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Londres enmudeció despidiendo a su Reina

El Big Ben marcó las 20 horas sin las tradicionales ocho campanadas.

  • Ni siquiera el reloj más famoso del mundo se atrevió a romper el luto británico impuesto en homenaje a la reina Isabel II.
  • Cuando todos esperaban las ocho campanadas graves, profundas, severas del reloj más famoso del mundo, las campanas no tañeron.

A las exactas veinte horas del domingo 19, la ciudad entera se sumió por dos minutos en el silencio, el último homenaje a la reina Isabel II que también pasaba sus últimas horas en Westminster Hall. Una multitud se había reunido alrededor de ese galpón de piedra construido hace casi mil años y alrededor de la Abadía de Westminster, para esperar cerca de la reina muerta el poder ofrendarle su silencio.

Eran exactas las ocho de la noche porque lo marcaban las agujas del Big Ben. Pero cuando todos esperaban las ocho campanadas graves, profundas, severas del reloj más famoso del mundo, las campanas no tañeron. Los británicos hicieron callar hasta su más preciado símbolo para homenajear a su reina.

Fue un silencio estrepitoso. Cayó, como la noche ya otoñal, pesado y sólido, y se extendió como una ola gigantesca a derecha e izquierda, a lo largo de Parliament Street y casi de cara al Westminster Bridge a la derecha del gran reloj. ¿Cómo retratar el silencio? No voló una mosca, no se oyó una voz, un murmullo, un grito; no hubo toses, estornudos ni espasmos, ni bocinas, ni sirenas; un leve estremecimiento recorrió a la multitud en medio del homenaje, como si un monstruo aletargado hubiese cobrado conciencia de su modorra; sí eran distinguibles, en medio de miles de personas más de diez mil y menos de cincuenta mil, los sobrios clicks de los celulares que registraban ese enorme mar en calma. Dos helicópteros que sobrevolaron la zona toda la tarde, tal vez de la CBC y de Sky News, desaparecieron de las alturas, adonde regresarían terminado el homenaje.

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Algunos de los espectadores inclinaron la cabeza, las manos unidas al frente del cuerpo, tal como los guardias que custodian el ataúd de la reina muerta. Parecían aceptar así el destino que tenían esos ciento veinte segundos de silencio, que aquí llamaron “dos minutos de reflexión”. Ese plazo breve pareció extenderse, como si una mano gigantesca hubiese querido cobijar a tanto británico dolido que apenas si cabía en esas calles amplias, codo a codo, hombro a hombro y sin poder moverse con libertad. Lejos de allí, y no tan lejos, los caminantes se detuvieron en las calles, los autos frenaron donde estaban, sus conductores y sus pasajeros pusieron pie en el asfalto y esperaron en silencio. También se pusieron de pie los centenares de personas que ya a esa hora, y antes, acamparon tras las vallas rigurosas que encierran Parliament Street, instalaron sus tiendas, sus sillas plegables, sus mantas, sus abrigos, sus cervezas, para pasar la noche allí y estar ahora en primera fila para ver pasar el coche fúnebre durante unos pocos segundos.

De pronto, los dos minutos se acabaron y una gigantesca ovación, que empezó tímida, como gotas de lluvia, y creció con potencia de huracán, hizo que el monstruo despertara. Entonces sí, surgieron algunos gritos, algunos vivas, algunos alaridos respetuosos, nada insultante, nada provocativo, nada ofensivo; entonces sí la masa humana se distendió, se aflojó, perdió su pétrea rigidez y se deshizo con una coreografía improvisada; entonces sí, alguien gritó lo que todos esperaban que alguien gritara, “God save the King”, que fue repetido a gritos tres veces por miles de gargantas. Y entonces sí, el reinado de Isabel II llegó a su fin y empezó el de su hijo, Charles III.

La de hace algunas horas fue, de nuevo, la muestra de un comportamiento social fuera de lo común, pero también de una enorme emotividad contenida y hasta recóndita, expresada sin estridencias, sin histerias, sin más afán que ese, el de expresarla. Fue muy curioso. Y fue, también, un momento histórico muy especial.

