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Historia de una novela

El escritor salteño Santos Vergara nos narra el proceso de redacción de una de sus novelas: “Las vueltas del perro”. Interesante hecho porque señala la cocina del escritor: proceso difícil, apasionado, que pone en juego las técnicas y conocimientos de la literatura de un narrador. Vale la pena su lectura.



¿CÓMO SE ESCRIBE UNA NOVELA?

"LAS VUELTAS DEL PERRO” DE SANTOS VERGARA


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Aunque pocas veces me la plantearon, suele ser una pregunta interesante. Hace poco tiempo, durante una entrevista con estudiantes de letras, alguien se animó a formularla: “¿Puede decirnos cómo escribió su novela Las vueltas del perro?”. La pregunta venía al caso, creo, por algunas técnicas empleadas en su composición.

Resulta que es la misma curiosidad que tuve en mis tiempos de estudiante frente a textos de cierta complejidad, pertenecientes a los grandes maestros de la literatura, como “Pedro Páramo” de Juan Rulfo o “Conversación en la catedral” de Mario Vargas Llosa. Igual interrogante me surgió después de leer la famosa “Rayuela” de Julio Cortázar. Son novelas que plantean fuertes rupturas en su linealidad temporal, alterando el orden cronológico del relato, desdoblando el relato en más de un narrador, todo lo cual supone un trabajo de ingeniería en su composición. De allí la pregunta: ¿cómo lo hizo? Es decir, cómo construyó una obra tan intrincada sin perderse en sus propios laberintos. Del escritor peruano, buen ensayista y conocedor teórico de la literatura, tenemos explicaciones sobre el origen y manufactura de sus diferentes obras, difundidas en conferencias y entrevistas periodísticas. Pero de Cortázar, el escritor argentino que pasó gran parte de su vida escribiendo en Francia, recién hace poco tiempo pude acceder a una minuciosa ilustración de su parte de cómo escribió y organizó los capítulos que conforman su novela “Rayuela”. Si bien la narración de los capítulos centrales, por un lado, y la recopilación de textos de diversa procedencias, por otro lado, le llevó varios años, la arquitectura final fue mucho más simple y azarosa que lo que muchos críticos suponen. Eso lo explica claramente el propio autor en su libro “Clases de literatura. Berkeley, 1980”, publicado en 2013 por Alfaguara, texto que recomiendo leer para satisfacer ésa y otras curiosidades.

Volviendo a la pregunta inicial de los estudiantes respecto al proceso de escritura de mi novelita, debo advertir que “Las vueltas del perro” fue concebida, como suele ocurrir con muchas creaciones, en un momento especial de mi vida y de mi formación. Había concluido el Profesorado en Letras en la Universidad, con una entusiasta lectura de los principales escritores hispanoamericanos contemporáneos, y me encontraba ejerciendo mis primeros años como docente en colegios secundarios, cuando me vi forzado a sumarme a una huelga docente por tiempo indeterminado. Eso me produjo una gran angustia. Para aliviar mi tensión interna, decidí ponerme a escribir. Retomé el borrador de un cuento largo que no terminaba de cuajar y lo transformé en un proyecto de novela, logrando inicialmente un relato lineal que no ocupaba más de 25 páginas, pero allí estaba toda la historia. Sobre esa base trabajé los diferentes capítulos que dieron cuerpo a la novela. Para ello, previamente, me hice un plan de escritura. Serían básicamente tres las voces narrativas: un niño que recuerda en primera persona los hechos dolorosos de su vida, un narrador en tercera persona que cuenta progresivamente los extraños sucesos de una finca y una voz profética que de modo concentrado y poético apela a una segunda persona, que podría ser el otro protagonista, al que todos pretenden visualizar. Dentro de ese discurso de tres voces fui introduciendo otros relatos necesarios. Los capítulos no fueron escritos en forma progresiva o cronológica, sino en forma alternada, independientes unos de otros, dando saltos hacia adelante o hacia atrás, según las necesidades estructurales y también de mis circunstanciales estados de ánimo. En ese sentido, para mí, fue una suerte de juego, en que debía conectar un capítulo con otro a través de hilos invisibles, buscando que el lector no se perdiera y siguiera el argumento básico a través de una intriga, operación que me produjo bastante placer. Una vez terminada, sintiendo una gran liberación, la guardé en un cajón. La saqué ocho años después, para participar de un concurso que me abrió el camino para publicarla. Y ahí anda todavía el libro por las librerías, buscando lectores, mientras yo me embarco en nuevos proyectos.

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