De la gloria de los dioses a la gloria de los hombres (Parte I)
El cultivo gimnástico del cuerpo en la antigua Grecia resultaba complementario de aquella actividad preponderante: el buen atleta podía ser un buen guerrero.
Dioses, héroes, atletas triunfantes, tres graduaciones de seres concernientes a tres ámbitos singulares denotando una jerarquía descendente del Olimpo a las Polis, de los campos de batalla a los páramos causales de alguna gesta heroica, al agón. Unificados por la areté que se transmite por sangre y filiación ideal, cantada por vates como Pindaro, quien compone versos laudatorios a los atletas vencedores en la confluencia propia de la aristocracia helena; pues un ideal semejante, un arquetipo de poder, el honor por la gloria los anima e inspira y convoca a emprender viriles hazañas.
En función de este ideal arquetípico los Juegos Olímpicos reproducen en el plano humano la gloria de los dioses y de los semidioses, héroes ellos mismos, gestores de grandes proezas dignas de ser veneradas. Con lo que la gesta olímpica venía a ser un acto propicio de conmemoración, reverencia y ofrenda a dioses y héroes, dándose un sentido evolutivo de los juegos que implica una degradación que pasa a manifestarse con el paso del tiempo y la pérdida de los valores arquetípicos.
Del siglo -VIII al -VII las transformaciones sociales que afectan a Grecia se reflejan en las competencias. Una evolución degradante que se da de manera paralela al deterioro que sufre la imagen histórica de Esparta. La Esparta de los tiempos heroicos del siglo VII no era un Estado cerrado y bloqueado en el desarrollo artístico, sino que en su seno se lograba combinar el equilibrio requerido de lo somático con lo espiritual, lo estrictamente bélico con lo artístico y deportivo.
El mismo vate inspirador del espíritu guerrero de los lacedemonios, Tirteo, aun y cuando, acorde con los intereses políticos da una mayor preponderancia a las actividades bélicas, evidenciando que el cultivo gimnástico del cuerpo resultaba complementario de aquella actividad preponderante: el buen atleta podía ser un buen guerrero. De ahí el que no sea de extrañar que entre los siglos -VII y -VI los espartanos descollaran en las justas deportivas, tal y como lo indican las listas de los vencedores olímpicos.
Ocurriendo que la diacronía acontecida con los Juegos, sufrió una evolución que comenzaría por otorgar mayor preponderancia a los aspectos religiosos hasta llegar a una etapa en la cual la pasión por las competencias deportivas predominaba. Las crisis urbanas del siglo -VI se hacen sentir en todos los ámbitos de la cultura helena, por lo que los juegos religioso-deportivos no escapan a sus efectos, a la manera de una disociación entre la cultura física y la espiritual, dándose paso a la competencias meramente atléticas en las que lo importante es competir para ganar y acumular bienes materiales, prestigio y honra.
El poeta-filósofo Jenófanes da cuenta de ello; el ideal caballeresco presente en las Olimpiadas originales se va tornando en profesionalismo conforme la aristocracia entra en crisis para ser suplantada por una ‘nobleza’ advenediza de corte mercantil y así timocrática. Con tales características el deporte resulta despreciable para la aguda crítica filosófica, Jenófanes (C.-570/-470), aun y viviendo antes que Píndaro (-518/-446), no aprecia las justas olímpicas, no encuentra en ellas ya el honor manifiesto, sino la enajenación abrumante.
Bien es cierto que el ‘espíritu olímpico’ deviene del ‘espíritu aristocrático’, de la nobleza del noble, en el auténtico significado del término, propio de cuando ser noble equivalía a ser aristócrata con probidad y no sólo por poder impositivo; aludiendo a que el sacrificio del héroe es propio del aristócrata, puesto que como ser íntegro no teme enfrentar los peligros, de ahí el que de la guerra a las justas en el agón se trate en un principio tan solo de una diferencia gradual, para cuando las competencias deportivas comienzan siendo propias de los aristos, ocurriendo que con los Juegos Olímpicos y la evolución política de las polis estas prácticas se expanden y popularizan.
Por Sergio Tolaba, academista olímpico (Especial para Jujuy al Momento)

