados en nuestra Constitución Nacional.
* Periodista y ensayista en historia y pensamiento político. Fundador y codirector de la Biblioteca Privada "J. Armando Caro". Salta, Argentina. Consultor en gestión de bibliotecas. Redactor principal de la revista "Todo es Historia". Fuente: http://www.goricaro.com/

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