Punta Corral: “Renovar la fe en el sacrificio”, la consigna de miles de jujeños
Las 10 horas de ascenso por la localidad de Tunalito o las 14 horas por Tumbaya, no tienen importancia cuando la fe está de por medio y hay que agradecer o pedirle a la Virgen salud y trabajo, especialmente.
Punta Corral se ha transformado en una de las manifestaciones de fe más importantes de todo el norte argentino, por una particularidad: el ascenso al cerro de Punta Corral y desde allí al Abra de Punta Corral, lugar donde apareció la imagen hace más cien años a un pastor.
Subir hasta Punta Corral tiene una connotación muy particular para los peregrinos y muchos le dan un significado especial. De por medio está la promesa hecha años anteriores, o simplemente el agradecimiento por favores recibidos. “La Fe no es devoción, venimos a agradecer a la Virgencita la protección que nos da, para que no nos falte trabajo, salud, para que mi hijos crezcan sanos” decía un humilde mujer que bajaba el domingo por Tumbaya y agotada de fuerzas, primero se arrodilló ante la enorme cruz del segundo calvario y rezó entre lagrimas, poder estar de regreso a pesar de los dolores de rodilla, los achaques de los años y los esfuerzos de seis horas de caminata que tuvo que hacer desde Punta Corral hasta ese lugar.
El ascenso más sacrificado, de los tres posibles, es sin duda por la localidad de Tunalito. Lleva entre 8 a 10 horas la subida que empieza apenas cruzas el Río Grande. De allí todo el camino es empinado a lo largo de más de 7 kilómetros. En todo su trayecto, el Perugino se va encontrando pequeñas cruces que marcan las estaciones que sufrió Jesús en la Cruz. La Cruces más grandes indican los Calvarios y a la vez la distancia que se va recorriendo y en el caso de Tunalito, llegar al primero de ellos es haber realizado la mitad del sacrificio.
En el segundo calvario, el peregrino puede sentirse mucho más aliviado, pero igual le queda todo un tramo muy pesado que significa llegar a la cima del cerro, que dependiendo de la hora de llegada, y más allá de la fe, lo puede disfrutar paisajísticamente. “Es como estar tocando el cielo” con las manos. Abajo se ven las nubes todavía bordeando los cerros y si es de noche o de madrugada, una infinidad de pequeñas luces de las linternas de los peregrinos marcan el recorrido que hiciste para llegar a ese lugar.
Si es de día, se aprecia todavía el sacrificio de la gente que sube con sus bastones de caña o palos de madera, con sus mochilas al hombro y las bandas de sikuris que acompañan y dan animo a los peregrinos con sus tradicionales ritmos musicales, ejecutados con un tono muy lento y pausado en muchos casos y en otros más alegres que invitan a sumarse a esa devoción.
Después del tercer calvario, comienza en fuerte descenso de unos dos kilómetros por un abra que se abre entre grandes rocas que obliga a mantenerse en alerta para evitar accidentes.
El último tramo para llegar a Punta Corral es el más sacrificado, pero no por ello significa que sea el más difícil. A una distancia de unos ochocientos metros, ya se aprecian las carpas de múltiples colores, el tradicional humo de fogatas y lugares de venta de comida que indican el arribo al pueblo.
Apenas llegado al pueblo, el peregrino se encuentra con una enorme cruz, con una piedra en mano se aproxima a ella y cuidadosamente la deja en el “mojón” improvisado que se fue armando. Ese ritual se lo repite en cada uno de los calvarios o cruces que se va encontrando en el camino y es una señal de agradecimiento a la Virgen por haber permitido llegar a ese sitio. Luego se camina unos doscientos metros más, para hacer cola e ingresar a la capilla donde también se ingresa para agradecer a la “Virgencita”.
Recién entonces el visitante descarga su pesada mochila y busca un lugar para armar su carpa o simplemente para descansar unas horas y emprender el regreso.
En caso de decir quedarse, se puede seguir el ascenso hasta el “abra de Punta Corral”, lugar donde realmente apareció la Virgen y donde anualmente se hace la peregrinación, el día sábado previo al Domingo de Ramos. La partida se produce a las seis de la mañana, y son las Bandas de Sikuris las que salen con las primeras luces de la madrugada.
Alumbrados por la fe, los peregrinos cargan la Virgen y emprenden una nueva caminata que lleva seis horas de ascenso. Allí arriba se oficia una misa e inmediatamente después empieza el descenso, siempre con las bandas de sikuris acompañando el descenso hasta el pueblo de Punta Corral.
Las misas se suceden en distintos horarios, la última es a las 20 horas y tradicionalmente participan todos los peregrinos que hasta esa hora llegaron al pueblo.
La Capilla, es pequeña en Punta Corral. Un humilde altar, y la imagen de Jesús Cristo, y otra de la Virgen de Copacabana de Punta Corral, adornan el escenario. Al ingresar allí, la emoción embarga al peregrino, sobre todo si en ese momento está la Virgen, porque se le promesa y se le agradece como si realmente pudiera estar hablando con una persona.
Al día siguiente, domingo, la mayor parte de los peregrinos emprenden el regreso a temprana hora. La idea es llegar al tercer calvario, donde se forma una fila interminable hacia el cerro, en pos de poder cargar a la Virgen en su descenso.
Las bandas de sikuris, van turnándose a distintas distancias para sumarse a la larga caravana que se va formando y acompañar con sus ritmos el descenso. La escena se repite en cada calvario que hay hacia abajo.
En el primer calvario, todos los años se espera a la virgen después de las 17, para la misa que se oficia en el lugar, previo a su arribo a la localidad de Tumbaya, donde otra multitud de gente espera a la Virgencita.
En Tumbaya, se realiza la tradicional “Misa con bendición de ramos” y luego se produce la desconcentración. La Virgen queda unos días más, hasta después de Semana Santa para recién volver a ser ascendida a Punta Corral por la localidad de Tilcara.
Este año, se notó muchísima menos cantidad de gente que años anteriores. Quizás por el temor al mal tiempo, que otros años no fue muy favorable para los peregrinos.
Los precios de la comida, pueden haber influido. Pero saborear un buen plato de locro, estofado de cordero o un asado de cordero o vaca, siempre fue más costoso que en otro lugar, por el simple sacrificio que se debe hacer para trasladar todos los elementos para preparar estos platos, además de la bebida.
Sin embargo, se puede degustar un almuerzo desde 15 pesos, con platos que no superaban los $ 35. Un choclo con queso de cabra, comida liviana y nutritiva se podía adquirir a $ 10; un bollo casero a $ 5 al igual que una taza de té o café para calentar el cuerpo. La gaseosa es lo más costoso. Una bebida de litro y medio, vale entre los 25 y 35 pesos, de cualquier marca tradicional.
La venta de bebidas alcohólicas está totalmente prohibida, aunque no faltan aquellos inescrupulosos comerciantes que venden estos productos.
Los precios se mantienen a lo largo de los calvarios, donde varían muy poco. No es así en el pueblo de Tumbaya, donde aumentan considerablemente.