Política

Hay una nueva agenda social que el gobierno no quiere ver

La indiferencia del gobierno frente a los reclamos y manifestaciones que se expresan en las calles vuelve a dejar en evidencia que la agenda de la gente no coincide con la agenda de los dirigentes.

Mientras los ciudadanos están preocupados por la inseguridad, las adicciones, la salud mental y la creciente violencia social, gran parte del debate político gira en torno a los posicionamientos electorales y las disputas internas por el poder.

La política dedica demasiado tiempo a discutir quién gobierna y demasiado poco a debatir cómo mejorar la vida cotidiana de las personas.

Existe una evidente diferencia de prioridades. La sociedad reclama soluciones concretas y resultados visibles. La política, en cambio, muchas veces parece funcionar de acuerdo con sus propias necesidades de supervivencia.

El desafío consiste en volver a colocar a la persona en el centro de las políticas públicas. Si los jóvenes pierden expectativas de futuro, si las escuelas enfrentan problemas de convivencia o si las mujeres continúan expuestas a situaciones de riesgo, la discusión pública debería reflejar esas preocupaciones con la misma intensidad con la que se discute una estrategia electoral.

Otro aspecto fundamental es preguntarse si las prioridades del Estado están correctamente definidas.

No se trata de gastar más, sino de analizar dónde se invierten los recursos y qué resultados se buscan alcanzar. Una sociedad que destina enormes esfuerzos a resolver las consecuencias de la violencia, pero pocos recursos a prevenir sus causas, corre el riesgo de ingresar en un círculo permanente de crisis.

La cuestión central es dónde ubica la política a la persona humana dentro de su escala de valores. Desde una concepción humanista, el desarrollo económico, las obras públicas y la administración del Estado son herramientas para mejorar la vida de las personas, no fines en sí mismos.

Cuando la lógica del poder ocupa el centro de la escena, la persona corre el riesgo de convertirse en un dato estadístico o en un simple instrumento electoral.

Existe una nueva agenda social que el gobierno parece no querer ver: más compromiso con la salud mental, con la educación, con la protección de las mujeres y con la generación de oportunidades para los jóvenes. Son desafíos menos visibles que una obra pública o una inauguración que puede formar parte de una estrategia política. Sin embargo, aquello que hoy no se ve será lo que determine la calidad de vida de los jujeños durante las próximas décadas.

Vivimos un tiempo de tensiones. La sociedad percibe que sus problemas son urgentes, mientras que para buena parte de la dirigencia parecen quedar relegados frente a la necesidad de conservar espacios de poder. Esta es una de las principales causas de la crisis de representación que atraviesan las democracias contemporáneas.

Cuando la política no procesa adecuadamente las demandas sociales, esas demandas terminan expresándose a través de protestas, conflictos, estallidos de violencia o formas de presión cada vez más intensas. La calle ocupa el lugar que las instituciones dejan vacante.

La verdadera discusión no es cuánto poder tiene la política, sino para qué lo utiliza. Si la persona humana deja de ocupar el centro de las decisiones públicas, los indicadores pueden mejorar de manera temporal, pero los problemas sociales continuarán creciendo por debajo de la superficie.