Política

La alegría impostada en carnaval tapa una violencia juvenil que no es casual, sino causal

Hoy nos toca detenernos en una reflexión cruda sobre una realidad que nos explota en la cara, especialmente en momentos de supuesta celebración como el carnaval, donde la alegría impostada suele ser el velo de una violencia juvenil que no es casual, sino causal.

El enfrentamiento entre jóvenes no es un fenómeno aislado de seguridad, sino el síntoma terminal de una pérdida absoluta de esperanza y de la falta de un proyecto de vida que dé sentido al mañana. Estamos ante juventudes que conviven con la frustración como sombra permanente, donde la ira y el resentimiento se cocinan a fuego lento en barrios donde el Estado ha desertado.

El alcohol y los consumos problemáticos ya no son elecciones recreativas, sino mecanismos de escape, anestésicos para una realidad que duele demasiado y cuya única válvula de escape termina siendo la conducta violenta. Resulta alarmante la denuncia sobre la orfandad institucional: mientras la policía, muchas veces despojada de jerarquía y dignidad, intenta contener los desbordes como puede, los tres poderes del Estado —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— parecen observar la escena desde un palco de indiferencia, carentes de reflejos y de un debate profundo que supere la mirada punitivista.

Coincido plenamente en que discutir la baja de la edad de imputabilidad es apenas rascar la superficie de un problema cuya raíz es educativa y estructural. Necesitamos una educación que no expulse, que no aburra con moldes del siglo XIX a chicos que viven en el XXI, porque cada alumno que el sistema suelta es un soldado que el narcotráfico recluta. Además, la disgregación familiar suele llegar de la mano del fracaso económico: familias rotas por la falta de empleo privado digno, obligadas a una supervivencia callejera y sin horarios, donde la salud mental se desmorona en hábitats deplorables.

No se puede pedir paz social donde la miseria es irrespirable y los servicios básicos son un lujo inexistente. El planteo final es un llamado de atención urgente a la dirigencia: si no se rediseñan nuestras ciudades con la persona humana en el centro y si no se entiende que gobernar es, fundamentalmente, crear empleo y dar dignidad, estaremos condenando a las nuevas generaciones a repetir el ciclo de sangre y evasión. Es una advertencia que no admite más dilaciones, porque el vacío que deja la política lo llena siempre la violencia.

El diagnóstico ya está hecho y duele, pero la verdadera pregunta es qué hacemos con los escombros de un sistema que dejó de mirar a los ojos a su gente. Para pensar en ese rediseño de ciudades y pueblos del interior que mencionábamos, no podemos seguir emparchando el asfalto mientras el alma de los barrios se desmorona; necesitamos un urbanismo con rostro humano, donde la calle no sea un territorio de guerra, sino un espacio de encuentro.

El fracaso del Estado que analizamos se ve en esas barriadas donde la miseria es irrespirable. Por eso, el rediseño debe empezar por integrar los servicios básicos como un derecho y no como una limosna, creando polos productivos locales que devuelvan al padre y a la madre al hogar con un salario digno, eliminando esa “ley de la selva” que impone el hambre. Si la dirigencia entiende que gobernar es crear empleo privado, estaremos dándole a ese joven una razón para no refugiarse en el alcohol o en la violencia de las redes; le estaremos dando un sentido de pertenencia a una comunidad que hoy lo expulsa.

No se trata solo de construir casas, sino de generar hábitats que cuiden la salud mental, con centros culturales y deportivos que compitan mano a mano con la esquina del narco, porque un pibe que tiene un proyecto de vida es un pibe que no necesita descargar su frustración en un carnaval o en una pelea callejera. Este cambio de paradigma requiere que los tres poderes dejen de mirar para otro lado y entiendan que la seguridad no es solo más patrulleros, sino más dignidad en el territorio, recuperando el valor de la palabra y el respeto en una sociedad que hoy parece haber perdido el norte.

Si no ponemos a la persona en el centro de la planificación urbana y económica, el futuro seguirá siendo una condena y el resentimiento continuará siendo el único lenguaje de nuestras juventudes. Es hora de que la política baje al barro y empiece a construir esperanza con hechos, porque el tiempo de los discursos vacíos se terminó hace rato en las barriadas de Jujuy.