Esta colisión de intereses ha dejado de ser un secreto de pasillo para transformarse en un obstáculo institucional que asfixia cualquier intento de gobernabilidad.
La fractura interna entre Morales y Sadir pone en peligro la gobernabilidad
Lo que estamos presenciando en Jujuy no es solo una gestión aletargada, sino el crujido de un sistema que empieza a devorarse a sí mismo. La parálisis que hoy exhibe el gobierno provincial encuentra su génesis en una crisis de confianza y en una fractura interna expuesta entre el exgobernador Gerardo Morales, su entorno más íntimo y el actual mandatario, Carlos Sadir.
El escenario se vuelve todavía más complejo cuando entra en juego la variable nacional. El diálogo entre Sadir y el presidente Javier Milei se ha convertido en un campo minado; es sabido que el líder libertario mantiene una distancia insalvable con Morales, y la condición implícita para que esa relación institucional prospere es el aislamiento político del “jefe” de la UCR jujeña de las decisiones de Estado. Esta presión externa actúa como un ácido sobre una estructura que ya venía golpeada por el pase de factura tras las últimas elecciones, donde La Libertad Avanza se consolidó como una amenaza real de cara a 2027.
El punto de máxima tensión fue, sin dudas, la gira del gobernador por Nueva York. Mientras Sadir buscaba oxígeno financiero en el exterior, en casa estallaba una crisis policial con efecto dominó sobre todos los gremios. Hay quienes ven en este incendio interno la “mano negra” de un sector que busca recordarle al gobernador quién mantiene el control del territorio. La señal fue política y brutal.
En ausencia de Sadir, el bloque de diputados que responde verticalmente a Morales instaló el proyecto de municipalización de Alto Comedero, una movida que no fue consultada ni con el gobernador ni con el intendente “Chuli” Jorge. No buscan realmente la municipalización, sino marcar la cancha y demostrar que la agenda legislativa sigue teniendo un solo dueño.
Sadir, atrapado en este “doble comando”, parece carecer de juego propio tanto hacia afuera como hacia adentro de su administración. Su reciente paso por la Legislatura para acordar proyectos con los diputados oficialistas omitió, curiosamente, el tema clave de la coparticipación, una herramienta de disciplina política que Morales se niega a soltar. Estamos frente a dos visiones antagónicas: por un lado, un esquema anacrónico que prioriza negocios y el pago de compromisos internacionales financiados con el ajuste salarial; por el otro, la mirada de un gobernador de perfil técnico que ve cómo crece la conflictividad social y se diluye el miedo en las calles. La teoría del doble comando siempre termina en colisión; si no frenan esta lucha de egos e intereses, el gobierno corre el riesgo de chocar mucho antes de lo previsto, dejando a la provincia en medio de un naufragio institucional sin precedentes.
A Sadir le ha llegado el momento de decidir si su destino es el de un gobernador con plenas facultades o el de un simple títere que custodia una silla prestada. Esta frase, que resuena con fuerza en los pasillos del poder y en el malestar de la calle, despoja de toda ornamentación una crisis institucional que ya es insostenible para Jujuy.
Estamos ante una gestión que parece nacer bajo la sombra asfixiante de un “doble comando”, donde la lapicera la tiene uno, pero la tinta la sigue cargando otro desde las sombras del poder.
Si Sadir no logra romper ese cordón umbilical que lo ata a los designios de Gerardo Morales, la provincia seguirá sumergida en una parálisis administrativa donde las urgencias sociales se subordinan a las internas de un oficialismo fracturado. Ser gobernador implica, por definición, ejercer la autoridad emanada del voto popular, no ser el administrador de un consorcio ajeno que debe pedir permiso para cada movimiento legislativo o para cada gesto de acercamiento con el Ejecutivo nacional.
La ambigüedad es hoy su peor enemiga; mientras el gobernador intenta proyectar una imagen de técnico moderado y dialoguista, la realidad le devuelve el reflejo de una agenda legislativa que le marcan desde afuera, con proyectos que no controla y crisis que le estallan justo cuando intenta despegar. Esta dicotomía entre el cargo y el ejercicio real del poder está erosionando la investidura de quien debería estar liderando la salida de un conflicto social que ya perdió el miedo.
Si Sadir elige la comodidad de la obediencia, se arriesga a ser recordado solo como la pieza de un engranaje anacrónico que priorizó la supervivencia de un esquema de negocios por sobre el bienestar de los jujeños; si elige gobernar, deberá estar dispuesto a dar la batalla por su propia autonomía antes de que el gobierno termine chocando de frente contra una realidad que no perdona las indecisiones.

