“Mi viejo es un Puma”: El texto que emociona a todos en las redes sociales
Mi viejo es un Puma y yo no me había dado cuenta.
Un Puma sin camiseta, sin entrenador y sin público.
Por eso yo no lo había notado hasta ahora.
Si el Ariel se hubiera puesto la albiceleste cada vez que preparaba mates a las 6 y media de la mañana, a lo mejor lo hubiera reconocido antes.
O si hubiera lucido el escudito del yaguareté en el pecho mientras tacleaba a la hiperinflación del 89 vendiendo detergente en sachet puerta a puerta.
Como buen Puma, mi viejo aguantó los golpes puteando por lo bajo, pero sabiendo que el partido de la vida se gana jugando.
Por eso nunca hizo trampa. Nunca se quejó con el árbitro y cada vez que lo tumbaron se paró, se sacudió un poco y siguió corriendo, tratando de colarse entre la defensa para meterle un try a la realidad.
¿Pero cómo me iba a dar cuenta yo que mi viejo era un Puma?
Si no corre con shortcitos cortos porque tiene las patas flacas,
ni tiene botines de alta tecnología, ni Under Armor debajo de la camiseta de franela.
Igual que un Puma, a mi viejo lo han bajado mil veces y se
levantó mil una.
Igual que un Puma, cuando tuvo que echarse el equipo al hombro, lo hizo.
Yo lo he visto jugar lesionado en el pecho, corriendo solo
con la pelota.
La vista empañada por las lágrimas, los dientes apretados de bronca, girándose
hacia un lado y hacia el otro, tratando de encontrar a alguien para hacer el
pase… cuando todos se habían ido.
Pero los Pumas no lloran en la cancha, así que después de cada golpe escupió un poco de sangre y siguió jugando.
A veces lo ves y da la impresión de que ya está un poco
viejo para seguir jugando, que en un tacle de estos lo van a hacer bolsa y ya
no se va a poder levantar más.
Pero mi papá aprendió el juego de mi abuelo, el nonino.
Y no sé de dónde sacó el nonino la regla esta: del partido se sale con los pies
por delante.
Así que ahí sigue mi papá, jugando hasta el último minuto
con el corazón mucho más que con los músculos.
Poniéndole huevos y mostrando las garras.
Igual que un Puma.
Andrés Tampassi