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María Nahal y su "CAMINO"

Frente al libro CAMINO de María Nahal, me surgen dos ideas: Primero, la de pequeñez; se trata de un ejemplar cómodo, algo así como “para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero”. Siempre a mano –como un indispensable pañuelo- para leer y releer, en los tiempos libres o las horas muertas de las esperas. Encierra el encanto de lo minúsculo, en un mundo donde parece que lo grandioso, lo voluminoso, lo enorme , se llevarían la preferencia. Paradójicamente, hay que reconocer –según opinión de Alejandro Gerardo Gil- que aún los textos más grandes están hechos de letras minúsculas; la música se escribe con pepitas minúsculas. El mundo está hecho de cosas minúsculas. Y para encontrar lo auténtico, el gesto amable, el detalle revelador, podríamos, tranquilamente, prescindir de cualquier rapto de megalomanía.

En segundo lugar, el por qué del título. La idea de CAMINO, y su doble acepción: La del verbo “caminar” en la primera persona del presente de indicativo; o bien, como el sustantivo: “el camino” lo trazado, lo fijado, lo abierto al tránsito, una invitación a buscar un destino. Hace poco nos enteramos de que el Premio Nobel de Literatura 2018, le fue otorgado a una escritora polaca, de la cual, creo, que muchos ignorábamos su existencia. ¿Qué tienen en común Olga Tockarzuk –de ella se trata- y María Nahal? En algunas de sus declaraciones la escritora galardonada hace una apología del movimiento, del transitar, del cruzar fronteras, el peregrinar, en sentido metafísico, como única existencia posible, pues para ella la quietud, el reposo, son formas congeladas de las cuales la muerte es la más sólida. Entre mis amistades, muy pocas son tan jóvenes y tan movedizas como María Nahal. Y hablo de un movimiento exterior e interior, que implica búsqueda constante, riesgos, probar límites, vivir nuevas experiencias. María Nahal es un cuerpo y una mente que fluyen, incesantes. La palabra “ un viaje” corrobora, muy frecuentemente, sus aseveraciones. A sus largas caminatas , suma otros desafíos: la danza, el teatro, la performance. A todo ello agrega proficuas y variadas lecturas que exigen una mente ágil, plástica, abierta a la novedad, a la renovación. Pero el suyo no es un divagar sin sentido, porque su andar conlleva también un des-andar. Un retorno a la casa, al hogar, al punto de partida. Una fidelidad a lo suyo. Un respeto por el origen. Y el retornar a la casa, implicaría a un lugar del corazón, allí donde cada uno se reconoce y que no clausura ninguna búsqueda. Pues, ella misma lo dice, ese caminar, que es la vida con sus atajos y desvíos, es una invitación al juego, a transitar un mapa donde podemos hallar pistas para avanzar, insistir en el desafío de los descubrimientos. Un juego que, felizmente, y por lo que se ve, nunca termina.


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YOLANDA BEGUIER (lectora)



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