Jujuy | Tiroteo

Un policía federal y una reacción demencial

El relato del fiscal indica que el suboficial Julio Bravo se encontraba enajenado por los efectos del alcohol el viernes a la madrugada; fue demorado por conducir intoxicado y chocar. Cuando era trasladado, sin motivo alguno, le tiró a matar al chofer del patrullero.

El viernes 7 de julio amaneció con una noticia que dejó incrédula a buena parte de la sociedad. 

En un arrebato de locura, un suboficial de la policía federal le pegó un balazo en el cuello a un camarada suyo, perteneciente a otra fuerza, la policía de la provincia. Este último estaba trabajando, de servicio en un operativo nocturno. El primero, venia de una noche de alcohol descontrolada. 

15 horas después del episodio, el fiscal que intervino en la causa, Aldo Lozano, brindó un detallado relato de la secuencia que terminó con el agente Moisés Lima, un joven integrante de la policía de la provincia, agonizando en el hospital Pablo Soria, aferrado al hilo de vida que le queda tras una operación. 

La reconstrucción de Lozano dio paso a la siguiente crónica. 

El primer incidente se produjo a las 5.45 am. Julio Bravo, suboficial de la policía federal llegó hasta el kilómetro 3 de la ruta 9, en la conocida zona de boliches de Alto Comedero, conduciendo un Peugeot 208 de color negro, junto a un compañero, el suboficial Alejandro Mora. 

Debido a su estado de embriaguez, impactó con un patrullero de la policía de la provincia, en el intento de realizar una maniobra que tenía como objetivo evadir el control de alcoholemia que se apostaba metros más adelante. 

Su intención de pasar desapercibido salió mal: los dos agentes de la Federal terminaron demorados por el ruidoso choque que provocaron. 

El nivel de alcohol en sangre registrado por el alcotest da cuenta del estado que presentaban. Bravo dio como resultado 2.5 gramos de alcohol por litro de sangre tras soplar la pipeta, Mora 1.2. El máximo permitido para conducir es 0.5. 

Hasta ahí, se trataba sólo de un incidente, grave, por la irresponsabilidad de dos uniformados que no demostraban estar a la altura de la institución que representan, aunque no estuvieran prestando servicio. 

Lo que pasó después raya lo demencial. 

El jefe del operativo dispuso que los protagonistas del – hasta ese momento – incidente vial, sean trasladados a la comisaría N° 62 de Sargento Cabral, desde donde fueron derivados a la central de policía para ser revisados por el cuerpo de medicina legal. 

Por una llamativa orden cuyo emisor todavía no fue identificado, los integrantes de la policía federal no fueron palpados ni requisados. Subieron al patrullero sin esposas, con sus manos libres. ¿Gesto de camaradería?

Cuando regresaban de la comisaría, en el ingreso al barrio Sargento Cabral se desató la locura. Sin mediar palabra ni discusión alguna, el suboficial Bravo sacó de sus prendas una pistola 9 milímetros, le apuntó a la cabeza al cabo Lima, que se encontraba manejando el patrullero sin percatarse del ataque, y abrió fuego sin contemplación. 

La reja que separa los habitáculos del móvil policial hizo que el proyectil se desintegrara antes de impactar en el cráneo de la víctima, pero una de sus partes ingresó por la nuca al cuello, rozando la mandíbula del infortunado policía provincial. 

Fuera de sí, Bravo siguió disparando. Su compañero de farra esa noche, pese a su estado de ebriedad, no podía concebir lo que estaba ocurriendo, terminó transformándose en un héroe para ese momento al lograr reducir a quien se había convertido en un inesperado homicida que disparaba a sangre fría. 

Fueron en total cuatro disparos. Dos dentro del patrullero y dos fuera de él. En la segunda secuencia, las balas del suboficial Bravo destruyeron la luneta de un automóvil que circulaba atrás del móvil policial donde se desencadenó la tragedia. Sólo por obra de un milagro no hubo más personas heridas.

El protagonista del hecho de sangre fue reducido por su compañero, y por otros integrantes de la policía provincial que corrieron a la zona de fuego. 

Moisés Lima, un joven agente de la policía provincial, se encuentra en estado crítico en la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital Pablo Soria. Fue operado de urgencia en la mañana del viernes, sedado y medicado posteriormente. Su cuadro continúa siendo muy grave. 

Julio Bravo, de 33 años, casado y con hijos, es el único que permanece detenido tras su inexplicable reacción. 

En la extensa caratula de la causa aparece como imputado por “homicidio calificado por alevosía, por la condición de autoridad la víctima y la calidad del autor, en grado de tentativa, en concurso real, con amenazas agravadas por uso de arma, abuso de arma y atentado agravado a la autoridad con uso de arma, y por la calidad de funcionario del autor”. 

Su compañero, el suboficial Mora recuperó la libertad y continúa en el expediente en calidad de testigo. 

Ambos serán exonerados de la policía federal, tras una noche donde la locura se apoderó de ellos.