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Tracey Martin, que acampaba tras las vallas de Parliament Street, cerca del cenotafio que recuerda a los caídos en las guerras británicas y cerca también del mítico 10 de Downing Street, la residencia del primer ministro del reino, lo iba a explicar con gestos amplios y voz cortada por la emoción: “Nosotros sentimos que dio su vida por esta nación; trabajó hasta pocas horas antes de su muerte, nos mantuvo unidos y fuertes en los momentos difíciles. Lo menos que podemos hacer por ella, es estar aquí y decirle adiós mañana, cuando pase por aquí”. Tracey hizo más que lo que va a hacer. Pasó más de diez horas en la larga fila que esperaba ingresar a Westminster Hall, ingresó, se paró frente al ataúd, inclinó su cabeza, salió, dio la gigantesca vuelta que hay que dar, Londres está vallada en esta zona, hasta instalarse en su refugio a la intemperie, extendida la bandera británica sobre el metal de las vallas. “Mi familia ha sido de militares. Mi padre fue marino y viajó por todo el mundo, destinado a África, Estados Unidos, el Caribe. En mi casa era todo ‘la reina’, una gran figura unificadora”.

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Otra familia de militares armó no su carpa, pero sí su estancia; Allison Kemp y su hermano Philip Tucker también pasaron aquí la noche, para ver el coche fúnebre este lunes, terminada la misa de Estado en la Abadía. “Los dos pensamos lo mismo: ver la ceremonia por televisión, no es para nosotros, no significa nada. La reina unió a la nación, fue una persona que siempre transmitió paz y fortaleza. Más allá de lo que implique en los últimos años la familia real y sus andanzas, la reina siempre estuvo por encima de esas cuestiones familiares, creo que siempre pensó en los británicos.” Yo serví a mi nación como militar -dice Tucker- en muchos destinos diferentes; Canadá, Noruega, Italia, Grecia, pero también sentí siempre que servía a mi reina. Creo que nos va a costar trabajo acostumbrarnos a su ausencia”.

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Dos mujeres mexicanas acampan también a la vera de Parliament Street. María García y Verónica Plascencia viven hace más de veinte años en Londres: “Gran parte de nuestra vida adulta la pasamos bajo su reinado. Yo ya me siento una persona de aquí, pero mi admiración hacia ella es por su condición de mujer, más que por la realeza y lo que significa. Gobernó durante setenta años en un mundo exclusivo casi de hombres, unió, y también separó, sin guerras, sin sangre. Deja un legado admirable que ya es superior al de la reina Victoria”.

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Los últimos de la lista: Bárbara Tuma, su hija, Michelle, de cuarenta y dos años y su nieto, McKinley, de once. El chico tiene una pelota de fútbol, le gusta el “soccer” y esta encantado de hablar con argentinos porque cree que se puede contagiar algo del talento de Lionel Messi. No hay que destruir la ilusión de los pequeños. El dato es que ninguno de los tres es británico: “Somos de Oregón, Estados Unidos. Y vinimos exclusivamente para estar aquí y rendir homenaje a la reina: tres generaciones de americanos. ¿Por qué? ¿Por todo? Ha sido una gran mujer, capaz de contener el aluvión del mundo político para mantener la paz de su reino. Es un ejemplo para nuestras democracias”.

La vieja reina fue llevada ahora a la Abadía de Westminster, donde se casó y fue coronada, para el funeral de Estado con más de quinientas invitados: reyes, reinas, presidentes primeros ministros, emperadores, sultanes, príncipes, embajadores. Un cuento de hadas. Al mediodía saldrá de Westminster hacia el Wellington Arch. No es un escenario elegido al azar. Ese monumento, que también es conocido como Arco de la Constitución, se levantó para conmemorar las victorias británicas en las guerras napoleónicas. Pasará entonces frente a los acampantes y a los miles de personas que ya hay reunidas a lo largo del recorrido. Así se despedirá de Londres la reina muerta.

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Luego, a la una y diez, su ataúd dejará el arnés militar que también cargó el cuerpo de Winston Churchill y será colocado en el coche que la llevará a Windsor, su castillo preferido, su lugar en el mundo. Habrá otra misa, esta vez en la capilla de San Jorge y, en una ceremonia privada prevista para las ocho y media de la noche, será enterrada junto a su esposo, el príncipe Felipe de Edimburgo. Su lápida de mármol será breve y precisa: “Elizabeth II – 1926-2022″.

Entonces, la reina descansará por fin en el silencio final. Un remedo eterno del que la despidió anoche, frente al Big Ben mudo.

FUENTE: Infobae

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