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El gobierno se desestabiliza solo por su evidente incapacidad de gestión

Lo que estamos viendo en estas últimas horas en la provincia de Jujuy no es un hecho aislado, sino la muestra cabal de los síntomas de fin de ciclo de un proyecto político que, tras diez años en el poder, claramente no ha estado a la altura de las circunstancias.

Estamos frente a una gestión que parece haberse quedado sin criterio para gobernar, demostrando una preocupante falta de profundidad para entender lo que realmente necesitan Jujuy y los jujeños hoy en día. Se ha avanzado en un modelo basado en una deuda impagable e inconsulta, un peso financiero que no se tradujo en soluciones reales para los gravísimos problemas estructurales que se padecen en todo el territorio. Es esa desconexión entre el relato oficial y la realidad cotidiana de la gente lo que hoy aflora con fuerza, dejando en evidencia que, cuando un proyecto se agota y no sabe interpretar las urgencias de su pueblo, la crisis se vuelve inevitable.

Cuando el barco hace agua, lo primero que aparece es la victimización sistemática y el desfile de voceros improvisados, como este sujeto de apellido Jubert, que agita el fantasma de la desestabilización externa para no hacerse cargo del desastre propio. Lo que no dicen es que este gobierno se desestabiliza solo, por peso propio y por sus propias contradicciones, cuando decide arreglar la miseria salarial con cúpulas de policías retirados, mientras que los efectivos que están en la calle, los que ponen el pecho día a día, no tienen ni lo básico para frenar el avance de la delincuencia ni de la droga que este mismo poder ha permitido que perfore el territorio de punta a punta.

Se desestabiliza solo cuando la billetera estatal se abre generosa para los sectores amigos, mientras que para el resto de los empleados públicos solo queda pan y cebolla. Cuando la justicia, que manejan a gusto y piacere, sobresee a personajes oscuros que deberían estar dando explicaciones en un juicio justo, prefiriendo, en cambio, encarcelar a perejiles para montar un show de autoridad que ya nadie cree.

Se desestabiliza cuando hace de la mentira una política de Estado y cuando desprecia a sus docentes, mandándolos a vender empanadas para poder sobrevivir, destruyendo el capital humano más valioso de la provincia. Estamos ante un gobierno carente de cuadros capaces de enfrentar la tormenta, liderado por Carlos Sadir, quien parece más un embajador itinerante que un líder serio, atrapado en un esquema perverso donde Gerardo Morales sigue interfiriendo permanentemente, desconociendo la tradición presidencialista y empujando a su sucesor al abismo.

La condición para hacerlo gobernador fue clara: profundizar un ajuste salvaje para pagar una deuda en dólares contraída con una irresponsabilidad criminal que hoy genera el padecimiento de todo el pueblo jujeño. Aquí, la violencia no viene de abajo, sino de arriba hacia abajo, impuesta por una gestión que se niega a rendir cuentas sobre el destino de los fondos públicos, refugiándose en una oscuridad que, como todos sabemos, solo sirve para ocultar lo peor de una sociedad y el vaciamiento de sus esperanzas.

Lo que Jujuy atraviesa no es un bache en el camino, sino el derrumbe de un castillo de naipes construido sobre el desprecio a las instituciones y al bolsillo del trabajador. La salida a este laberinto no va a venir de la mano de los mismos que nos trajeron hasta acá, ni de voceros que ven fantasmas de desestabilización donde solo hay hambre y hartazgo legítimo.

La verdadera pacificación de nuestra provincia exige, primero, que el poder baje los humos y entienda que no se puede gobernar una provincia como si fuera una estancia privada, con un gobernador en las sombras que digita un ajuste brutal mientras el que pone la cara se deshace en excusas. Para frenar este empuje hacia el abismo, es urgente abrir las cuentas públicas, que la luz entre de una vez por todas en los despachos donde se decidió una deuda en dólares que hoy es un ancla para el futuro de nuestros hijos.

Necesitamos una convocatoria real, no para la foto, sino para devolverle la dignidad al docente, al policía que está en la trinchera y al empleado público que ya no tiene más tela para cortar. Si la dirigencia no recupera la seriedad y deja de jugar al embajador itinerante mientras el territorio se desangra por la droga y la inseguridad, el ciclo no solo se habrá terminado, sino que habrá dejado una herida difícil de sanar.

La salida es con la Constitución en la mano, con juicios justos para los que se enriquecieron y con un plan de emergencia que priorice la mesa de los jujeños por sobre los compromisos financieros de una gestión irresponsable. Porque, al final del día, la oscuridad puede ocultar los papeles, pero no puede tapar el grito de un pueblo que ya dijo basta.

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