El legado de don Plinio Zabala
Los hijos de don Félix Yarade, ex administrador de la Finca El Pongo, mantienen intactas en sus memorias la figura de don Plinio Zabala y el impresionante legado que dejó al pueblo de Perico.
Las obras de arte, la lectura y el estudio, eran una pasión que pregonaba constantemente y marcó como un estilo de vida.
Ana y Jorge Yarade los recuerdan así: “Arturo Zabala era un médico muy prestigioso, muy conocido; inclusive hay una sala del hospital Rivadavia de Buenos Aires que lleva su nombre. Don Plinio era Doctor en Leyes, en 1917 se doctoró. Era un tipo sumamente de perfil bajísimo, desinteresado por las cosas, por los bienes, a tal punto que mencionaba que de todas las obras de arte que tenía, no es que él iba a casas de arte a comprarlas, sino que muchas de esas obras, que estaban en la sala de la Casona de El Pongo y de otra casa que tenían en Buenos Aires en Rodríguez Peña y Juncal, eran regalos que le hacían los pacientes a su hermano. Como estaban en una posición muy alta y él era médico de la alta sociedad de Buenos Aires, los Zabala-Ortiz, entonces por allí pagar por una obra no se hacía. Sí había muchos regalos y puede ser que entre esos regalos haya venido este cuadro como otras cosas más que fueron heredando”.
Continúa el relato, destacando “Para que se den una idea, don Plinio nació en 1886, Domingo Faustino Sarmiento murió en 1888, los padres de don Plinio eran amigos de Sarmiento. Una vuelta don Plinio en una situación familiar especial que tuvimos nosotros, le regala a mi mamá un relicario de oro, impresionante que tenía ceniza de no sé qué Santo. Yo tuve la oportunidad que lo vea un anticuario, y él dijo que era muy moderno, porque lo habían trabajado a máquina y no a mano. Calculaba que era de 1770 o 1750 cuando empieza la revolución industrial. Don Plinio le regaló a mi mamá envuelto en un papel de diario. Mi mamá se peleó con un hermano un día, al día siguiente apareció don Plinio con un papel de diario y le dijo “tome doña porota, para que se le pase el enojo”. En ese momento cuando lo hicimos tazar, valía más o menos cinco casas en Salta. Si entramos a buscar y te vas para atrás, descubrimos que era herencia de su abuela, que le había dejado a su madre, Fulgencia Llanes de Zabala”.
“Si empezamos a hilvanar fechas, y situaciones tranquilamente éste puede ser también un cuadro legítimo, o no. En la entrada de la casa, había dos cañoncitos chiquitos puestos de adornos, que funcionaba, con la inscripción de 1770, que se lo regaló al Coronel Zenarruza. El tenía en su poder cosas que ni sabía el valor que tenía, por ejemplo dos jarrones de porcelana de cebre de siglo XV o XVI. Él lo tenía más por el tema afectivo, era totalmente desinteresado por el valor material. Zabala era un tipo que se viene de Buenos Aires, que era Doctor en leyes, a manejar un campo y a recuperar las tierras que habían perdido los hermanos con la política, 13 mil hectáreas desde Palpalá hasta pasando el aeropuerto, era un conservador y muy adicto al estudio a la lectura”.
Como ejemplo del desinterés que tenía por los viene materiales, recuerda Yarade que “cuando era mi cumpleaños, metía la mano al bolsillo y me daba mil pesos, al año siguiente, me daba dos pesos. A su íntimo amigo que era Oscar Rebaudi Basalvilbaso, conocido político de aquí, le dejó todo lo que tenía en la cuenta del Banco de Desarrollo de Jujuy; al chofer le dejó el auto, un Chevrolet modelo 73. El auto valía mil pesos y la cuenta en el banco 50 pesos. A lo que voy, es que no le daba valor a las cosas. El tenía un valor afectivo y no un valor material”.
Otra anécdota, de don Plinio, según cuentan Ana y Jorge, está relacionada con su afición a la lectura. “Un día se va a Buenos Aires, mi padre le instala un grupo electrógeno en la finca. Se llenó de odio cuando volvió, pero después le gustó porque podía leer hasta las 2, 3 o 4 de la mañana. Primero le dijo, para que don Tito si yo puedo leer de día, era un tipo totalmente desprendido”.
Recuerdan también cómo llegaron a Jujuy las estatuas de Lola Mora, y afirman: “Las estatuas de Lola Mora, las trae a Jujuy el hermano de don Plinio siendo Senador. Era don Carlos Zabala, que cuando estaba en decadencia Lola Mora y aparecen los gobiernos más populares, porque ella era una libertina, todas las estatuas que estaban en el sótano del Congreso, y el hermano va y le dice “estas estatuas tienen que ir para Jujuy”, gestiona todo y la trae a Jujuy”. Lo que quiero representar es el poder, las relaciones y lo que tenían a su alcance los Zabala. No te extrañe que por algunas circunstancias haya perdido este Da Vinci, como se pudo haber ido cinco Davinci, o tres Goya o un Velásquez”.
