Política

La década autocrática y la farsa de la transformación en Jujuy

La Unión Cívica Radical en Jujuy, aún tambaleante por la estrepitosa derrota en la última elección de medio término ante la Libertad Avanza, orquesta un intento desesperado por insuflar vida a su menguante gestión con la grandilocuente presentación de lo que llaman los "diez años de transformación de Jujuy".

Sus improvisados voceros se lanzan a afirmar que la cacareada unión de los jujeños logró finalmente "ordenar y pacificar" la provincia, una aseveración que insulta la inteligencia y está completamente divorciada de la realidad. El tan pregonado "orden" es, de hecho, la consolidación de un régimen de terror y obediencia forzada, impuesto no por la ley, sino por la amenaza constante y las detenciones concretas, ejecutadas al margen de todo proceso legal, bajo las órdenes del exgobernador Gerardo Morales.

Lejos de honrar los principios históricos y democráticos de la UCR, morales instaló el caos institucional y el miedo político en el corazón de la democracia jujeña, violando cada precepto de la convivencia republicana.

Argumentan, con una desfachatez notable, que se inició un camino de transformación, pero lo que realmente lograron fue la recuperación y el control férreo del estado para el saqueo sistemático y la prebenda, no para el bienestar del pueblo jujeño. Cuando hablan de "reglas claras" se refieren, en verdad, a un gobierno que opera cotidianamente al margen de la ley, dedicándose metódicamente a cooptar todas y cada una de las instituciones de la república: han anulado al parlamento como verdadero poder contrapeso y controlan de manera obsesiva y celosa a jueces y fiscales, transformando el poder judicial en una mera escribanía del poder ejecutivo. Tienen un punto de razón cuando señalan que el proceso no fue improvisado, sino planificado: fue una decisión política perfectamente deliberada que ha transformado a Jujuy en una autocracia ineficiente y autoritaria. Esta autocracia se sostiene mediante la persecución a disidentes, el uso discrecional de los recursos públicos para premiar la lealtad y el castigo sistemático a la oposición real, llevando al extremo el clientelismo y la dependencia estatal.

Los obedientes empleados de morales en la legislatura insisten, con una ceguera política asombrosa, que defender esta supuesta transformación es defender el futuro de Jujuy. Sin embargo, no han tomado todavía conciencia de la estruendosa paliza electoral que recibió, un resultado que fue el clamor popular expresando exactamente lo contrario a sus discursos vacíos. Mario Pizarro, secretario de energía y otro de los traidores a la esencia radical, proclamó que la llegada de morales en 2015 marcó un "quiebre histórico" en la política provincial. y sí, es un quiebre, pero en el sentido de que la provincia está literalmente quebrada, producto directo de la deuda irresponsable e impagable en dólares tomada por morales, un pasivo gigantesco que, luego de diez años, no se tradujo en ningún beneficio tangible para los jujeños.

Carlos Sadir asumió la gobernación gracias al simple "dedo" de Morales, con la promesa de una gestión responsable. Pero si el gobernador Sadir pretende seriamente cumplir con una gestión de mínima responsabilidad, la primera y más urgente acción que debe tomar, a dos años de su mandato, es exigirle a Gerardo Morales que dé un paso al costado y se aparte definitivamente de las decisiones de gobierno para poder, de una vez por todas, intentar gobernar con cierta autonomía y decencia.

Estos han sido diez años de la consolidación de una monumental estafa electoral, que llegó en 2015 bajo el emblema de cambiemos y que solo ha ofrecido puro “gatopardismo” político: una escenificación de cambios superficiales para asegurar que el núcleo de poder y el sistema de privilegios permanezcan inalterables.