El gobierno sobreactúa el relato federal pero gestiona feudalismo moderno
Hoy la gente pregunta si el Estado es suyo o si alguien lo convirtió en herencia de unos pocos y el discurso de la democracia se escucha a veces como un himno desentonado porque las instituciones brillan por su ausencia de control y la discrecionalidad se maneja como un juego de cartas marcadas donde quien manda decide los salarios, las licitaciones, los proyectos y las rutas mientras el pueblo observa desde la plaza esperando una rendición de cuentas que nunca llega.
Ahí vamos descubriendo que la democracia se tambalea cuando la transparencia parece una promesa que se rompe cada vez que llega el presupuesto y, en cada decisión de alto impacto, se siente el peso del clientelismo como si fuera una cuerda tensa que podría romperse en cualquier momento.
En verdad, la mirada analítica nos dice que no basta con decir que hay elecciones, que hay tres poderes, que hay tribunales y que existe la prensa libre si la realidad cotidiana muestra una debilidad estructural cuando los contrapesos no logran hacer su trabajo por miedo por conveniencia o por la vieja costumbre de mirar para otro lado.
Entonces aparecen casos paradigmáticos que nos sirven de espejo para entender este fenómeno de acciones feudales dentro de una democracia. Esas escenas que se repiten sistemáticamente muestran, por ejemplo, un reparto de favores que parece una herencia de generación en generación donde contratos de obras públicas son asignados por parentescos y acuerdos informales que nadie ve pero todos presumen y ahí el criterio ya no es la meritocracia sino la cercanía al poder la discrecionalidad sin límites se convierte en una orquesta desafinada donde cada instrumento toca a su antojo y cada nota es una decisión que impacta la vida de familias que esperan una clínica un camino una plaza limpia y lo que reciben es paciencia que se agota cuando el dinero público se deshilacha en trámites a dedo
Luego vienen las auditorías a medias, los informes que se esconden entre párrafos y las cifras que no cuadran porque la licitación se resuelve por conversación en un pasillo y no por proceso público, y allí es donde la democracia sufre su mayor prueba.
Pero no todo está perdido, porque este recorrido también marca señales de esperanza y de acción real. Hay herramientas que pueden cambiar el rumbo cuando la ciudadanía se organiza y exige derechos y reglas claras, por ejemplo, el fortalecimiento de organismos independientes que escuchen y publiquen cada contrato cada gasto cada contrato de servicios y que la fiscalía y la justicia cuenten con autonomía para investigar sin presiones cuando la publicidad de presupuestos y de licitaciones se vuelve norma y no excepción y cuando aparecen veedurías vecinales, capítulos informativos en los que la gente comparte pruebas y verificaciones.
Hay que mirar con ojo crítico lo que se gasta y cómo se gasta. Hay que exigir claridad y verificabilidad y participar en foros públicos y presupuestos participativos promuevan veedurías sociales.
La democracia se sostiene cuando la gente decide vigilar y cuando el Estado responde con resultados visibles que beneficien a la gente común porque si la tentación de concentrar poder se enfrenta con la transparencia la justicia y la participación, entonces Jujuy puede encontrar su rumbo y la voz del pueblo puede resonar más que cualquier coro de poder.
Las conductas feudales traen atraso cuando el poder se comporta como señorío y la gente mira desde las plazas esperando que alguien cumpla lo que prometió, y se quedan esperando mientras los años se acumulan en papeles y fondos que no llegan a las calles con claridad y transparencia porque la obra pública se decide en despachos y pasillos donde la cercanía al poder es una moneda de cambio y el mérito se diluye en favores y complicidades. La gente comprende que cada proyecto puede convertirse en una promesa rota si no hay reglas claras que rijan concursos, licitaciones.
Pero también hay quien sostiene que incluso bajo esa sombra del feudalismo modernizado el voto popular conserva un sentido. El voto es un mercado de esperanzas, pero aun así una posibilidad de exigir rendición de cuentas de decir “aquí estamos y queremos que las decisiones se expliquen, se nombren responsables y se midan resultados”. Cuando la ciudadanía cree en ese marco de rendición de cuentas y participa deliberando sobre presupuestos y prioridades aparece una luz de progreso, porque la democracia no se cae cuando hay un tirón de fuerza del poder sino cuando se cierra la puerta a la participación y se encierran los debates.
En la práctica, el sentido del voto en una democracia transformada en feudo depende de la calidad de la rendición de cuentas de la existencia de contrapesos y de la cultura de la vigilancia ciudadana porque si cada elección se convierte en un respiro para cambiar caras sin cambiar estructuras sin exigir transparencia sin auditar contratos sin periodicidad en la revisión de gastos entonces el voto pierde su impulso y se vuelve una actitud ritual sin impacto real.
El progreso no se mide solo por carreteras ni por hospitales abiertos sino por la calidad de la vida cotidiana, por la seguridad de que la educación llega a los barrios, por la certeza de que el dinero público se invierte con criterios claros y evaluables y que cada peso tiene un responsable directo ante la opinión pública y ante la ley. El voto entonces tiene sentido cuando se usa como herramienta de construcción colectiva para exigir dicho rendimiento de cuentas para pedir resultados verificables para sostener espacios de participación real y para presionar por reformas que reduzcan la discrecionalidad sin límites
Pero si la próxima generación asume que la democracia es solo una maquinaria de cambio de nombres sin cambios estructurales, sin un tejido de instituciones que funcionen de manera independiente y sin una ciudadanía que se mantenga activa vigilante, entonces la tentación del feudo volverá y el voto se deshilachará en promesas vacías y el progreso quedará atrapado en una repetición de errores.
Si el voto se convierte en un acto de responsabilidad compartida en una maquinaria que se ajusta mediante auditorías públicas y participación ciudadana entonces la presencia del feudo puede hacerse más visible solo como una advertencia y no como destino final y entonces el progreso no será un milagro sino el resultado de una ciudadanía que insiste en que el poder responda que las reglas sean claras que los procesos sean auditables y que el pueblo permanezca atento.