Don Plinio no tenía este cuadro en exposición, destacaron los hermanos Yarade. “El Antonio un día le puso cuatro clavos y lo puso en la pared de la casa. De allí me acuerdo yo del cuadro. Un día saca una cosa de cartón y de allí extrae el cuadro y dice “esto vale mucho”, esta es una pintura que vale mucho y yo la vi. Después me olvidé. Yo sabía que era una cosa que valía mucho, pero en mi casa había mucho también y no valoraba lo que tenía, esa era la realidad. La situación económica era muy, muy buena y no se daba corte a un cuadro”.
Recuerdan también cómo se fue perdiendo este importante legado cultural de don Plinio Zabala. “Había una situación especial que vivió en los últimos años mi madre que estaba un poco senil, un poco ida de las cosas, sumado al abandono que sufrió ella de toda la gente que la rodeaba. Inclusive hay historia clínica del Quintar de Perico, que podrían haber acusado de abandono de persona. En cierto momento se queda con un solo hermano nuestro, con él vive hasta que muere y mi hermano deja de darle corte, ni nada.
Nunca se hizo un inventario de las obras que había. Hemos pedido un inventario porque había un abogado de ellos, inclusive tuvimos que hacer juicio para que el abogado rinda cuenta de lo que había hecho con la sucesión. El benemérito Cardero se murió diciendo que no había nada que rendir cuenta, entonces nunca nos rindió cuenta. Después aparecieron más propiedades. No sabemos qué cantidad de obras de arte había en la casa porque nosotros nos alejamos últimamente, pero había obras, había Pantojas, un cazador de bronce con un perro cazador, con una perdiz en la boca, que era una maravilla. También había un sahumerio de bronce, con una tapa que vos ponía carbón e hiervas, que se lo había regalado Struensser. Pero nunca supimos realmente que es lo que había”.
Sobre la venta del cuadro dijeron, “Yo creo que se pudieron haber aprovechado de la edad de mi mamá y de la avaricia de la gente que estaba a la vuelta de ella y le habrán estafado tranquilamente. Mi mamá le vendió muchas cosas a este tipo; él sabía que tenía allí una mina de oro. El era coleccionista y un anticuario entonces iba, veía y le pagaba a mi hermano que estaba metido en una botella de alcohol, dos mango y le compraba. Lo que sí, te digo que el recibo que tiene O’Shee por esas obras de arte, es totalmente falso, porque está primero la firma de él y luego la de mi mamá y el autentica la firma en el 2004 y mi mamá muere en el 2001”.
Es importante también conocer cómo llegan los Yarade a heredar parte de la fortuna de Plinio Zabala. Al respecto contaron, “Yo tenía un tío que se llamaba Vicente Serrano que trabajaba en Anún, y mi papá estaba sin trabajo. Don Plinio iba siempre a Anun y era amigo de mi tío, y un día le comenta que le habían matado al administrador que tenía en ese momento la finca, entonces mi tío le dice, “Yo tengo la persona que usted necesita”. Lo llama a mi papá, va le hace una entrevista y empieza a trabajar. Siempre contaba mi mamá que le dice, “¿Usted cuanto quiere ganar?, y le respondió: ¿Usted cuánto me quiere pagar? veinte pesos, entonces mi papa le dijo; yo valgo 40”. Lo contrata y de allí lo acompaña hasta que muere. Don Zabala nos decía que le digamos abuelo, pero mi mamá nos dijo, no, no es su abuelo, es don Plinio Zabala. No crea que eso que está allí es de ustedes, no es. Ustedes no tienen nada que ver con esto, para ustedes es don Plinio”.
Ana y Jorge lo recuerdan así a don Plinio: “Era un tipo excelente, un exquisito, un hombre muy culto, era de esas persona que uno lamenta haber sido tan joven y no haber sabido valorar lo que era como persona. Contaba que se retaba a duelo con un guante, era fantástico, una biblioteca con dos pies y un corazón así de grande, sobre todo con nosotros. Una persona muy generoso. Tenía un trato especial con uno de nuestros hermanos, con el que se quedó con todo porque él iba a cuidarlo de noche, después que se le murió el ama de llave que se llamaba Teresa. Don Plinio estaba en Buenos Aires y en el acto se viene a ver a su ama de llave, y le hizo un mausoleo para ella. Luego se lo regala a mi papá. Mi hermano cuando muere la Teresa, empieza a ir a cuidarlo de noche para que no duerma solo en la sala, porque él no quería salir de su casa”.

