Museo Lola Mora: un lujo aislado para una sociedad llena de necesidades
La inauguración del Centro Cultural Lola Mora reabre el debate sobre las prioridades de inversión en Jujuy. Mientras se celebra una obra de gran valor cultural, persisten reclamos por deficiencias en servicios esenciales como la salud, la seguridad, la educación y la infraestructura.
El dilema central de la gestión pública radica en la tensión entre la obra monumental, que ofrece un impacto visual inmediato y un valor cultural innegable, y la inversión en la estructura invisible que define la calidad de vida diaria. La inauguración del Centro Cultural Lola Mora en Alto La Viña representa un hito cultural importante para Jujuy y un legado tangible que resulta válido celebrar, especialmente al resguardar la obra de una artista tan vinculada a la provincia en un espacio diseñado por César Pelli.
Sin embargo, este evento también expone la lógica de la política del cemento, donde se prioriza lo visible y fotografiable como sinónimo de gestión porque genera un rédito político directo, mientras que se postergan aspectos fundamentales, pero menos vistosos, como la infraestructura vial, los servicios eléctricos, la desburocratización, la salud eficiente, la seguridad y la justa reivindicación docente.
A diferencia de este modelo, el estándar de exigencia en las sociedades desarrolladas prioriza el bienestar sustentado en la previsibilidad cotidiana, demostrando que el desafío de cualquier gobierno es hallar un equilibrio donde el enriquecimiento cultural no se perciba como un lujo aislado, sino como el complemento de una base sólida de servicios esenciales.
El debate que plantea la inauguración del Centro Cultural Lola Mora en Jujuy expone una contradicción profunda en las prioridades de gestión de los últimos once años del radicalismo, abriendo el interrogante de si este tipo de megaobras realmente mejora la calidad de vida de los jujeños o si, por el contrario, profundiza el desequilibrio frente a las necesidades postergadas.
Para que la cultura y el turismo sean un motor de desarrollo real y no un decorado, deben construirse sobre cimientos firmes. En las sociedades desarrolladas se entiende perfectamente que el bienestar ciudadano comienza desde el momento en que una persona sale de su casa hasta que regresa, garantizando que todo ese trayecto cotidiano esté definido por la seguridad, el orden y la tranquilidad.
Allá, los impuestos se ven reflejados primero en la infraestructura invisible que sostiene el día a día: rutas transitables, servicios eléctricos estables, salud eficiente y calles limpias. El placer de habitar el espacio público no pertenece solo a los grandes palacios o museos de la historia universal, sino a la previsibilidad de la vida corriente. En Jujuy, sin embargo, la lógica parece invertida al priorizar lo vistoso y lo fotografiable, obligando al ciudadano a atravesar una verdadera odisea vial, burocrática o sanitaria para poder llegar a contemplar una estructura de cemento.
Un centro cultural de vanguardia es un logro celebrable en lo artístico, pero cuando contrasta con deficiencias estructurales tan elementales en transporte, seguridad y educación, se corre el riesgo de transformar una obra monumental en un lujo aislado.
El verdadero desafío de gobernar, una lección que parece no haberse aprendido, no consiste en elegir entre la cultura y los servicios esenciales, sino en comprender que el arte enriquece el espíritu de un pueblo solo si este ya tiene sus necesidades básicas resueltas con dignidad.