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En Jujuy vivimos bajo una farsa democrática

¿Qué pasa cuando en un país o una provincia, el gobernador o el líder político no decide nada, salvo cuestiones menores, y todo lo demás lo decide el gobernante saliente que, en realidad, tiene el control del poder? Hay muchos ejemplos en el país. El más reciente es el fallido gobierno de Alberto Fernández como consecuencia de la sombra perversa de la ex presidenta Cristina Kirchner amén de las responsabilidades propias del ex presidente.

Ahora lo vemos o por lo menos es un síntoma sobre la gestión del gobernador Carlos Sadir fuertemente influenciado por el ex gobernador Gerardo Morales que se ha encargado de limitarle toda capacidad de maniobra en la toma de decisiones por parte del actual mandatario.

Estamos viendo que esas situaciones demuestran que la verdadera autoridad está concentrada en una sola persona, que no ha sido elegida directamente por la ciudadanía para tomar esas decisiones de fondo. La administración, en ese caso, funciona más como una especie de “dictadura en la sombra”, donde las decisiones importantes las toma el mandatario saliente, y el nuevo gobernante solo cumple un papel de figura decorativa.

¿Qué clase de democracia es esa? Bueno, esa sería una especie de “democracia controlada” o “democracia tutelada”, donde la voluntad popular parece estar presente en las urnas, pero en realidad, no tiene el poder real para decidir el rumbo de la provincia. Todo esto trae consecuencias graves para la ciudadanía. Primero, se afecta la transparencia y la legitimidad del proceso democrático. La gente siente que su voto no tiene peso, que las decisiones las toman unos pocos, y eso genera desconfianza en las instituciones, en los políticos y en el sistema en general.

Por ejemplo, en algunos países donde historias similares se han dado, la población termina desconectada de la política, con una sensación de impotencia, lo que puede derivar en apatía, protestas, o incluso en crisis sociales si la gente siente que no hay una verdadera representación.

Para ponerlo en contexto, en algunas democracias maduras, como en estados unidos o en países de la unión europea, las decisiones importantes las toma directamente el cuerpo legislativo o el gobierno elegido por el pueblo, con controles claros y límites precisos. En contraste, en otros lugares donde el poder está concentrado en una sola figura o en un grupo reducido, las instituciones pierden fuerza y la participación ciudadana se diluye.

En definitiva, una democracia donde no se decide nada por el pueblo, y donde las decisiones se toman en la sombra, puede terminar socavando los derechos de la sociedad, generando descontento, desigualdad y hasta inestabilidad social. Por eso, la clave está en fortalecer la transparencia, la participación real y los mecanismos que garanticen que el poder resida en manos de la gente y no en unos pocos.

Cuando hablamos de democracias en las que el poder no fluye realmente desde la voluntad popular, estamos ante una situación muy peligrosa para la salud de la provincia. Por ejemplo, si en un país el líder, ya sea un gobernador o un presidente, solo se ocupa de decisiones menores, mientras que los asuntos importantes los maneja un mandatario saliente que sigue teniendo el control del poder, estamos ante una forma de gobernar que distorsiona la esencia misma del sistema democrático.

Este escenario crea un vacío de poder donde la gente siente que su participación fue solo un trámite, que su voto no tiene impacto real. La consecuencia directa de esto es la pérdida de confianza en las instituciones, lo que a largo plazo puede traer un desprecio por la política y una sensación de desesperanza en la ciudadanía. Además, al concentrar tanto control en una sola figura, se abre la puerta a actitudes autoritarias, incluso sin que exista una dictadura formal, porque el poder se ejerce sin transparencia ni controles adecuados.

En países con democracias fuertes, existen órganos independientes, tribunales y mecanismos que vigilan que las decisiones las tome quien tiene la autoridad legítimamente, y esa autoridad viene del voto libre y secreto. Cuando eso no pasa, y en cambio las decisiones importantes las toma otro en la sombra, estamos alimentando una especie de “democracia simulada” o “farsa democrática”.

Un ejemplo claro de esto se puede ver en aquellos casos en los que los mandatarios, ante la falta de decisiones claras, recurren a la manipulación o al control político para mantenerse en el poder, aún después de las elecciones. Eso genera un enorme daño social, ya que la ciudadanía termina desconfiando del sistema, pierden interés en votar y en participar. Todo esto puede derivar en crisis sociales profundas, en manifestaciones y en una pérdida de legitimidad del sistema democrático en su conjunto.

En Jujuy Morales controla el poder y ahora va por más. Aparece en distintos lugares cuidadosamente armados buscando el “perdón” después de tanto daño pero simultáneamente buscando el voto para llegar al congreso y lograr fueros. Sin embargo, el plan no termina ahí la continuidad de los negocios estaría asegurada bajo el control de la provincia aun desde el parlamento nacional situación que no es ajena a la historia en Jujuy donde otros mandatarios aplicaron el mismo esquema de poder. Situación que beneficia solo al statu quo en Jujuy no al pueblo jujeño que seguirá con las mismas angustias, necesidades y padecimientos.

En el caso del gobernador Sadir, su figura al principio emergió como la esperanza de algo distinto pero, sin embargo, con el paso del tiempo se advierte que su poder se va licuando y, si no reacciona a tiempo, se va a desnaturalizar provocando un daño dramático al sistema democrático en Jujuy y las consecuencias serán aún más complicadas para los jujeños.

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