Un duro testimonio
Le costó mucho comenzar a declarar ya que la emoción se apoderó de su voz en reiteradas oportunidades. Al principio puso de manifiesto su necesidad de expresarse más allá del relato de los acontecimientos. Fueron muchos años de guardar sentimientos y esperar esta oportunidad.
Antes de ofrecer su testimonio, Mercedes Salazar dijo:
“Este juicio es histórico para la provincia. Es el final y el comienzo. Pero hay una historia antes, con las luchas que comenzaron nuestras familias desde el momento en que fuimos detenidos. De otra manera este juicio se hubiera seguido demorando. Esta lucha no ha sido fácil para nadie. No siempre hemos sido escuchados”. En ese momento la mujer se quebró y hubo que esperar unos momentos para que pudiera seguir.
“Mis hijos crecieron en silencio; yo casi no hablaba. Las puertas y cortinas estaban cerradas. En la escuela fueron discriminados. Eran hijos “de una guerrillera”. Mis hijos son víctimas de esta situación. La Justicia ha sido muy lerda. Ha habido complicidad como la de Olivera Pastor que cajoneaba todas las causas. Ahora todos tenemos la esperanza de que vamos a tener justicia. Espero que la justicia sea justicia y no me sienta defraudada”
La declaración
A continuación se transcribe el testimonio de Mercedes Susana Salazar:
Ese día fui a la Seccional de Policía a preguntar por él, mi novio, Francisco Gallardo y quedé detenida por el Comisario Lezcano. Me hizo pasar, me requisaron, me quitaron mi bolsa y me tiraron en un cuarto oscuro. Luego me llevaron al despacho de Lezcano. Tenía el arma sobre el escritorio; se levantó y me la puso en la cabeza y me dijo que hablara o sino la iba a pasar mal. Estaba violento, yo tenía mucho miedo y estaba paralizada, sin saber qué hacer. Después me pegó una cachetada que me tiró al piso y allí me daba patadas.
Cuando pude levantarme me empujó y me dijo que hable. Preguntó quién era Francisco Gallardo; yo le dijo que era mi novio y que queríamos saber dónde está, que su familia estaba preocupada. Me hizo callar y me volvió a decir que de aquí no iba a salir más y me amenazó con meterme a una pieza para que “me violen”. Se sentó en la máquina de escribir y empezó a tomarme todos mis datos personales. En un rato me dijo que él no estaba allí, pero nosotros sabíamos que sí estaba.
Luego me llevó a un cuarto donde había sólo un catre y había varios gendarmes armados. Y allí pasaron muchas cosas que nunca imaginé que me iban a pasar; que nunca lo había hecho con nadie.
La vez pasada hablamos con Hilda Figueroa de lo que había pasado;, cosas que nunca la habíamos contado porque era una vergüenza contar una violación. Lezcano cumplió con su amenaza.
Cuando estaba detenida, iba siempre a esa pieza, entraba me miraba y salía. Luego fui traslada junto a Francisca Gallardo y Juan Giménez, en una camioneta y varios policías custodiándonos, hacia San Pedro. Allí lo encontré a “Pancho”, mi novio, que me contó que en Gendarmería lo torturaron, le pegaron tanto que tenía la cara desfigurada, que lo habían llevado a los cañaverales donde le hacían simulacro de fusilamiento.
En San pedro el responsable era Enrique Morales, que lo dejaron morir por este largo tiempo de espera del juicio. Entre otros también estaba Medina, que era uno de los torturadores.
De allí nos llevaron a San Salvador, a la central de la Policía donde también el trato era violento. A las mujeres las trasladaron al Buen Pastor, y me acuerdo que estaban Dora Haig, Soledad López, entre otras. Sabía cómo era el trato con las monjas, porque yo estuve en un colegio de monjas.
Allí estuvimos hasta noviembre, en que el Ejército se hizo cargo de las cárceles y nos trasladan al penal de Gorriti, al pabellón 4 de presos políticos. Eran celdas individuales, ni siquiera podíamos dormir; sólo acostarnos para relajarnos un poco, porque las chinches no nos dejaban estar. La ventana estaba tapiada con maderas; estaba en la Celda N° 1, al frente mío estaba Elva Garrido, al lado Ninfa, mi compañera de lucha en la Juventud Peronista.
Allí el régimen era estricto, estábamos incomunicados, no teníamos recreo, no podíamos comunicarnos entre nosotras por las rejas. Al tiempo sacaron las maderas y teníamos una hora de recreo, salíamos de a una o de a dos. Por el patio se paseaba Dora, con su nena que nació en la cárcel,
Cuando se da el golpe militar, ingresa la gente de Ledesma, de Capital, Marina Vilte, Mirta Ibáñez, Ilda Figueroa, Eulogia que esta muy mal tratada, tenía las muñecas muy lastimadas, podridas, a igual que los tobillos, porque estuvo estaquillada en Guerrero.
Ortiz, que había salido de la cárcel, era el nexo entre nosotros y el ejército. El cura Medina siempre estaba o iba al pabellón a pedir confesiones para amedrentarnos y amenazarnos.
Un día abren mi celda y entran dos soldados y un militar y me pregunta qué había hecho yo y por qué me habían traído, qué sabía. Me acordaba que con mi amiga nos íbamos al campo; ella tenía un furgón que era de la funeraria de sus padres, que luego quedó en desuso y ella lo manejaba. Nos íbamos a las afueras, salíamos a limpiar el terreno en la zona del Acheral. Cuando mencioné ese lugar el tipo me dijo de todo, vos conocía “El Acheral”, empezó a levantar la voz y al ver esto los otros dos me apuntaron con las armas Me preguntó donde quedaba El Acheral y le dije que estaba camino al Lavalyen y no sabía nada más. Se puso furioso y esa situación de terror era insoportable. Ese militar era el hombre de la cicatriz, era Braga, esta más delgado.
Por el mes de junio llegaron tres compañeras, entre ellas Dominga Álvarez Scurta y Juana torres, que llegaron muy golpeadas y torturadas, muy, muy aterrorizadas.
Luego fui llevada a Buenos Aires, a la cárcel de Devoto, allí también nos maltrataron, nos hacían abrir de piernas, era terrible. Era una tortura para nosotros estar allí, el régimen era muy duro. Me acuerdo que la comida era “marinera de mondongo” hecha con panza de vaca todo verde con caca de vaca, El mate era agua azul turqueza. Estaba todo prohibido, y solo podíamos dormir cuando ellos nos decían. Por cualquier cosa nos castigaban. Había muchas mujeres que estaban enfermas y no se la atendía en la enfermería, Una murió delante de nosotros.
Recuerdo que cuando iban los organismos de derechos humanos a visitarnos, la comida era especial.