Política

Hace diez años que gobiernan y hablan como si recién llegaran al poder

El gobernador Carlos Sadir ofreció el viernes un “festival de anuncios”, apelando a una sensibilidad que, en la práctica, suena a música lejana para el vecino que pisa el barro. Fue un discurso que intentó instalar la idea de un “Estado presente” y de “caminar los barrios”, pero que choca de frente con una realidad donde la indiferencia parece ser la única política de Estado que realmente llega al territorio.

Resulta casi surrealista que, después de una década de gestión radical, el mensaje siga estructurado como si acabaran de desembarcar en la Casa de Gobierno. Esa amnesia selectiva es, en esencia, una falta de respeto a la memoria del ciudadano que viene soportando el ajuste.

Hablar de priorizar la salud y la educación cuando el ciclo lectivo arranca con un paro de 48 horas por ofertas salariales que son, literalmente, de miseria, no es gestión: es cinismo puro. No se puede fortalecer la educación con docentes bajo la línea de pobreza y escuelas que se caen a pedazos; la tiza no escribe sobre el hambre.

Si miramos los números, el panorama se vuelve aún más oscuro. Sadir habló de una deuda pública que supera los 766 mil millones de pesos, una mochila de plomo que la provincia no tiene espalda para cargar y que, sistemáticamente, se descarga sobre los trabajadores públicos y el recorte de servicios esenciales. Es la técnica del “ajustador” disfrazada de “gestión técnica”.

Mientras tanto, la inseguridad no espera. Anunciar un plan para 2035 cuando la droga y el delito están loteando los barrios hoy suena a burla o, peor aún, a confesión de rendición. El modelo parece agotado, transitando de la prepotencia política de la etapa anterior a una parálisis administrativa que solo atina a mirar hacia la Casa Rosada para repartir culpas. En definitiva, se trata de una gestión que sobrevive a base de promesas a largo plazo para tapar las urgencias de un presente que ya no les cree. Diez años en el poder es tiempo más que suficiente para mostrar resultados, no para seguir ensayando diagnósticos de campaña.

Cuando las ideas se terminan, aparece el manual de la victimización como última trinchera política. Resulta una subestimación dramática al pueblo de Jujuy escuchar a Santiago Jubert, presidente del bloque radical en la Legislatura, señalar hacia Buenos Aires e intentar instalar que el presidente de la Nación es el único responsable de todos los males que padece la provincia.

Es un guion repetido y peligroso, porque subestima la memoria colectiva de una provincia que sabe perfectamente quiénes firman los decretos desde hace una década. Esta estrategia de buscar un enemigo externo para licuar responsabilidades propias no es más que el síntoma de un modelo agotado que, ante la incapacidad de dar respuestas concretas a la inseguridad, a los salarios de miseria y a una deuda interna asfixiante, prefiere refugiarse en el lamento mediático.

Resulta casi ofensivo que quienes ostentan el poder territorial, los resortes de la Justicia y el control de la caja provincial desde hace diez años pretendan presentarse como observadores externos de una crisis que ellos mismos ayudaron a profundizar con un endeudamiento superior a los 766 mil millones de pesos.

No se puede gobernar por el espejo retrovisor ni culpar al contexto nacional por la falta de presencia en los barrios jujeños o por el estado calamitoso de las escuelas que hoy inician el ciclo con paros. Lo de Jubert y el oficialismo no es análisis político: es una maniobra de distracción para evitar explicar por qué, después de tanto tiempo, la única oferta para los jóvenes es el éxodo y para los jubilados, la carencia.

La victimización es el último refugio de quienes ya no tienen nada para ofrecer. Intentar convencer a los jujeños de que su realidad depende exclusivamente de un tercero es, en rigor, una confesión de irrelevancia administrativa.

Estamos ante un delirio dialéctico donde quien tiene la llave de la provincia se queja de que la puerta está cerrada, mientras el ajuste sigue cayendo con todo su peso sobre el trabajador que ya no compra espejitos de colores ni promesas para 2035.