El agua: una crisis que desafía nuestra supervivencia
Las naciones, impulsadas por ambiciones de desarrollo económico y geopolítico, han obstaculizado la gestión adecuada de este recurso vital. La destrucción de fuentes, el aumento de la demanda debido al crecimiento demográfico, industrial y agrícola, así como la deforestación y contaminación de nuestras aguas dulces, han convertido el acceso a este elemento fundamental en una fuente de poder y un punto de discordia, desencadenando graves conflictos y crisis globales debido a su escasez. El agua, además de sus consideraciones más evidentes, como estabilizador de la Tierra y disolvente universal, desempeña un papel vital al controlar los climas y purificar la atmósfera de partículas. Es el medio por el cual las plantas absorben nutrientes y, sin duda, el indicador más importante de la salud pública de una población.
Según datos revelados por la Comisión Mundial del Agua, existen tres posibles escenarios de crisis provocados por este recurso. En el primero, se predice un desarrollo mundial positivo acompañado de un incremento en la demanda de agua debido al crecimiento poblacional. Sin embargo, hacia el sistema hídrico se volverá cada vez más vulnerable debido a la escasez y contaminación de este recurso. El segundo escenario se relaciona con el factor económico y el desarrollo de tecnologías aplicadas al sector hídrico, así como la difusión y aplicación de tecnologías que ayudarán a solucionar problemas de salud y seguridad alimentaria, entre otros. El último escenario se centra en la recuperación de valores humanos, el fortalecimiento de la cooperación internacional, la educación sobre el agua y un aumento en la solidaridad, con cambios en los comportamientos y estilos de vida de las personas en todo el planeta. Por tanto, en el siglo XXI, la problemática hídrica se convertirá en un punto prioritario en la agenda social y económica de cada gobierno.
Es por estas razones, y en base a las directrices de las políticas para la protección del agua, los problemas asociados a ella y las razones por las cuales se considera que el agua será un recurso estratégico en el siglo XXI. Finalmente, la posición que tienen las compañías multinacionales con respecto al manejo de este recurso vital como un elemento de vida y bien común necesario para la supervivencia de nuestro planeta Tierra.
¿Cómo es posible que el Fondo Monetario Internacional (FMI), a través de las multinacionales, esté obligando a los países menos desarrollados a privatizar el agua para luego venderla? Esta idea convierte al agua en una mercancía estratégica para la economía mundial, impidiendo que se la vea como un bien común que no debe estar monopolizado por ningún poder.
La Tierra no posee más agua de la que tenía hace 2.000 años, cuando su población representaba apenas un 3% de la actual. La creciente demanda de agua para la agricultura, la industria y el consumo doméstico ha generado una feroz competencia por este escaso recurso hídrico. Si bien el 70% de la superficie terrestre está cubierta por agua, la mayor parte de ella es oceánica, y solo el 3% es agua dulce, siendo solo el 1% de esta agua dulce superficial fácilmente accesible, presente en lagos, ríos y a poca profundidad en el suelo. Es esta frágil porción de agua la que se renueva habitualmente.
Se estima que a nivel global, cada persona dispone de 9.000 m3 de agua al año, pero para el año 2025, esta disponibilidad podría reducirse a 5.100 m3 por persona al año. Sin embargo, esta agua dulce disponible no se distribuye equitativamente en el mundo, ni en la misma cantidad durante todas las estaciones. Varía de un año a otro, no se encuentra en todas las regiones donde se necesita y, paradójicamente, a veces tenemos demasiada agua en lugares innecesarios y en momentos inoportunos.
Tres cuartas partes de las precipitaciones anuales caen en zonas que albergan menos de un tercio de la población mundial. Por ejemplo, el 20% de la escorrentía media mundial por año corresponde a la cuenca amazónica, que alberga a menos de 10 millones de habitantes. Al analizar la relación entre la población y la disponibilidad de agua, se puede observar cómo Europa posee el 13% de la población mundial, pero solo cuenta con el 8% del recurso hídrico; Asia, por su parte, alberga el 60% de la población mundial y solo posee el 36% del agua dulce. Mientras tanto, Norteamérica cuenta con la mayor cantidad de agua dulce disponible, con más de 19.000 m3 por persona al año, mientras que Asia apenas alcanza los 4.700 m3 por persona al año. Las Américas, en su conjunto, representan el 14% de la población mundial y disfrutan del 41% de este recurso. América del Sur, a su vez, posee el 26% de esa cifra. Colombia, en particular, ocupa uno de los lugares más altos del mundo en cuanto a disponibilidad de agua dulce, con una población proyectada de 42.887.162 habitantes para el año 2005. Esta población podría ser abastecida de manera adecuada con el agua disponible en la actualidad, siempre y cuando se implemente un uso y manejo sostenible a largo plazo por parte de los gobiernos y la población en general, para el beneficio de las generaciones actuales y futuras del país.
Se estima que para el año 2030, se necesitarán 4.400.000 m3 de agua al año en el mundo, mientras que actualmente se consumen 3.200.000 m3. La competencia por el agua entre la agricultura, la industria y el suministro a las ciudades está limitando el desarrollo económico de muchos países en vías de desarrollo. A medida que la población aumente y la economía crezca, la competencia por esta oferta limitada de agua se intensificará y los conflictos entre los distintos usuarios se agravarán.
La crisis del agua es una realidad inminente que amenaza nuestra supervivencia y exige una acción inmediata y concertada por parte de la comunidad global. Es fundamental que se reconozca el valor del agua como un bien común que debe ser protegido y gestionado de manera sostenible. La privatización y la mercantilización del agua solo conducen a una mayor desigualdad y a una explotación injusta de este recurso esencial para la vida. Es responsabilidad de los gobiernos, las organizaciones internacionales y cada individuo asumir un compromiso serio en la conservación y el uso responsable del agua. Solo a través de la cooperación, la educación y un cambio de mentalidad podremos enfrentar esta crisis hídrica y asegurar un futuro en el que el acceso al agua sea un derecho universal garantizado para todos.
En este desafío, nos jugamos nuestra supervivencia y la de las generaciones venideras. No podemos permitir que el agua, fuente de vida y sustento de nuestra existencia, se convierta en una moneda de cambio en manos de aquellos que buscan el beneficio económico sin considerar las consecuencias. El agua es un tesoro común que debemos proteger y compartir, porque solo así podremos garantizar un futuro sostenible y próspero para todos.