Lesa Humanidad: Claudia Scurta recordó el secuestro de su madre
En la segunda audiencia del 2° Juicio por delitos de lesa humanidad en Jujuy se escucharon los testimonios de dos testigos-víctima, Claudia Scurta y Mario López ex detenido en 1975.
López recordó sus años de cautiverio en la cárcel de Gorriti y los malos tratos recibidos por parte de los hermanos Ortiz, Zárate, Vargas (condenado a 25 años de cárcel en el primer juicio de lesa humanidad en Jujuy), imputados en este juicio, y Eduardo Bulgheroni condenado a perpetua en el 1° juicio de lesa humanidad en esta provincia. Las audiencias se reanudarán el miércoles 11 de septiembre a las 9.30 horas en el Colegio de Abogados de Jujuy.
Al comenzar su testimonio Claudia Scurta, hija de Dominga Álvarez de Scurta, docente detenida en mayo de 1976, aclaró que le costaba mucho poder contar lo que había pasado cuando detuvieron a su mamá, ya que solo tenía 15 años y fue detenida junto con ella: “Mi intención es colaborar con la Justicia y dejar atrás los años del Terror”, dijo.
Dominga Álvarez de Scurta era maestra rural, militaba en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y fue secuestrada de su domicilio el 26 de mayo de 1976, luego de un gran operativo de la policía provincial montado en las calles aledañas a la vivienda, en avenida Fascio: “Vi por el balcón a 30 personas, y el comisario Jaig. Sin orden judicial ingresó a mi casa, revolvieron papeles de mi madre, rompieron carpetas del colegio que eran mías, y ordenó que esperaran a mi madre en la puerta; había policías hasta en el tanque de agua” recordó Claudia.
Cuando llegó Dominga dijo “Es a mí a quien buscan”. Jaig le dijo que encontraron documentos que eran suficientes para detenerla. Dominga pidió ir al baño y Claudia la acompañó, tomó un frasco de pastillas y se desmayó. El bioquímico Sleibe Rahe, tomado como testigo por la policía, pidió una ambulancia, los policías la subieron a un patrullero de la guardia del Hospital y a Claudia también la subieron a otro patrullero.
Luego llevaron a Claudia al Comando Radioeléctrico incomunicada hasta las 9 del día siguiente. Jaig la llevó a su oficina donde ella vio en el perchero el tapado de su madre y al preguntar cómo estaba, el policía le dijo “se ha salvado”. En ese momento le advirtió que si se involucraba en cuestiones políticas, le pasaría lo mismo. “Volví a mi casa estaba toda dada vuelta y mi vida también” continuó la testigo.
Al otro día, su abuelo, Secundino Álvarez fue a ver a Dominga y se lo permitieron. “Estaba golpeada, me contó que por la noche habían ido militares y uno de ellos era Rafael Braga (condenado a prisión perpetua en el primer juicio de lesa humanidad en Jujuy) quienes la golpeaban”, relató Claudia.
“Fue un peregrinar, mi abuelo estaba destruido. Al tiempo nos enteramos que mataron a mi mamá, el cuerpo apareció, un mes después; lo encontraron unos vaqueanos y lo llevaron a la morgue pero mi abuelo no quería admitir que era su hija. Luego la enterraron como NN en Yala. El cuerpo tenía el abrigo, era el mismo” contó.
Claudia describió a Jaig como un sujeto prepotente, violento, mal educado y al ser consultada si durante el tiempo que estuvo en la Central de Policía vio a alguien más, dijo que sí, que pudo ver a Alicia Ranzoni tirada en un colchón muy asustada.
Mario López: “En el penal los verdugos eran los hermanos Ortíz, Zárate, Vargas y Bulgheroni”
Cuando lo detuvieron Mario tenía 18 años. Fue en el año 1975 cuando se lo llevaron a la comisaría de San Pedro donde lo interrogaron para preguntarle por sus actividades y por determinadas personas, a lo que Mario respondía que no sabía, que no conocía. Ante la negativa fue golpeado con puños y patadas. Luego lo tiraron en un calabozo.
