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El peronismo, un negocio que se va acabando

El PJ pierde una elección tras otra, luego de haber monopolizado el poder por tres décadas; cantar la marcha y repetir el latiguillo de la justicia social ya no surte efecto para sus dirigentes, que ven reducidos los espacios de la política y empiezan a mostrar su costado más miserable en la pelea por el sello partidario.

Jujuy es una provincia peronista. Probablemente, en el corazón de los más humildes la mística perdure hasta el final de los tiempos.

Sin embargo, una generación de dirigentes, muchos devenidos en empresarios, abusó tanto de la ilusión de la gente, repitiendo en vano los rituales típicos de la simbología justicialista durante tanto tiempo, que terminó por convencerlos de la estafa.

Cantar la marcha durante un acto proselitista, recordar a los “descamisados” y a la “abanderada de los humildes” se convirtieron en gestos tan trillados y patéticos que la gente, alguna vez, tenía que darse cuenta.

Ese quiebre comenzó con las elecciones de medio término en 2013, cuando el peronismo fue derrotado en las urnas por primera vez desde el regreso de la democracia.

A partir de allí, cada vez son menos los que votan a las listas del justicialismo. Si bien cualquier generalización es una equivocación, los que aún lo hacen no suelen tener las convicciones entre sus razones.

El fenómeno parece ser una consecuencia lógica. Jujuy sufrió un desguace que dejó los índices de pobreza cercanos a la mitad de la población luego de más de tres décadas de gobierno del mismo signo político, mientras una clase dirigente de nuevos ricos se mostraba cada vez más en la superficie.

La expulsión del peronismo de Casa de Gobierno en 2015 expuso más a sus referentes políticos.

La realidad indica que para las nuevas generaciones, el mito creado por el general Juan Domingo Perón - cuyo nacimiento los historiadores ubican el 17 de octubre de 1945 - ya no representa motivo de pasiones ni la idea de justicia social.

Como consecuencia del papel de sus dirigentes en el poder, el peronismo se ha convertido en una entelequia, una palabra vacía que la mayoría asocia con corrupción, clientelismo y dádivas.

Sin un proyecto político real, sus figuras contemporáneas se aprovecharon del mito.

Algunos se sentirán a salvo, ya que la resaca de la fiesta les permite seguir ocupando bancas legislativas, aunque eso puede ser peligroso para ellos: todavía cabe la chance de que se les pregunte por su desempeño durante todos estos años.

Un puñado se encuentra preocupado por los expedientes judiciales.

Otro tanto pelea por quedarse con el sello partidario procurando que la buena vida no se acabe, ayudados por una metamorfosis que los derive en opositores.

Los restantes disfrutan en el anonimato los réditos de ese buen negocio que resultó durante tres décadas ser peronista en Jujuy. 

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