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“´Juancito´ Perón pobló de Nazis la Patagonia”

Uno de los dos únicos sobrevivientes del Holocausto que permanecen con vida visitó Jujuy y recordó el horror que vivió con sólo 13 años en la Segunda Guerra Mundial; cómo mantuvo la cordura tras el asesinato de toda su familia y el ingrato recuerdo del fundador del justicialismo en Argentina. Historia viva. 

Jorge Klainman es historia viva. 

La sociedad de la información globalizada del siglo XXI hace que la segunda guerra mundial parezca un episodio ocurrido en una etapa de la humanidad inmemorable. 

Pero aunque a los milenials parezca importarles poco, sólo siete décadas nos separan de uno de los desastres más espeluznantes que haya perpetrado el ser humano. 

Conocer el pasado, para comprender el presente y pensar el futuro parece ser una obligación que impone el sentido común.  

Con 88 años, Klainman recorre el mundo para contar el horror en primera persona y recordarle a las personas de lo que puede ser capaz un líder desquiciado. 

Nacido en Polonia, reside en Argentina desde 1947. Relata siete milagros que salvaron su vida en la Alemania Nazi, aunque dice que fueron más.

El más crudo narra cómo se despertó en una fosa encima de 200 cadáveres. Las balas del fusilamiento habían alcanzado sólo a herirlo, pero los soldados lo arrojaron creyendo que habían cumplido con el baño de sangre. 

Desde que fue trasladado al primero de los siete campos de concentración donde los Nazis exterminaban a los judíos, a los 13 años, supo que su padre, su madre y su hermana habían sido asesinados. 

Pero en medio de la barbarie, la esperanza por encontrar con vida a su hermano, dos años mayor, lo hizo soportar el tránsito por aquel infierno. 

Lamentablemente nunca lo logró, aunque estuvo a sólo 60 kilómetros de alcanzarlo. 

“Yo estaba en Milán y él al lado, en (la ciudad de) Tradate”, recuerda. Como una burla del destino, su hermano no murió a manos de los criminales que Hitler dispersó por toda Europa, sino a consecuencia de una peritonitis. 

“Vivíamos el día. Nadie sabía si iba a vivir mañana o si lo iban a estar friendo en el crematorio”, relata con la voz temblorosa. Asegura que las reproducciones que el cine ha creado de los crímenes del Nazismo no llegan a recrear un 10% del espanto que le tocó vivir. 

Fueron cuatro años de su vida, que decidió censurar en su mente durante cincuenta. Repasarlos lo habrían atormentado de tal manera, que él mismo habría concretado lo que los Nazis no pudieron. 

Sin embargo, la indignación pudo más cuando escuchó a apologistas del genocidio negar el calvario al que fueron sometidos seis millones de judíos con la Solución Final. 

En medio de ese recorrido por un pasado en blanco y negro, Klainman no puede olvidar su llegada a la Argentina, procedente desde Paraguay. 

“Nosotros teníamos un gran prócer en Argentina, que se llamaba “Juancito” Perón, no es de tu época, tú te lo perdiste”, comienza con la ironía de quien prefiere reír para no llorar.

“Él no dejaba entrar a judíos sobrevivientes a la Argentina, pero sí a los Nazis. No a los comunes, sino a los más altos asesinos, que poblaron media Patagonia. Vinieron cuatro submarinos cargados de lingotes de oro, que los llevaron al Banco Central de la Capital Federal. No había lugar en el tesoro, los pusieron en el pasillo. Y a mí no me dejaron entrar”, recuerda con amargura. 

“Conseguí un contrabandista, que con un barquito chiquito, a las 4 de la mañana, cruzamos el Paraná. Cuando estábamos en el medio del río, los gendarmes del lado de Posadas nos detectaron y se escondieron entre los arbustos. Yo venía con un amigo. Cuando tocamos tierra me recibieron con salvas de bala que parecían mosquitos. Ahí entró en escena otro milagro. Esquivé las balas y los perros que me mandaron. A las 6 de la mañana estábamos sentados en la plaza de Posadas”. Otro milagro se había producido. 

Klainman caminó por un mundo convertido en un infierno, la Europa de los años ´40, desde los 13 hasta los 17 años. 

Cuando los aliados derrotaron al III Reich emigró a la Argentina buscando a la hermana de su madre. 

Respirando lo más parecido a un ambiente de paz, se dio cuenta que tenía dos opciones. Profundizar el odio y la búsqueda de venganza y en consecuencia terminar de autodestruirse, o bloquear los recuerdos de su mente, comenzar una nueva vida y pacificar, esta vez, su alma. Eligió lo segundo. 

Se casó con una Argentina, tuvo cuatro hijos y tres nietos. Durante cinco décadas ni siquiera ellos supieron los detalles del horror al que sobrevivió. 

Hoy transmite su experiencia a un mundo que ha alcanzado paz en algunas regiones, pero en otras sigue reproduciendo la cadena de atrocidades. 

Hizo lo propio en nuestra provincia, en una conferencia propiciada la semana que pasó por el Colegio de Magistrados y Funcionarios del Poder Judicial de Jujuy 

Escuchar su testimonio se torna imprescindible y debería ser una obligación para los líderes de un mundo que no alcanzan a poner los pies sobre la tierra.