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Ajustar en salud sin planificar rompe la cadena de insumos críticos

En el Hospital Paterson de San Pedro, la falta de planificación y la ausencia de personal médico dejaron a pacientes, incluso mujeres con partos inminentes, sin atención. La precariedad en la salud pública de Jujuy expone fallas graves en urgencias y deriva la responsabilidad hacia los ciudadanos, mientras la comisión de salud de la legislatura permanece silenciosa ante el colapso del sistema.

Una señora embarazada de 38 semanas denunció la falta de guardia ginecológica y obstétrica en el Hospital Paterson de San Pedro de Jujuy, adonde acudió con dolores de parto y no recibió atención especializada. Ante la ausencia de médicos y el temor por su salud y la de su bebé, debió trasladarse por sus propios medios al Hospital Materno Infantil de la ciudad capital, donde también arribaron otras pacientes derivadas desde San Pedro con la misma problemática. La verdad, es un delirio que esto ocurra en el hospital más importante de la segunda ciudad de la provincia.

La gravedad del tema es evidente: el ajuste en salud cuando se hace a ciegas, sin un mapa ni una brújula, trae estas consecuencias. Cuando hablamos de “recortar” en un Excel parece algo frío, pero cuando aterriza en el mundo real, y específicamente en las emergencias médicas, lo que tenemos es una receta para el desastre.

La falta de planificación en el área de urgencias no es solo un bache administrativo; es el colapso del último refugio que tiene el ciudadano. La primera consecuencia, y la más dramática, es el estiramiento de los tiempos de respuesta. En una emergencia, cada segundo cuenta: tejido cerebral o cardíaco que se pierde. Reducir dotaciones de ambulancias o personal de guardia sin un análisis previo es, en la práctica, rifar vidas en el trayecto al hospital.

Pero la cosa no queda ahí. Cuando los recursos escasean de forma desordenada, se produce un efecto dominó: las guardias se saturan de casos que no son urgentes pero que no tienen adónde ir, porque el sistema primario también está ajustado. El médico de emergencias, que debería atender un código rojo, termina desbordado y bajo un estrés que conduce al agotamiento crónico.

Esto genera una caída estrepitosa en la calidad de la atención y un aumento peligroso en el margen de error humano. Además, un ajuste sin planificación rompe la cadena de suministros críticos; de nada sirve tener al mejor cirujano de guardia si no hay insumos básicos o si el tomógrafo se rompe y no hay presupuesto para mantenimiento preventivo porque se consideró un “gasto”. Al final, lo que vemos es una transferencia del costo hacia el paciente y hacia el trabajador, donde la eficiencia que se busca en los papeles se convierte en ineficiencia trágica en la calle, transformando la emergencia en un embudo donde la vida queda contra las cuerdas.

El hospital público no es una dádiva ni un regalo del gobierno de turno; es el brazo ejecutor de un derecho humano fundamental, financiado con los impuestos de cada jujeño. Cuando en San Pedro, en un gigante como el Hospital Paterson, la respuesta ante una emergencia es el vacío, no estamos ante un simple “problema de gestión”, estamos ante una fractura del contrato social.

Desde un sentido crítico, la figura de abandono de persona —más allá de la tipificación penal técnica que requiere la desprotección física de alguien incapaz de valerse por sí mismo— se traduce aquí en una “omisión de auxilio institucionalizada”. El Estado tiene el deber de garante; si un paciente llega con un cuadro complejo y se encuentra sin especialistas, insumos o un sistema de derivación funcional, el Estado no solo falla, está vulnerando la ley.

No se puede hablar de “escasez de recursos” como excusa eterna cuando la vida está en juego, porque la falta de planificación y el desvío de prioridades presupuestarias terminan dejando al ciudadano a la buena de Dios. Es indignante que en la segunda ciudad más importante de la provincia el hospital de cabecera no pueda contener una emergencia, obligando a las familias a peregrinar hacia la capital mientras el tiempo, recurso vital en medicina, se les escurre entre los dedos.

Esto es, lisa y llanamente, desidia que roza lo criminal. Cuando el sistema te cierra la puerta en el momento más vulnerable, lo que hace es decir que tu salud no tiene valor, y ahí es donde la justicia debería intervenir para recordarle a los funcionarios que su primera obligación es proteger la integridad de las personas, no administrar la precariedad.

La comisión de salud de la legislatura no está para tomar café o ser una escribanía del poder ejecutivo; su función republicana es ser contrapeso y ojo vigilante de lo que pasa en hospitales como el Paterson. Mirar para otro lado cuando la gente clama por atención en San Pedro no es solo una falta de ética: es incumplimiento de los deberes de funcionario público. En cualquier sistema democrático saludable, lo que corresponde es la interpelación inmediata del ministro de Salud, no para un show político, sino para que rinda cuentas sobre dónde están los recursos que los jujeños aportan y por qué la planificación brilla por su ausencia.

Un gobierno jamás puede especular entre la vida y la muerte bajo el pretexto de la “austeridad”, porque la salud es la base de todo: sin vida no hay educación, no hay trabajo, no hay provincia posible. Priorizar lo humano sobre lo financiero significa reasignar presupuestos urgentes cuando falta un médico en una guardia crítica. La especulación política con los tiempos de la emergencia médica es un juego macabro que termina en tragedias evitables, y los legisladores deben dejar de ser espectadores y empezar a ser representantes reales del pueblo desamparado.

El sentido común dicta que la salud es la frontera que un Estado nunca puede retroceder. Si la comisión de salud no exige respuestas claras ante el colapso, está dando la espalda a su razón de ser, permitiendo que la burocracia le gane a la supervivencia de los ciudadanos.

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