Su posición no solo genera desconcierto, sino que abre una pregunta incómoda y legítima: ¿quién ejerce realmente la autoridad en el Ministerio de Infraestructura cuando se trata de decisiones que comprometen sumas extraordinarias de dinero público? Si, como se ha denunciado, la obra fue adjudicada directamente a la empresa JUMI sin la intervención efectiva del ministro, la situación exige explicaciones claras, documentadas y convincentes. ¿Cómo se adoptó esa decisión? ¿Quién la impulsó, quién la autorizó y quién asumió la responsabilidad por sus consecuencias? ¿Qué participación tuvieron los organismos competentes y bajo qué fundamentos se resolvió el procedimiento de contratación?
Stanic al margen de travesía urbana, ¿JUMI al ministerio?
La autoridad de un ministro no se mide por el cargo que ocupa, sino por la responsabilidad que está dispuesto a asumir frente a las decisiones que comprometen al Estado y a los recursos de todos los ciudadanos. Por eso resulta difícil comprender la actitud evasiva del ministro de Infraestructura, Carlos Stanic, al despegarse de una obra millonaria como la denominada travesía urbana, cuyo monto rondaría los 100 millones de dólares. ¿Cómo puede un funcionario de esa jerarquía pretender tomar distancia de una obra de semejante envergadura sin que surjan interrogantes sobre el alcance de sus responsabilidades políticas, administrativas e institucionales?
No se trata de formular acusaciones sin pruebas, sino de exigir transparencia frente a hechos que, por su magnitud y trascendencia, no pueden quedar envueltos en el silencio ni en declaraciones que parezcan destinadas a eludir responsabilidades. La ciudadanía tiene derecho a saber si el ministro conduce efectivamente el área que tiene a su cargo o si existen otros actores con capacidad de decisión que terminan imponiendo sus intereses por encima de la estructura institucional del Estado, porque si un ministro se declara ajeno a decisiones centrales de su propia cartera, la cuestión deja de ser una simple controversia administrativa y se convierte en un problema de autoridad política. ¿De qué sirve ocupar el máximo cargo de un ministerio si, ante una obra de semejante dimensión económica, la responsabilidad parece diluirse y nadie ofrece una explicación integral?
La pregunta que se instala en la sociedad es tan grave como inevitable: ¿quién manda realmente, el ministro responsable del área o los sectores empresarios que mantienen vínculos con el poder político?
En este contexto, la relación de la empresa JUMI con el Gobierno y las circunstancias de la adjudicación merecen ser examinadas con absoluta transparencia, sin privilegios ni zonas de inmunidad. Si existieron procedimientos excepcionales, deben explicarse sus fundamentos; si hubo decisiones adoptadas al margen de la intervención ministerial, debe identificarse quién las tomó y con qué atribuciones.
Si el ministro conocía esas decisiones, corresponde que explique cuál fue su participación y qué responsabilidad asumió. Lo que no resulta aceptable es que, frente a una obra pública de esta magnitud, la autoridad se convierta en una figura decorativa y la responsabilidad institucional termine diluyéndose entre declaraciones evasivas. El poder no puede funcionar como un ámbito de protección para intereses particulares, ni la administración pública puede transformarse en un espacio donde las decisiones de mayor trascendencia se adopten sin explicaciones suficientes.
Un ministro tiene la obligación de ejercer sus competencias, controlar los procedimientos que corresponden a su área y responder ante la sociedad por la gestión de los recursos públicos. Si considera que una decisión no pasó por sus manos, debe explicar cómo pudo ocurrir, quién tenía las facultades para adoptarla y qué medidas tomó para garantizar su legalidad y transparencia.
Pretender que esa distancia lo exime de toda responsabilidad política sería desconocer la naturaleza misma de la función ministerial. La autoridad pública no es un privilegio personal ni un título honorífico: es una obligación que exige dar la cara, rendir cuentas y asumir las consecuencias de los actos propios y de las decisiones institucionales que corresponde controlar.
En definitiva, la cuestión de fondo no es solamente quién adjudicó la travesía urbana, sino quién responde por una obra que compromete una suma extraordinaria de dinero público y por las condiciones en que fue contratada. Cuando un ministro se aparta discursivamente de una decisión de semejante relevancia, la sociedad tiene motivos para exigir respuestas.
Los funcionarios son transitorios, pero el dinero comprometido pertenece a la ciudadanía y ninguna relación política, ningún vínculo empresarial ni ninguna conveniencia del poder pueden estar por encima del deber de transparencia, del control público y de la responsabilidad que exige el ejercicio de la función pública.
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