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Carla Peterson y el enorme desafío de interpretar a una de las víctimas de un cuádruple femicidio

La actriz personifica a Gladys Cristina McDonald, la mujer que el odontólogo Ricardo Barreda asesinó junto a su madre y sus dos hijas, en una película que llega a Prime Video el próximo viernes 28.

El estreno de Barreda -película que estará disponible a partir del 28 de agosto en Prime Video- vuelve a poner bajo la lupa uno de los crímenes más estremecedores de la historia policial argentina. Pero esta vez la perspectiva es otra: el film busca correr del centro al odontólogo que en 1992 asesinó a su esposa, sus dos hijas y su suegra para devolverles identidad y voz a las cuatro víctimas, durante años desdibujadas detrás del relato construido alrededor del femicida.

Carla Peterson interpreta a Gladys McDonald, esposa de Ricardo Barreda, y reconstruye a una mujer de la que quedaron pocos registros y cuya historia fue contada, principalmente, a través de la versión de su asesino. La actriz habló sobre la responsabilidad de encarnar a una víctima real, recordó cómo vivió el caso cuando tenía prácticamente la misma edad que las hijas del matrimonio y explicó por qué el desafío más importante de la película no fue representar el crimen, sino devolverle entidad a sus víctimas.

—¿Sentiste una responsabilidad especial al interpretar a la esposa de Barreda, una víctima real?

—Sí, por supuesto, pero también sentí que era una gran posibilidad: la de contar esta historia desde una mirada diferente a la que se instaló en aquel momento. Pasaron muchos años desde 1992, cuando ocurrió el crimen, y hubo muchos cambios. En ese momento ni siquiera existía la figura del femicidio. La película, además, comienza mucho antes, cuando la familia se muda a esa casa. Contar hoy la historia desde otro lugar nos permite pensar más, revisar lo ocurrido y poner a cada uno en el lugar que le corresponde.

—¿Cómo construiste a una mujer cuyo relato quedó desdibujado y de la que trascendió, principalmente, la versión de su asesino?

—Había muy poco material. Pude ver apenas algunas fotografías de ella e intenté imaginar cómo era, dónde vivía y cómo se organizaba esa familia. Para mí, además de buscar a mi personaje, lo más interesante fue construir el funcionamiento familiar y descubrir qué rol ocupaba cada uno dentro de esa casa. Supe, por ejemplo, que ella también era odontóloga, pero había quedado en otro plano para darle lugar a él. Barreda era quien trabajaba y ellas dependían económicamente de él. Él tenía el título y el reconocimiento dentro de su círculo, mientras que ella se ocupaba de la casa y también colaboraba con su consultorio: anotaba los turnos y estaba atenta a todo lo que ocurría.

Es un dato poco conocido que ella también había estudiado odontología...

—Yo tampoco lo sabía. Y una de sus hijas también se había recibido de odontóloga; la otra era abogada. Eran mujeres profesionales y estaban atravesando momentos muy importantes de sus vidas: una de las chicas pensaba en irse a vivir sola y la otra estaba por casarse. Sin embargo, lo único que durante mucho tiempo quedó instalado sobre ellas fue que eran “sucias”, “desordenadas” o “malas”. En la película se van descubriendo los motivos por los cuales él hace lo que hace, y no tienen que ver con que ellas lo maltrataran. Esa fue una construcción de su abogado y de los medios de comunicación. Pero también hubo algo en la sociedad de aquella época que permitió que ese relato fuera aceptado. Hoy podemos revisar ese recorrido y preguntarnos qué se ilumina y qué se deja en la oscuridad cuando suceden estos casos.

—¿Recordabas el caso cuando recibiste el guion?

—Sí, perfectamente. Yo tenía prácticamente la misma edad que las hijas cuando pasó. Había terminado el colegio y estaba empezando a estudiar. Me daba terror y no podía entender cómo un padre podía matar a sus hijas. Recuerdo las noticias que veía por la tarde, cuando regresaba de estudiar; recuerdo cómo se hablaba de él y el lugar que le daban. De ellas, en cambio, no se decía nada. Ahora pienso en las amigas de esas chicas, que tenían 20 o 23 años y debieron ir a defender su memoria. Tener que sentarse en un juicio, frente a todas esas personas, para hablar de una amiga que había sido asesinada debe haber sido desgarrador. Me parte el alma. Y, encima, él terminó convertido casi en una especie de héroe.

—Todavía hay personas que ponen el foco en cómo se supone que lo trataban ellas...

—Sí, sin saber absolutamente nada y dejándose llevar por aquellos relatos. Eran otros tiempos. De todos modos, me gusta mucho hablar de esta película porque, más allá de lo terrible del caso y de cómo nos impacta, creo que hicimos un gran trabajo. Tiene grandes hallazgos en la manera de narrar la vida dentro de esa casa y también el juicio. Estoy muy orgullosa. Es el tipo de cine que a mí me gusta ver.

—¿Qué te produjo volver a aquella Carla joven que veía el caso por televisión y revisar, tantos años después, el modo en que se hablaba de Barreda y hasta los chistes que se hacían?

—Creo que esa revisión la hacemos a diario. Todo el tiempo se vuelven a poner en duda muchas cosas, especialmente los pasos que dieron las mujeres y los derechos que se conquistaron. Incluso hoy hay quienes quieren desandar ese camino. Por eso siento que todavía tenemos que ser muy cuidadosos y seguir avanzando: dar más luz, dar voz y ponerles palabras a las cosas que realmente necesitamos, también pensando en lo que queremos dejarles a nuestros hijos. Hay cuestiones que cambiaron y que hoy entendemos de otra manera. La película las pone sobre la pantalla y permite verlas. Cuando buscaba a mi personaje pensaba que las mujeres de esa familia estaban aterrorizadas, que le tenían mucho miedo y no encontraban la forma de salir de ese lugar. Una de las hijas intentó hacerlo yéndose a vivir sola; la otra se casó muy joven. Y cuando su esposa finalmente le dice que quiere separarse por todo lo que hacía, él decide matarlas.