Política

Si quieren frenar el cierre de comercios, dejen de coquetear con el gobierno radical

El panorama que describimos hoy no es solo desolador: es la crónica de una asfixia anunciada y ejecutada con precisión quirúrgica durante más de una década. Lo que vemos en las calles de San Salvador y del interior no son solo persianas bajas; son las lápidas de un sector privado que fue el rehén silencioso de una política financiera extractiva.

Resulta casi cínico que la Cámara de Comercio de Jujuy, tras años de silencio cómplice y una condescendencia que raya en la entrega, ensaye ahora un tímido reclamo ante un Concejo Deliberante que opera como un sello de goma de la intendencia de Raúl Jorge.

Van a pedir desburocratización y alivio de tasas a una municipalidad anémica, fundida y que, para colmo, mantiene pactos de acero con sectores intocables como el de la recolección de residuos, donde los acuerdos políticos pesan más que el hambre de los comerciantes. Pero el problema de fondo —el que el señor Bustamante y compañía parecen omitir por su afinidad con el esquema de los “contadores exitosos”— es el vaciamiento del bolsillo del jujeño.

Están administrando un yacimiento, no una provincia. La obsesión es pagar una deuda externa irresponsable: una fiesta de créditos en dólares para emprendimientos estatales inviables que hoy se cancelan con el hambre de noventa mil empleados públicos. Ese es el verdadero efecto dominó: si el estatal no consume porque su sueldo se lo devora la deuda de Morales, el comercio muere. Y mientras Sadir parece gestionar una provincia que no gobierna y el radicalismo se refugia en su histórica incapacidad de gestión ante las crisis, el sector privado sigue cayendo al abismo.

No es falta de gestión: es un modelo de negocios político donde el comerciante es el último orejón del tarro. Si no hay un cambio de raíz y se le golpea la puerta a Cardozo para exigir reactivación real y no maquillaje, lo que viene no es una crisis: es el certificado de defunción definitivo para el motor económico de la provincia.

Hay que sacarse las caretas de una vez por todas, porque seguir pidiendo bajas de tasas en un mostrador municipal es como intentar apagar un incendio forestal con un vaso de agua, mientras el verdadero pirómano sigue libre. El drama, señores, no es solo el costo del trámite o el sello administrativo; el drama es el desierto en las cajas registradoras, porque el consumo ha sido aniquilado sistemáticamente.

Sr. Bustamante, si usted realmente se considera representante del comercio, debe entender que la defensa del sector no se hace con comunicados tibios ni fotos de cortesía; se hace con la firmeza de quien sabe que sus representados están con el agua al cuello.

Es hora de dejar la boina radical guardada en la guantera, de olvidar las lealtades partidarias que lo tienen atado de pies y manos y de ir a golpear la puerta de la Casa de Gobierno con la verdad sobre la mesa. No se puede seguir coqueteando con una gestión que parece vivir en una realidad paralela, donde se jactan de equilibrios fiscales logrados sobre la miseria de los trabajadores, que ya no tienen un peso para gastar en el negocio de cercanía.

Plantee el problema de frente: una provincia quebrada no se recupera con marketing, sino devolviéndole poder adquisitivo a la gente.

Si la Cámara de Comercio sigue siendo un apéndice del oficialismo en lugar de ser el escudo del comerciante, lo único que van a gestionar en los próximos meses serán avisos de remate y cierres definitivos de lo poco que queda en pie.

Basta de vueltas: la crisis no espera a que ustedes terminen de acomodar sus internas políticas.