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101 años de Olga Orozco, la poeta del surrealismo cotidiano

El pasado 17 de marzo se cumplieron 101 años del natalicio de la escritora argentina Olga Orozco. Influenciada por la niñez, la muerte, la soledad y el esoterismo, desarrolló un estilo casi mágico que la convirtió en un referente literario hispanoamericano del siglo XX. Compartimos algunos de sus poemas.

Olga Orozco fue una escritora argentina, nacida Toay en la provincia de La Pampa el 17 de marzo del año 1920 y fallecida el 15 de agosto de 1999.

Como poeta fue vinculada con diferentes movimientos: el surrealismo, el Romanticismo alemán, la Generación del '40, la vida mística y el periodismo. Mantuvo especial amistad con los poetas Oliverio Girondo y Alejandra Pizarnik.

Se dedicó al esoterismo y al tarot además de publicar artículos en la revista Claudia y el diario La Nación. Utilizaba diversos seudónimos y heterónimos como Valeria Guzmán, Carlota Ezcurra, Martín Yáñez, Sergio Medina Richard Reiner, Valentín Charpentier, entre muchos otros. Sus poemas son una construcción rítmica, con tintes oníricos y metafísicos.

En la casa de Toay su abuela Laureana le contaba relatos de brujas y hadas. Una amiga de su madre le enseñó la magia de las cartas del tarot. En Desde lejos, su primer poemario publicado en 1946, ya se observa una impronta mística, que continuó desarrollando durante toda su obra.

La casa

Temible y aguardada como la muerte misma

se levanta la casa.

No será necesario que llamemos con todas nuestras

lágrimas.

Nada. Ni el sueño, ni siquiera la lámpara.

Porque día tras día

aquellos que vivieron en nosotros un llanto contenido hasta palidecer

han partido,

y su leve ademán ha despertado una edad sepultada,

todo el amor de las antiguas cosas a las que acaso dimos, sin saberlo,

la duración exacta de la vida.

Ellos nos llaman hoy desde su amante sombra,

reclinados en las altas ventanas

como en un despertar que sólo aguarda la señal convenida

para restituir cada mirada a su propio destino;

y a través de las ramas soñolientas el primer

huésped de la memoria nos saluda:

el pájaro del amanecer que entreabre con su canto las

lentísimas puertas

como a un arco del aire por el que penetramos a un clima diferente.

Ven. Vamos a recobrar ese paciente imperio de la dicha

lo mismo que aun disperso jardín que el viento recupera.

Contemplemos aún los claros aposentos,

las pálidas guirnaldas que mecieron una noche estival,

las aéreas cortinas girando todavía en el halo de la luz

como mariposas en la lejanía,

nuestra imagen fugaz

detenida por siempre en los espejos de implacable destierro,

las flores que murieron por sí solas para rememorar el fulgor

inmortal de la melancolía,

y también las estatuas que despertó, sin duda a nuestro

paso,

ese rumor tan dulce de la hierba;

y perfumes, colores y sonidos en que reconocemos un instante del mundo;

y allá, tan sólo el viento sedoso y envolvente

de un día sin vivir que abandonamos, dormidos sobre el aire.

Nadie pudo ver nunca la incesante morada

donde todo repite nuestros nombres más allá de la tierra.

Mas nosotros sabemos que ella existe, como nosotros mismos,

por el sólo deseo de volver a vivir, entre el afán del

polvo y la tristeza,

aquello que quisimos.

Nosotros lo sabemos porque a través del resplandor nocturno

el porvenir se alzó como una nube del último recinto,

el último, el vedado,

con nuestra sombra eterna entre la sombra.

Acaso lo sabían ya nuestros corazones.

(Del poemario Desde lejos, de 1946)

Para destruir a la enemiga

Mira a la que avanza desde el fondo del agua borrando el día con sus manos,

vaciando en piedra gris lo que tú destinabas a memoria de fuego,

cubriendo de cenizas las más bella estampas prometidas por las dos caras de los sueños.

Lleva sobre su rostro la señal:

ese color de invierno deslumbrante que nace donde mueres,

esas sombras como de grandes alas que barren desde siempre todos los juramentos del amor.

Cada noche, a lo lejos, en esa lejanía donde el amante duerme con los ojos abiertos a otro mundo adonde nunca llegas,

ella cambia tu nombre por el ruido más triste de la arena;

tu voz, por un sollozo sepultado en el fondo de la canción que nadie ya recuerda;

tu amor, por una estéril ceremonia donde se inmola el crimen y el perdón.

Cada noche, en el deshabitado lugar adonde vuelves,

ella pone a secar la cifra de tu edad al bajar la marea,

o cose con el hilo de tus días la noche del adiós,

o prepara con el sabor del tiempo más hermoso ese turbio brebaje que paladeas en la soledad,

ese ardiente veneno que otros llaman nostalgia y que tan lentamente transforma el corazón en un puñado de semillas amargas.

No la dejes pasar.

Apaga su camino con la hoguera del árbol partido por el rayo.

Arroja su reflejo donde corran las aguas para que nunca vuelva.

Sepulta la medida de su sombra debajo de tu casa para que por su boca la tierra la reclame.

Nómbrala con el nombre de lo deshabitado.

Nómbrala con el frío y el ardor,

con la cera fundida como una nieve sucia donde cae la forma de su vida,

con las tijeras y el puñal,

con el rastro de la alimaña herida sobre la piedra negra,

con el humo del ascua,

con la fosa del imposible amor abierta al rojo vivo en su costado,

con la palabra de poder

nómbrala y mátala.

Y no olvides sepultar la moneda.

Hacia arriba la noche bajo el pesado párpado del invierno más largo.

Hacia abajo la efigie y la inscripción:

“Reina de las espadas,

Dama de las desdichas,

Señora de las lágrimas:

en el sitio en que estés con dos ojos te miro,

con tres nudos te ato,

la sangre te bebo

y el corazón te parto”.

Si miras otra vez en el fondo del vaso,

sólo verás ahora una descolorida cicatriz cuyos bordes se cierran donde se unen las aguas,

pero pueden abrirse en otra herida, adonde nadie sabe.

Porque ella te fue anunciada en el séptimo día,

—en el día primero de tu culpa—,

y asumiste su nombre con el tuyo,

con los nombres vacíos, con el amor y con el número,

con el mismo collar de sal amarga que anuda la condena a tu garganta.

Con esta boca en este mundo

No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,

aunque me tiña las encías de color azul,

aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,

aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas

y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.

Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,

ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,

y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,

ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura nieve

donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.

Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.

Hemos hablado demasiado del silencio,

lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,

como si en él yaciera el esplendor después de la caída,

el triunfo del vocablo con la lengua cortada.

¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!

He dicho ya lo amado y lo perdido,

trabé con cada sílaba los bienes que más temí perder.

A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,

retumban, se propagan como el trueno

unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.

Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía.

Hemos ganado. Hemos perdido, porque ¿cómo nombrar con esa boca, cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?

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