Política

La Argentina debe recuperar la cultura de la amistad social

El mensaje de la sociedad en la elección de ayer en Buenos Aires fue un llamado de atención para un gobierno que no entiende de amabilidad social ni de cultura del encuentro, esto se ha demostrado en la calidad discursiva que se baja desde la Casa Rosada.

También hay como una suerte de repudio a la cultura del “sálvese, quien pueda” que se intenta naturalizar como norma de convivencia, no como excepción: una ética de la competencia que, aunque legítima en ciertos ámbitos, desplaza la dimensión ética de la interdependencia y la responsabilidad colectiva.

En otros países, como se comentó en algún momento, por ejemplo el caso español y su crisis en 2008 planteó la necesidad de imponer un ajuste sin retroceder en temas como la cultura de la competencia o el libre mercado. Lo que si se acordó, en el marco de la llamada amistad social, fue una red de contención para aquellos que, naturalmente, sufrirían las consecuencias del ajuste que se ponía en marcha.

Desde una mirada sociológica, hay dos procesos que se entrelazan y que requieren lectura simultánea: por un lado, la economía de mercado contemporánea, que favorece la velocidad, la visibilidad de resultados y la rentabilidad, y que configuran hábitos de actuación en los que lo privado se privatiza de modo creciente. Por otro, la densidad demográfica y la movilidad acelerada en la sociedad que generan una superficie social donde las interacciones son a la vez múltiples y fraccionadas: encuentros breves, transacciones rápidas, señales visuales que codifican estatus y legitimidad. En este cruce, la amabilidad entendida como reconocimiento del otro, se vuelve un recurso escaso, a veces invisibilizado, y, cuando aparece, tiende a ser interpretada como signo de vulnerabilidad o ingenuidad frente a la lógica de la eficiencia.

La amabilidad, en clave sociológica, no es un ornamento; es un mecanismo de mediación que reduce la fricción social. Su función es doble: regular la tensión entre libertad individual y responsabilidad colectiva; sostener la confianza social necesaria para que el marco institucional funcione. Si la autonomía se mide por la capacidad de moverse con rapidez y de consumir sin obstáculos, la amabilidad actúa como un contrapeso: introduce un límite a la velocidad, modera la indiferencia y reorquesta la experiencia de ciudad para que no sea únicamente una arena de competencia, sino un espacio de reconocimiento mutuo. En este sentido, la amabilidad puede entenderse como una práctica cívica que transforma la mirada del otro de objeto de vigilancia o de amenaza potencial a sujeto de derechos y de vulnerabilidad.

La elección en Buenos Aires—sus instituciones, sus rutas, sus escenas culturales—expone explícitamente dos preocupaciones de política urbana: el encuentro social y la confianza ciudadana. En la primera, escuelas, plazas, estaciones y barrios deberían articularse como espacios de sociabilidad que faciliten la lectura compartida de las demandas del otro: escucha, paciencia, comunicación no violenta. En la segunda, los sistemas de transporte, la seguridad, los servicios públicos deben diseñarse para reducir el costo social de la interacción, evitando que la rapidez se convierta en suprimirse a priori la posibilidad de reconocimiento. Cuando estos elementos fallan, la desconfianza se instala y la vida democrática se resiente: los vecinos se vuelven extraños, las escenas públicas se vuelven escenarios de vigilancia o de hostigamiento, y las ciudades corren el riesgo de perder su capacidad de cohesión frente a la diversidad de ritmos y necesidades.

¿Qué significa entonces, intentar recuperar la amabilidad desde una perspectiva analítica? Significa desnaturalizar la creencia de que la eficiencia es el único capital social y reformular la pregunta por el valor de la convivencia.

La experiencia social de Buenos Aires ofrece, además, un campo de análisis para identificar factores de cambio institucional que podrían sostener la amabilidad como forma de organización social. En el plano de las políticas públicas, ¿qué efectos tiene priorizar la seguridad y la regulación del tráfico sobre la creación de plataformas de diálogo vecinal y de mediación comunitaria? ¿Qué papel juegan las instituciones culturales y educativas en la formación de una cultura de la conversación que permita entender las diferencias y las cargas emocionales que acompañan el ritmo urbano? En las prácticas cotidianas, se puede observar el impacto de iniciativas que promueven la “escucha activa” en barrios, la visibilización de actores comunitarios, y la creación de espacios de encuentro que cuestionan la dicotomía entre libertad individual y cuidado colectivo.

La ambición analítica es doble. Primera, desentrañar cómo se articula la relación entre consumo, movilidad y convivencia no sacrificar la calidad de las relaciones por la rapidez, sino diseñar estructuras que conviertan la rapidez en una ventaja para la coordinación social.

En ese marco, la amabilidad no es un bálsamo nostálgico, sino una variable estructural de la cohesión social. Funciona como puente entre diferencias, como índice de salud de la vida pública y como materia prima para la legitimación de las instituciones que sostienen la vida democrática. La pregunta es crítica y práctica a la vez: lo que está pidiendo la sociedad es el mantenimiento de un entorno habitable para todos, ¿qué condiciones institucionales, culturales y materiales deben estar presentes para convertir la amabilidad en práctica cotidiana?

El modelo que se reclama no es aquel que se mantiene solamente por la eficiencia de sus sistemas, sino aquella que se sostiene por la densidad de vínculos sociales que permiten a cada actor experimentar la libertad como capacidad de participar en la vida común. Recuperar la amabilidad implica, por un lado, cuestionar la primacía de la lógica de la velocidad y del consumo; por otro, diseñar y apoyar estructuras que faciliten la conversación, la escucha y la cooperación.

El mensaje al gobierno nacional es pedirle una autocrítica que de hecho fue reconocida por el presidente en su discurso de anoche. Sin embargo, persisten las dudas sobre el concepto de esa autocrítica ya que el camino hacia la paz puede unir a muchos en pos de búsquedas coincidentes para que todos ganen.

Arreglar la macro economía no significa identificar bien los problemas que atraviesa una sociedad. Gobernar es otra cosa es tener la amplitud de mirar las dificultades y resolverlas es poder rescatar la perspectiva del otro aun en el error.

Sobre el final de este comentario es útil destacar las palabras de los obispos de Sudáfrica quienes sostuvieron que “la verdadera reconciliación se alcanza formando una sociedad basada en el servicio a los demás, más que en el deseo de dominar”.