Sadir debió haber sido invitado, antes que a exponer sobre federalismo, a escuchar y aprender qué significa vivir en un país verdaderamente federal, porque conduce una provincia profundamente unitaria, sometida a una lógica de poder que reconoce como principal referencia a Gerardo Morales, el verdadero tutor político de su gobierno.
Un impostor en un seminario sobre federalismo en el senado nacional
La invitación a Carlos Sadir para participar del seminario País Federal, organizado por la Fundación Universitaria de La Plata, junto a jóvenes que forman parte del evento, plantea una contradicción difícil de disimular.
Resulta llamativo, por eso, el nivel de desconocimiento de una fundación universitaria sobre la realidad política e institucional del noroeste argentino. En Jujuy, el federalismo parece una consigna vacía cuando no hay una distribución equitativa de los recursos, cuando se cuestiona la independencia de los poderes, cuando los controles democráticos sobre la gestión gubernamental resultan insuficientes y cuando el poder político pretende subordinar a quienes deberían ejercerlo con autonomía. Tampoco existen antecedentes significativos de una política impulsada por Sadir para promover un debate genuino sobre el federalismo en la provincia.
Lo que sí vemos son encuentros con jóvenes militantes en los que se promueve una concepción de la política más cercana al disciplinamiento que a la formación democrática: intendentes condicionados, causas judiciales que generan controversia, cuestionamientos a la posibilidad de interpelar a ministros que confrontan con Morales y una gestión de gobierno cuya calidad y resultados merecen un debate público que el oficialismo parece preferir evitar. De todo eso, Sadir no habla.
Su habilidad consiste en disimular esas contradicciones detrás de un discurso institucional que intenta proyectar una imagen muy distinta de la realidad jujeña. Lo verdaderamente preocupante es que se utilice la buena fe de jóvenes que creen en el federalismo como herramienta para terminar con las asimetrías y desigualdades entre el norte, el centro y el sur de la Argentina. Jóvenes que merecen conocer la realidad, debatir con libertad y escuchar voces diversas, no convertirse en espectadores de una puesta en escena política.
No se puede hablar de federalismo mientras se concentra el poder, se debilitan los controles y se confunde la obediencia partidaria con la democracia, y mucho menos se puede utilizar el Senado de la Nación como escenario para semejante contradicción: presentar como referentes del federalismo a dirigentes cuya práctica política es señalada precisamente por reproducir un esquema de poder centralizado y verticalista. A esta altura, la pregunta es inevitable: ¿En qué país vivimos? ¿En el país de la hipocresía política o en el de la ignorancia sobre nuestra propia realidad institucional? Quizás el problema sea una combinación de ambas.
Lo que no admite discusión es que el federalismo no se declama en un seminario: se demuestra con hechos, con autonomía provincial, con división de poderes, con controles democráticos y con una distribución justa de los recursos. Todo lo demás es discurso. Y cuando ese discurso se utiliza para encubrir prácticas contrarias a los valores que dice defender, deja de ser una defensa del federalismo para convertirse en una puesta en escena de la hipocresía política.
La hipocresía política deslegitima cualquier iniciativa que se impulse en nombre de la democracia, porque no se puede defender públicamente el federalismo, la transparencia y la participación ciudadana mientras se ignoran las contradicciones entre esos principios y las prácticas concretas del poder. Lo verdaderamente preocupante es cuando los jóvenes, que representan el futuro de nuestra sociedad, se involucran en estas actividades sin estar debidamente informados sobre la realidad política e institucional que los rodea.
La participación juvenil es indispensable para fortalecer la democracia, pero debe sustentarse en el pensamiento crítico, el acceso a información plural y la libertad de cuestionar a quienes ejercen el poder. Los jóvenes no pueden convertirse en espectadores de discursos cuidadosamente elaborados ni en instrumentos de legitimación de dirigentes cuyas prácticas merecen ser examinadas; por el contrario, deben contar con herramientas para distinguir entre las palabras y los hechos, entre la defensa genuina del federalismo y su utilización como consigna política.
Una democracia sólida no teme al debate ni a las preguntas incómodas: las promueve. Por eso, quienes organizan encuentros destinados a formar a las nuevas generaciones tienen la responsabilidad de garantizar el pluralismo, ofrecer información contextualizada y propiciar un intercambio abierto de ideas.
El futuro no se construye con adhesiones acríticas ni con discursos que ocultan las contradicciones del presente, sino con jóvenes informados, libres y capaces de exigir coherencia a sus representantes.
El federalismo, la democracia y la participación juvenil no pueden ser simples enunciados en un seminario.

