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Elecciones presidenciales en Egipto

La elección del fin de semana culmina el proceso iniciado con la caída del Mubarak. Hay tensión por el control militar del parlamento. Los Hermanos Musulmanes se impusieron en la primera vuelta

(Télam)

En medio de un clima de creciente tensión luego de que el Tribunal Constitucional anulara las elecciones parlamentarias y disolviera la Cámara Baja, los egipcios volverán a concurrir a las urnas este fin de semana para elegir al primer presidente democrático tras la caída del dictador Hosni Mubarak.

Las opciones están dadas entre Ahmed Shafik, un hombre del régimen ya que fue alto funcionario de Mubarak y cuya candidatura fue confirmada ayer, y Mohamed Mursi, representante de la poderosa cofradía islamista Hermanos Musulmanes, amplios ganadores de las elecciones legislativas anuladas por el Tribunal Constitucional.

Sin presidente, ya que tras la caída de Mubarak tomó el poder el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, y sin Parlamento, el país más poblado del mundo árabe buscará regularizar una situación que tiene muchos claroscuros tras la denominada "primavera árabe" que logró acabar con el régimen pero no llegó a plasmar una verdadera revolución.

Mursi, un ingeniero de 60 años graduado en Estados Unidos, obtuvo en la primera vuelta celebrada el 23 y 24 de mayo el 24,7%.

Consciente de que necesita ampliar el voto netamente islamista, Mursi aseguró que en caso de resultar electo mantendrá las libertades adquiridas en la "revolución", no impondrá a las mujeres el uso del velo y que garantizará derechos de la minoría cristiana en el país.

Sin embargo, sus alocuciones las comienza "en el nombre de Dios" y hace permanentes referencias a la "sharía" (ley islámica) y a un proyecto de un renacimiento islámico en todas las áreas.

Shafik, quien obtuvo el 23,6% de los votos en mayo, aprovecha la condición islamista de su rival para lanzar toda su artillería, denunciarlo como "un peligro" y asegurar que su triunfo pondría a la nación "en riesgo".

Este general retirado centra su campaña en la idea de que con él vendrá una época de cambio, que mejorará la educación, salud, la investigación científica y los sueldos, además del combate a la corrupción.

Ambas opciones, sin embargo, distan en gran medida del sueño de los centenares de miles de egipcios que se manifestaron desde enero de 2011, en una rebelión que en dos meses de enérgicas protestas puso fin a un régimen de casi tres décadas.

La desazón que esta situación produce se manifiesta en las recurrentes manifestaciones protagonizadas por jóvenes, protestas que son fuertemente reprimidas y aumentan el número de víctimas que dejó la rebelión.

El pasado 2 de junio, Mubarak fue condenado a cadena perpetua por la muerte de 850 manifestantes, en un fallo en el que sus parientes y responsables policiales fueron absueltos gatillando nuevamente la indignación de los egipcios.

Envueltos en esta convulsionada realidad, los aproximadamente 50 millones de egipcios buscarán torcer el destino del empobrecido país del noroeste de África.