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Más pobres en una provincia decadente

Jujuy se ha convertido en una fábrica de pobres y Gerardo Morales se encargó de urdir una fórmula brillante para tener cada vez más pobres, consiste en aumentar los impuestos y servicios, no invertir en sectores que puedan generar empleo y darle a la política una billetera interminable para gastar a destajo los recursos de los jujeños.

Esta decadencia de la provincia está íntimamente asociada a la decadencia de la moral política. La inmoralidad de la política es desconocer que el incremento de la pobreza tiene como origen el mismo fenómeno, la propia decadencia.

Oficialistas y autopercibidos opositores en el relato pretenden ignorar que la fábrica de pobres es una construcción deliberada. Lo que hoy escandaliza y paraliza, no es obra de la naturaleza, es un programa aplicado. En esa construcción, pergeñada a detalle, sus autores tal vez no hayan siquiera imaginado el resultado de esa ingeniería.

Personas con carencias materiales y sociales severas, o con baja intensidad en el empleo, es una situación cronicada hasta el hartazgo en la provincia.

Por pobreza se entiende una forma de vida caracterizada por el insuficiente acceso a ciertos elementos que se consideran básicos para el bienestar de las personas que conviven en una determinada sociedad.

Esta situación no depende de la percepción subjetiva de las personas, sino de elementos objetivos que pueden ser evaluados y cuantificados con ciertos indicadores.

Una persona es pobre, aunque crea que no lo es y aunque ciertas estadísticas engañosas digan que no lo es. A las personas pobres les faltan elementos básicos para desarrollar una vida social considerada “humana”.

O sea, la pobreza en Jujuy hace tiempo es estructural y masiva. Pese a ello, la siguen relatando como una situación que afecta temporalmente a una población marginal que va a resolver sus problemas cuando consiga empleo. El empleo a futuro sigue siendo la esperanza o la quimera y la supuesta solución definitiva, y que las políticas asistenciales son una mera transición. Sin embargo, las políticas asistenciales perduran, perdurarán y el empleo es una salida cerrada porque cada vez es más precario, inestable y con ingresos muy bajos.

En la práctica, esta inmoralidad política ha generado una trampa de la pobreza, ya que para conseguir la asistencia hay que seguir siendo pobre.

Esta trampa se expresa también como trampa del desempleo, entendiendo que para conseguir asistencia no hay que tener empleo. Dada la precariedad del empleo al que pueden acceder las personas pobres, la salida que se ofrece puede ser peor que permanecer en la asistencia.

Esta forma de actuar sobre la pobreza, consolida la segmentación social, estigmatiza a las personas beneficiarias de asistencia y construye un mecanismo potente de control social que divide y enfrenta a la propia sociedad.

Es también un modo de regulación estática de la pobreza, y su objetivo no es que las personas superen su situación sino tenerlas pobres, separadas, controladas y enfrentadas con el resto de la sociedad.

Las políticas contra la pobreza que se aplican en Jujuy, no generan capacidades ni otorgan autonomía a las personas pobres para que salgan de esa situación. Nunca llegan porque esperan que las personas caigan en la pobreza para evaluar si merecen asistencia y generan trampas que derivan en transferencia generacional de pobreza.

Lo único que han logrado es que la pobreza sea masiva y hereditaria: el índice de pobreza infantil es siempre mucho peor que el de las personas adultas. La mayoría de las personas pobres han nacido en hogares pobres y sus descendientes también lo serán.

Las políticas asistenciales focalizadas en personas escogidas por el poder político o bien quienes operan como intermediarios, no hacen más que acrecentar el modelo de vasallaje diseñado a gusto y paladar de la decadente dirigencia política.

Y a esto se suma la degradación constante de otras políticas sociales esenciales para la pobreza como salud, educación, vivienda, transporte, etc. En este contexto, dividir a la población necesitada entre “merecedora” y “no merecedora” de asistencia es un mecanismo discriminador y que busca el control sobre una masa necesitada.

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