A los pocos días lo trasladan a la Jefatura de Policía de San Salvador de Jujuy donde, cuenta Mario, también lo interrogaron duramente: “Sabían que yo tenía actividades políticas. Diez personas me golpearon allí, uno por uno”. A la media noche lo llevaron encapuchado en una camioneta a la orilla del río donde lo golpearon varias horas, luego lo volvieron a llevar a la central.
“En la central me quisieron hacer firmar una declaración falsa, y no firmé porque no escribían la parte de mi declaración donde contaba que me torturaban, me hostigaban, me toman las huellas digitales, me sacan fotos y me trasladan al penal de Gorriti”
Mario dijo que para él y sus compañeros de celda el golpe militar había comenzado en 1975, porque los presos políticos fueron separados de los presos comunes y que incluso él, que estaba en el pabellón de menores, luego fue trasladado al famoso pabellón 3 donde estuvieron detenidos la mayoría de los detenidos desaparecidos y ex detenidos de Jujuy. Contó también que en marzo de 1976 se incrementó el número de presos políticos y el ejército invadió el penal.
“Había dos tipos de personal penitenciario: los que aceptaban el diálogo y los verdugos, entre ellos estaban los hermanos Ortiz, Zárate, Vargas (condenado a 25 años de cárcel en el 1° juicio de lesa humanidad en Jujuy) y Bulgheroni (condenado a cadena perpetua en el 1° juicio de lesa humanidad en Jujuy)” explicó el testigo.
Relató que en el régimen del penal podían ir al baño una vez por día, y que en uno de esos momentos pudo ver a su cuñado, Pedro Torres entre el montón, y que en ese momento lo encerró en el baño para poder hablar con él, preguntarle cómo estaba y que en ese momento Pedro le contó que estaba muy mal, muy golpeado y que quienes le pegaban ahí en el penal le habían dicho que iban a matarlo. Mario trató de calmarlo; Pedro le contó que allí también estaba detenida su hermana, Juana, la compañera de Mario. “Luego supe que a Pedro lo sacaron y no volví a verlo nunca mas”.
De Juana solo supo que fue trasladada a la cárcel de Devoto porque pudo leer su nombre y el de sus hermanas y su madre en una hoja de diario que llegó por casualidad a sus manos en el penal.
El testigo contó que quienes visitaban el penal periódicamente eran el Obispo Medina y el cura Labarta y que en una oportunidad Labarta le dijo que su compañera, Juana Torres, estaba muy preocupada por su hija recién nacida que estaba internada en el hospital, y Mario le dijo que deseaba que la niña esté al cuidado de sus abuelos, pero Labarta le comentó que una hermana de él, soltera, estaba interesada en cuidarla, y Mario le dijo que no. A los pocos días Labarta volvió con papeles para hacerle firmar a Mario por la tenencia de su hija y Mario se negó a firmarlos.
Los suegros de Mario no pudieron hacerse cargo de la niña ya que casi toda la familia estaba detenida, y quedó en manos de la hermana del cura; luego pudo recuperar a su hija.
La comunicación hacia el interior del penal con los demás detenidos y hacia el exterior con la familia era casi imposible, describe el testigo, “inventamos un buzón que estaba escondido en el baño allí había una lapicera y papel, nos escribíamos todo lo que veíamos y escuchábamos. Después mediante golpes en la pared nos descubrieron y nos separaron celdas de por medio para evitar que nos comuniquemos. Después inventamos un alfabeto con silbidos y así nos comunicábamos; no nos guardábamos nada, teníamos que contarnos todo, quién entraba y quién salía de los militares”.
Luego de unos años en el penal de Gorriti finalmente Mario y un compañero, Colauti, fueron trasladados al penal de la ciudad de Salta, donde al poco tiempo fueron liberados. Los trasladó Bulgheroni quien les dijo que estaban a salvo y que sean agradecidos y que no lo busquen para matarlo, a lo que Colauti le dijo: “¡Me extraña!, ¿donde se ha visto a un militar que le tenga miedo a la muerte?” y Bulgheroni no dijo nada y se fue.
Equipo de Comunicación y Apoyo a los juicios por delitos de lesa humanidad en Jujuy

