Política | Política

Amanecer electoral

Un escenario distinto asoma lentamente. Entre la instalación de nombres y lo que la gente pide | Por Manuel Mora Y Araujo, para Perfil.

La escenografía electoral gradualmente se va definiendo e impregna el clima general del país. Las preocupaciones por la economía van adquiriendo una perspectiva menos acuciante. No es que a la mayor parte de la población las incidencias de la política electoral la inquieten demasiado; pero ese matiz en la perspectiva desde la que se enfrentan los problemas es suficiente para descomprimir el presente. Los episodios conflictivos van perdiendo algo de dramatismo, los dirigentes de la política –al menos, muchos de ellos– se muestran conciliadores, se diría que mucha gente va recalculando los tiempos en los que el calendario electoral ofrecerá nuevas oportunidades.

El sindicalismo que responde a Moyano y a Barrionuevo ha convocado a un nuevo acto de protesta; su impacto ha sido mínimo. La Iglesia ha hecho oír una vez más su voz poco complaciente con la situación social del país; pero bastó que el gobierno nacional expresase su enojo para que los obispos involucrados acudieran presurosos a poner paños fríos. No pocos quieren ver detrás de ese gesto la mano diplomática del papa Francisco, pero también es plausible atribuirlo al momento político: la Iglesia se apresta a jugar de neutral en las próximas elecciones.

Mientras el Gobierno ratifica día a día su voluntad de no aceptar pasivamente el papel del pato rengo en el tiempo que le queda de gestión, los empresarios arman esquemas de sobrevivencia para llegar lo más enteros posible a la próxima transición –excepto algunos pocos que se encuentran ante oportunidades imposibles de ser desaprovechadas–. La economía está indudablemente enfriada; el fantasma de la estanflación acecha; pero a la vez se registran algunas posibilidades para la Argentina.
Ese es el entorno en el que la política electoral se desplegará en los próximos meses. No hay tendencias definidas en el voto. El empuje inicial de Massa, capitalizando el triunfo electoral de 2013, se va enfriando. Ahora se lo ve a Scioli consolidándose; lo beneficia en parte su posicionamiento bien definido en ese eje de “continuidad y cambio” demandado por un amplio segmento del electorado –descontando, también, que cuando el Gobierno navega en aguas más tranquilas él tiene más para ganar–. En la medida en que una parte del electorado demanda poca conflictividad y algo de continuidad, Scioli encuentra un terreno propicio. Massa, en cambio, si bien en principio cultiva un perfil similar y gestó su éxito electoral el año pasado desde ese lugar de la no confrontación, se ve exigido a jugar ahora más cartas opositoras, moviéndose a un territorio donde encuentra mucha competencia.
 
Allí están también las otras ofertas de este proceso electoral: el PRO, que se siente cómodo en el perfil que encontró –una mezcla adecuada de “gestión” e indefinición programática, cuyo mensaje llega a muchos votantes, pero no infunde mucho entusiasmo–, y los partidos de la UNEN, convencidos de que potenciarán sus fortalezas si efectivamente se unen, pero no terminan de definir los límites de esa unión. La teoría es que la unión de lo que es parecido suma, la unión de lo diferente resta; acá el problema es que hay muchas definiciones de lo que es similar o diverso y, además, que algunos dirigentes anteponen sus propias definiciones, y otros, las que piensan que prefieren los votantes.

Hoy parece probable que se repita el escenario de 2003, con varios candidatos compitiendo parejos por una pluralidad de votos muy fragmentada, con escasas definiciones programáticas o ideológicas. Con una diferencia no menor. En 2003 el gobierno que salía había instalado en el Palacio de Hacienda a un ministro que aseguraba una recuperación económica y contaba con un razonable consenso de la mayor parte de los actores de la política y de la vida productiva del país. En aquella elección los argentinos votamos en un clima de relativa tranquilidad económica; muchos temores podían acecharnos, pero no el de una posible crisis inminente. Ese no es el caso ahora, cuando los factores de incertidumbre son más que los factores de previsibilidad.

Las campañas electorales en el mundo actual son un ritual en el que los candidatos dicen al público lo necesario para hacerse reconocer con un perfil propio, defienden al Gobierno si son parte de él, si son oposición lo critican, y están atentos a las oportunidades para proponer iniciativas interesantes. En esa gimnasia los candidatos se ven exigidos por distintas demandas. En todas partes hay votante que demandan definiciones programáticas rigurosas. Y hay otras personas –entre otras sus asesores– que les recuerdan que ante todo deben pensar en despertar confianza, permaneciendo atentos a los vaivenes de muchos votantes que dudan a quién votar, cambian de preferencias o se muestran indiferentes. Esta capacidad de representar sentimientos, antes que la consistencia o robustez doctrinaria, suele ser la más decisiva para cosechar votos. Las personas que ven la política dominantemente desde el prisma de las ideas encuentran dificultades para entender por qué, eventualmente, ciudadanos que no simpatizan con la presidenta Cristina de Kirchner dicen que posiblemente votarán a Scioli, o por qué otros que sí simpatizan dicen que podrían votar a Massa, o por qué seguidores de cualquiera de éstos o de Macri o Binner pueden a veces preferir cosas que parecen muy inconsistentes.

La sociedad pide diálogo y tolerancia; si los políticos ofrecen eso, más gente se sentirá dispuesta a acompañarlos. Es lo que vino haciendo recientemente el senador radical Ernesto Sanz, manteniendo reuniones con dirigentes políticos de otros partidos, incluido el gobierno nacional, no para acordar nada, sino para conversar sobre los problemas del país. No fue una gran noticia para los medios de prensa, pero refuerza un enfoque en la política actual: es posible que gestos como estos puedan hacer más por acercar a la ciudadanía a la política que cien discursos combativos altisonantes.