Diez años de indiferencia en la lucha contra el consumo problemático
La capital de nuestra provincia ha llegado a un punto de crisis que no podemos ignorar. Los datos y testimonios recogidos en recorridas barriales muestran cómo el consumo de drogas en jóvenes de entre 8 y 26 años se ha convertido en una problemática incontrolable.
Lo alarmante es que esta expansión del consumo no es casual, sino resultado directo de la inacción y, en muchos casos, del desgano del Estado en materia de prevención y políticas públicas efectivas.
Durante años, el poder político en Jujuy, en especial el Radicalismo que gobernó durante una década, no abordó con seriedad esta problemática ni asignó recursos adecuados. La prioridad siempre pareció estar en crear negocios y mecanismos de poder, relegando la atención a las personas, que son lo más valioso. Hoy, vemos las consecuencias: un territorio donde la droga se extiende como una mancha de aceite en todos los barrios, dejando huérfanos, familias destruidas y una sensación de impotencia en la comunidad.
Mientras tanto, en los discursos de campaña, especialmente por parte de candidatos oficialistas sin experiencia en estos temas, intentan presentarse como los únicos que lucharán contra las drogas, pero sin ofrecer un plan real ni detalles claros. La realidad es que, tras años de olvidos y recortes en los presupuestos de los ministerios encargados de la prevención y atención a la vulnerabilidad social, esas áreas están prácticamente desmanteladas, haciendo imposible una respuesta efectiva frente a la crisis.
Es momento de que las prioridades cambien: que el Estado asuma su responsabilidad en la protección y cuidado de sus habitantes, invierta en programas preventivos, en educación, en atención a la salud mental y en la recuperación de quienes luchan contra las adicciones.
Ya no podemos seguir permitiendo que la indiferencia sea la principal política pública. Las vidas de los jóvenes, de las familias, están en juego. Necesitamos un compromiso real, un plan de emergencia, educación para prevenir, atención y apoyo para quienes ya están atrapados en las drogas. Solo así, podremos devolverles la esperanza y construir un futuro donde la prioridad sea cuidar a las personas.
La prevención temprana empieza en las escuelas, donde hay que enseñar sobre la salud mental, la autoestima y las habilidades para la vida. Pero eso no basta: necesitamos abrir centros de atención y tratamiento, accesibles y especializados en adicciones, para que los jóvenes que están perdidos puedan recibir ayuda real.
No podemos dejar a los chicos sin opciones, sin redes y sin esperanza.
Los adultos, en familia y en las instituciones educativas, tienen que estar atentos, detectar signos de riesgo y actuar a tiempo. Los jóvenes mismos deben sentirse acompañados, apoyados y con espacios donde puedan salir adelante.
La prevención y la recuperación empiezan con decisión, con recursos y con un compromiso real del estado y la comunidad.
Cuando hablamos de la problemática del consumo de drogas en nuestros jóvenes, no podemos olvidar que la seguridad en las calles, el rol de la escuela y el entorno familiar son pilares fundamentales para brindarles contención y esperanza.
Primero, la seguridad en las calles. Cuando los jóvenes sienten que están protegidos y que su entorno es ordenado, disminuyen las chances de caer en el delito o en el consumo como una forma de rescatarse de la inseguridad.
Luego, está la escuela, que debe ser mucho más que un lugar para aprender letras y números. La escuela tiene que ser un espacio de inclusión, de apoyo emocional y de prevención. Un docente que escucha, un programa que trabaja las habilidades sociales y la orientación vocacional son herramientas clave para que los chicos encuentren un propósito y puedan alejarse de las drogas.
El hábitat familiar: en el hogar se siembra la base del bienestar. Padres, madres, tíos y toda la familia deben acompañar, cuidar, y en muchos casos, reeducar con paciencia y amor. Un ambiente familiar estable, con límites claros y comunicación abierta, puede marcar la diferencia para que los jóvenes se sientan queridos y valorados, y puedan resistir las tentaciones.
Estos tres elementos no son independientes, deben trabajar en conjunto formando un diagrama de protección, que cubra a nuestros jóvenes y les ofrezca una salida real del problema del consumo. Porque, al final, recuperar y proteger a los jóvenes jujeños es asegurar el futuro.