Política

Bullying: ¿la solución en las escuelas o en el Estado?

En tiempos de crisis y complejidad como los que transitamos, es evidente que la velocidad y la respuesta de las instituciones tradicionales muchas veces se ven superadas, dejando a muchos funcionarios y funcionarias en un estado de inmovilidad o confusión.

La violencia estructural, agravada por una crisis multidimensional, ha puesto a nuestra dirigencia ante un desafío mayúsculo, dejando en evidencia la necesidad de nuevos actores sociales que surjan con sentido común y una genuina vocación por resolver los problemas cotidianos.

Un ejemplo inspirador de esto es el trabajo que realiza el Bachillerato N° 2, un establecimiento que ha asumido un compromiso profundo con la problemática de la violencia y el acoso escolar. De manera innovadora y desde la sensibilidad, sus docentes y directivos decidieron involucrarse en la historia de vida de cada alumno y así, han logrado crear un espacio de contención y solidaridad. La publicación de un libro, que relata la historia de un estudiante que sufrió bullying por discapacidad en otra escuela, y que encontró en esa comunidad educativa un abrazo solidario, demuestra que el trabajo basado en el escuchar, en el entender y en la empatía, puede marcar un cambio real en la vida de los jóvenes.

Este compromiso, que no responde a la currícula oficial, se sostiene en principios de contención y solidaridad, y pone en evidencia la importancia de que la educación sea también un acto de sensibilidad y atención emocional. Sin embargo, resulta incomprensible que leyes diseñadas para promover la educación emocional y la atención a la salud mental no se apliquen en los momentos en los que más se necesitan, evidenciando una desconexión entre las políticas y la práctica real en los establecimientos.

Lo ocurrido en Tilcara hace pocas semanas, donde una niña fue víctima de bullying, y que incluso sufrió internación por el impacto emocional, demuestra que la acción del estado todavía no alcanza, en muchos casos, a responder con la rapidez y la eficacia que la situación requiere. La delegación enviada desde el Ministerio de Educación, que solo permaneció unas horas y cuyo regreso aún no tiene un propósito claro, refleja la típica inacción que no ayuda a solucionar ni a prevenir estas problemáticas.

Por eso, es fundamental que reforcemos el compromiso con la educación emocional, que entendamos que la actitud de las instituciones y los gobiernos debe estar a la altura de las necesidades urgentes de nuestros niños y jóvenes. Solo con acciones concretas, escucha activa y políticas efectivas, podremos avanzar hacia una sociedad más solidaria y menos violenta.

Es hora de que las leyes se traduzcan en acciones reales, porque detrás de cada caso, de cada historia de vulnerabilidad, hay una oportunidad de construir un futuro distinto.

Está más que claro que la solución a los problemas de violencia en nuestras comunidades educativas no pasa solo por las leyes y los discursos institucionales, sino, fundamentalmente, por escuchar a quienes conviven día a día con esos desafíos: los docentes quienes trabajan en los territorios.

En el caso del colegio Bachillerato N°2, radicado en un sector considerado zona roja por su historia marcada por el paso de la droga, los profesores y la comunidad educativa lograron algo que, en muchos otros ámbitos, parece imposible: crear un sistema de contención reconocido y premiado, basado en la vocación, compromiso y experiencia de quienes trabajan en la primera línea. Sin recursos adicionales, sin profesionales especializados, lograron contener la violencia, ofrecer un espacio de respeto y cuidado, y transformar un contexto adverso en una oportunidad de crecimiento humano y social.

Simultáneamente, vemos al ministerio de educación con todo su presupuesto, su aparato burocrático y su estructura, que en lugar de potenciar esas acciones en el territorio, solo envía delegaciones “de veedores” a lugares como Tilcara para hacerle seguimiento sin un plan efectivo ni compromisos firmes. Esa diferencia nos revela algo brutal: la verdadera solución está en nuestras escuelas y en quienes trabajan en ellas, en sus manos, en su mirada, en su experiencia. Son ellos quienes saben qué se necesita, cómo apoyar a los alumnos y cómo transformar realidades.

Y eso nos lleva a una conclusión fundamental: si queremos solucionar los problemas gravísimos que nos aquejan, no podemos seguir esperando en la burocracia ni en las promesas vacías desde los despachos. La respuesta está en los otros, en los docentes, en los equipos que están en el territorio, porque ellos sí saben qué hay que hacer. La clave está en escuchar, en valorar y en apoyar esas iniciativas que surgen desde abajo, porque ahí está la verdadera fuerza transformadora.

En definitiva, pareciera que todo está patas “arriba” ya que la solución a estos desafíos enormes está en las escuelas, en quienes las habitan, y el problema en el estado o en los ministerios, que todavía no logran entender que la respuesta no está solo en las reuniones interminables que no resuelven nada. sino en el compromiso concreto con cada comunidad y con cada niño y niña que necesita ayuda y acompañamiento real.