Deportes | Deportes |

Delfo Cabrera: una de las 50 glorias del deporte olímpico

Delfo Cabrera, el legendario atleta argentino quien siguió los pasos de Juan Carlos Zabala, conseguía por segunda vez el oro olímpico en la prueba más dura y difícil del atletismo: los 42,125 km. Esto sucedió el 7 de agosto de 1948 en Londres.

Cuando a los 13 años, el argentino Delfo Cabrera se enteró de que su compatriota e ídolo Juan Carlos Zabala ganaba la Maratón en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932, supo a qué iba a dedicar su vida.

“Yo también puedo”, se dijo a sí mismo, en su humilde casa del pequeño pueblo de Armstrong, en Santa Fe. Y puso en marcha su sueño.

Al año siguiente debutó en el atletismo ante su gente, en la “Vuelta de Armstrong”, donde salió segundo. Para 1938 ya había participado en numerosas carreras de fondo, y en una reunión realizada en Rosario conoció a Francisco Mura (preparador de los atletas de San Lorenzo), quien lo invitó a viajar a la Capital Federal.

En 1941 y 1942 fue campeón nacional en 3.000 y 5.000 metros. Un año después, en una competencia en Montevideo, conoció a un oficial del Cuerpo de Bomberos de Buenos Aires, quien lo recomendó para que se entrenara allí y formase parte del Cuerpo Activo. En 1946 fue campeón nacional en 10.000 metros y un año más tarde se consagró subcampeón nacional y sudamericano en 10.000 metros.

Cuando llegó la etapa de clasificación para formar parte de la delegación argentina que viajaría a los Juegos Olímpicos de Londres de 1948, Cabrera sufrió un accidente. Pero sus antecedentes, y un guiño del destino, aseguraron su inclusión. Delfo, que nunca en su vida había corrido 42 kilómetros, tenía otras preocupaciones más inmediatas. Por ejemplo, el viaje.

La delegación argentina debía realizar una travesía de 21 días hasta Cannes. Luego, subirse a un tren para cruzar Francia, y tomar otro barco para llegar a Londres. No existía el túnel subfluvial del Canal de la Mancha, y los vuelos en avión no eran frecuentes, consecuencia de lo que había sido la II Guerra Mundial finalizada en 1945.

Cabrera estaba preocupado por saber cómo se adaptaría a entrenarse todos los días en la cubierta del barco, para no perder su condición física. Tampoco nadie le garantizaba que la alimentación sería la adecuada. Y para colmo, el descanso distaba de ser el ideal: los deportes más “pobres”, como el atletismo y el boxeo, fueron derivados a dormir en el piso de abajo de la embarcación, mientras que las 11 mujeres y las disciplinas de la clase alta viajaron en Primera. Y por último, otro “detalle”: cuidar como oro los 750 pesos que habían recolectado sus compañeros del cuartel de bomberos.

En esas condiciones, Cabrera llegó a Londres, una ciudad devastada por la Guerra. A la hora de racionar la comida, no había distinciones. Y encima, como nadie sabía dónde iba a alojarse, Delfo terminó durmiendo durante los primeros días en suelo inglés en edificios del Ejército.

A pesar de la nula experiencia de Cabrera en la distancia emblemática de los Juegos Olímpicos, Francisco Mura, su entrenador, confiaba en sus condiciones. Y llegó el 7 de agosto de 1948. Por esos caprichos del destino, exactamente 16 años después de la hazaña de Zabalita en Los Ángeles. En la salida del estadio de Wembley, Cabrera estaba entre los últimos. Después, de a poco, fue avanzando.

“Algo más de veinte kilómetros se habían recorrido cuando vimos que Delfo Cabrera, el bombero de la Capital, empezaba a apurar el paso y pasaba gente como si fuesen postes. Tuvimos entonces la primera sensación, la idea diríamos, de que el argentino con el número 233 venía más entero que todos los demás. ¿Y si ganara?”, escribió el periodista Félix Frascara en la revista El Gráfico del 20 de agosto de 1948.

Cuando los corredores volvieron al estadio para cerrar la competencia, por la misma puerta por donde el día de la inauguración habían entrado los reyes, apareció el belga Ettiene Gailly, con su casaca roja y azul. Era el líder, pero se lo veía arruinado físicamente. Sus piernas temblaban, no sabía para dónde mirar y había perdido casi por completo su sentido de la orientación.

Poco tiempo después, el estadio rugió. Un segundo atleta entraba a la pista a completar los últimos metros. Se lo veía fuerte y entero, pese al esfuerzo. “¡Es Cabrera! ¡Es un argentino! Enseguida lo pasó al belga, dio una vuelta completa a la pista y vino hacia nosotros por la recta. Funcionó la cámara cinematográfica. El pecho de Cabrera tomó el hilo de llegada justo entre las dos franjas celestes de la camiseta. Habían pasado 2 horas, 34 minutos, 51 segundos y 6 décimas desde la largada”, describió Frascara para El Gráfico.

“Hice como siempre. Corrí de atrás, ocupándome más de mí que de ellos. Faltando cinco mil metros me coloqué primero. Aquí, al entrar al estadio, el belga apuró el paso y se me fue unos metros. Pero yo sabía que la carrera era mía...”, declaró Delfo, aún con aire, poco después de la proeza. Según el cartel electrónico, “Delfio Cabrora” era el ganador de la prueba. La emoción del argentino pudo más que los errores ortográficos. Lo había logrado.

Fuente: 50 glorias del deporte olímpico - Pablo Lisotto

Por Sergio Tolaba, academista olímpico (Especial para Jujuy al Momento)

Temas

Dejá tu comentario