Política

El gobierno se desentiende de la fractura emocional en las nuevas generaciones

Lo que estamos viendo en nuestras escuelas y calles no es una serie de hechos aislados, sino el síntoma de una fractura profunda en el tejido emocional de las nuevas generaciones.

Estamos ante una crisis de salud mental juvenil sin precedentes, donde la agresión externa y la autodestrucción parecen ser las únicas válvulas de escape para un dolor que no encuentra palabras. Al analizar las causas, nos encontramos con un cóctel explosivo de aislamiento digital y presión constante. Vivimos en la era de la “hiperconectividad”, pero nunca antes nuestros jóvenes se habían sentido tan solos, atrapados en un escaparate de vidas perfectas en redes sociales que solo alimenta la sensación de insuficiencia y una ansiedad corrosiva.

A esto se suma la erosión de los núcleos familiares y la falta de referentes sólidos en un mundo que exige éxito inmediato mientras ofrece un futuro de incertidumbre climática y económica. Las consecuencias ya se reflejan con crudeza en los titulares diarios: amenazas de tiroteos que funcionan como gritos desesperados de poder por parte de quienes se sienten invisibles; un aumento alarmante en los indicadores de suicidio, donde el vacío parece más tolerable que la angustia; y una violencia reactiva que reemplaza al diálogo.

La escuela, que debería ser un refugio seguro, se ha convertido en el escenario de estas tensiones. El acoso escolar ya no termina al sonar el timbre, sino que persigue al joven hasta su casa a través de una pantalla. No podemos seguir tratando estos episodios como simples problemas de conducta o falta de disciplina: lo que enfrentamos es una verdadera emergencia de empatía y acompañamiento profesional.

Si no reconstruimos los puentes de comunicación, si no priorizamos la salud mental por encima del rendimiento académico y si no empezamos a escuchar lo que hay detrás de ese silencio cargado de agresividad, seguiremos lamentando tragedias que no son más que el reflejo de una sociedad que ha olvidado cómo cuidar a sus miembros más vulnerables. Es momento de apagar el ruido del mundo digital para encender la escucha en casa, porque cada señal de dolor es una oportunidad de intervención que no podemos ignorar.

El abandono no es solo emocional: es también institucional y estructural.

Lo más desgarrador es que, mientras los jóvenes se hunden, las instituciones que deberían sostenerlos parecen haber bajado la persiana. A esto se suma una realidad económica que obliga a muchos padres a ausentarse del hogar para sostener ingresos insuficientes, dejando a los chicos en una especie de orfandad digital, donde las redes sociales operan sin filtro ni supervisión.

Pero si la crisis en el hogar es grave, la respuesta de las autoridades resulta aún más preocupante. Persisten recetas viejas frente a problemas nuevos, con una alarmante incapacidad para identificar prioridades urgentes.

El caso de Jujuy expone con claridad esta desconexión: frente a la preocupación social generada por amenazas de tiroteos en escuelas, la respuesta oficial ha sido limitada e insuficiente. La falta de acompañamiento concreto deja a directivos, docentes y personal educativo enfrentando situaciones críticas con recursos escasos.

No es razonable que quienes están en la primera línea deban resolver por sí solos escenarios de alto riesgo, mientras las respuestas estructurales no llegan. Minimizar el miedo de la comunidad educativa o tratarlo como un problema administrativo es desconocer la gravedad del contexto.

El silencio o la falta de acción frente a este tipo de amenazas no solo es una omisión: profundiza la sensación de desprotección. Cuando el Estado no responde con claridad y decisión, lo que se instala es incertidumbre, y con ella, un deterioro aún mayor del tejido social.