Política

El choque de idiosincracias entre Antofagasta y Perico puede abortar negocios

Es preocupante el estado de anomia que atraviesa la ciudad de Perico. Cuando hablamos de anomia no nos referimos únicamente a un tránsito caótico o a motos circulando sin control bajo ordenanzas que duermen el sueño de los justos desde 1998. Hablamos de un tejido social que se desmorona porque hemos naturalizado el incumplimiento como forma de convivencia.

Lo alarmante es comprobar que el desorden no es un accidente, sino un ecosistema alimentado por la propia gestión municipal. Cuando el Estado no aplica la ley, pavimenta el camino hacia la corrupción estructural. La coima deja de ser un hecho aislado para convertirse en la “moneda de cambio” necesaria para sobrevivir al caos que el mismo Estado genera. Este es el nudo gordiano del problema: un modelo de ciudad que premia la avivada y castiga la norma.

Pero el análisis debe ir más allá de nuestras fronteras. Perico hoy aparece en el radar de capitales extranjeros, particularmente de empresarios chilenos que ven en nuestra ubicación un polo estratégico. Sin embargo, aquí es donde chocan dos mundos, dos idiosincrasias hoy irreconciliables.

Mientras la cultura empresarial chilena construye su prestigio regional e internacional sobre el cumplimiento estricto de la ley y la seguridad jurídica, nosotros exhibimos una carta de identidad marcada por la transgresión. ¿Cómo pretendemos generar confianza si nuestra base es el desgobierno? El inversor no busca solo rentabilidad: busca reglas claras. Y si no somos capaces de hacer cumplir una ordenanza de tránsito, mucho menos podemos ofrecer garantías para una inversión de escala.

Estamos ante un riesgo concreto: que nuestro propio desorden aborte las oportunidades de desarrollo que Perico necesita con urgencia. O reformulamos nuestro contrato social y recuperamos la institucionalidad, o seguiremos viendo cómo el progreso pasa de largo, espantado por un modelo de ciudad que se ha convertido en su propio enemigo. Es momento de decidir si queremos ser una feria del caos o un actor serio dentro del comercio regional.

Es imperioso entender que no estamos frente a un problema menor de tránsito o de veredas ocupadas. Estamos ante un abismo cultural que amenaza con dinamitar cualquier puente de inversión, especialmente con los capitales chilenos que hoy observan nuestra posición estratégica.

El núcleo del conflicto es el choque de idiosincrasias. Mientras en Chile el andamiaje institucional se apoya en la previsibilidad y el rigor reglamentario como sello de exportación, en nuestra ciudad hemos permitido que la informalidad se transforme en una norma constitucional de facto. La cultura del “todo pasa” o del “después vemos” es el mayor repelente para cualquier empresario que busque seguridad jurídica.

Si nuestras instituciones no pueden garantizar el cumplimiento de normativas con décadas de vigencia, estamos enviando un mensaje inequívoco de debilidad sistémica que anula cualquier ventaja competitiva. No se puede invitar a socios que juegan con reglas del siglo XXI mientras nosotros seguimos operando bajo códigos de arbitrariedad.

La confianza no es un sentimiento: es el resultado de un sistema que funciona. Y hoy, en Perico, el sistema está averiado por una complicidad silenciosa entre quien debe controlar y quien se siente habilitado a transgredir.

Si no profesionalizamos la gestión pública y erradicamos esta permisividad que solo engorda el bolsillo del corrupto, el interés chileno no será más que una anécdota de lo que pudo haber sido. Para hacer negocios con el mundo, primero debemos ser capaces de gobernarnos a nosotros mismos, con la ley en la mano.