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Poemas dedicados a la valoración de la magia de la amistad

Compartimos algunos poemas dedicados a la valoración del sentimiento mágico de la amistad, de tres poetas: Pablo Cingolani, O.A. Berengan y Miguel Hernández.

 

PABLO CINGOLANI

 

PABLO CINGOLANI, historiador argentino que vive en Bolivia, añora con nostalgia en este bello texto a aquel amigo que se fue, Roque Taborda, con quien caminó las montañas, contempló las apachetas guías de la vida y de la amistad.

 

 

AMIGO MÍO

Amigo mío

vuelve a casa pronto,

Cuéntame todo,

Cámbiame todo,

Que necesito hoy

Tu resurrección

Tu liberación,

Tu revolución. 

 

Sui Generis: Vida, 1972

A RoqueTaborda

 

Amigo mío, ahora que has partido, te digo, te digo tan simplemente como yo pueda decirte: ya volverán las montañas compartidas, ya volverán los abrazos, ya volverán los brindis, ya volverá la vida juntos

Amigo, amigo mío: celebré tu llegada, ya añoro tu partida. Pero no como en aquel poema chino –un epitafio-  donde el guerrero se arrepiente de no haberse agasajado más con sus camaradas de combate. La vida es plena o no es. A cada rato. La vida se vive y se vive cada vez y se comparte y se entrega o no hay vida ni más allá de la vida ni poética que la redima

Vos lo sabés, amigo mío, amigo, compañero, ahora que has partido

Te escribo, desde estas montañas, sabiendo que estás en viaje – así es la vida: siempre se regresa, siempre se parte: las apachetas nos guían, las apachetas deciden, las apachetas amparan, las apachetas saben

Y ellas –yo sé- te van a cuidar

Y vos vas a volver –o acaso yo también lo haré

Y seguiremos andando y volviendo, yendo y regresando

Volviéndonos siempre a juntar, hasta que el cuero, la voluntad, la pacha, los abismos, la nieve, el cielo y la luna aguanten

Hay algo más fuerte que todos los avatares del mundo de arriba, del mundo de abajo y de más allá, hay algo que se parece al amor, al amor profundo, que no es lo mismo pero es igual: es la amistad.

 

Pablo Cingolani

      Río Abajo, Bolivia, 12 de julio de 2018

 

* *

 

OSCAR AUGUSTO BERENGAN

 

Augusto Berengan, poeta, músico, cantor,  en tiempo de nostalgia, lejos de nuestro suelo,  busca en Jujuy a poetas que señalaron su andar artístico. En la poesía, en la amistad señala a Raúl Galán y Néstor Gropa, los recuerda en  “esa hora de Poetas”. A los cantores,  que sabían acariciar la guitarra. Todos quedaron tatuados en nuestro/ su Jujuy.

 

 

“…Esa hora de Poetas, de lunas  sobre el sauce

y de  aguas dormidas añorando su  cauce….”

 

 

BUSCO UN JUJUY

 

A Raúl Galán y Néstor Gropa

 

Busco un Jujuy,  que tal vez yo no he visto

pero  estuvo -lo sé-   y hoy  regresa conmigo.

 

Como de haber andado esas tierras hoy, lejas

las busco entre unas  sombras  de añoranzas y quejas.

 

Esa hora de cantores que por un solo estar

tomaban la guitarra en lento acariciar.

 

Esa hora de Poetas, de lunas  sobre el sauce

y de  aguas dormidas añorando su  cauce.

 

¿Porque recuerdo tiempos que nunca he conocido

y que hoy se van conmigo hacia un segundo olvido?

 

No sé que almita vieja  se aposentó en mi sino

como trayendo rostros de algún solar vecino.

 

Que regresó cantando de algún paisaje antiguo

que perdura tan solo en quien vislumbra olvido.

 

Busco un Jujuy,  que tal vez yo no he visto

pero estuvo lo sé  y  hoy  regresa conmigo.-

 

O. A BERENGAN – Ciudad de Córdoba  07/2018.

 

* *

 

 

MIGUEL HERNÁNDEZ

 

 

Miguel Hernández, 1910-1942, poeta español, pastor de poetas, pertenece a la generación del 27, dedica este poema a la muerte del amigo Ramón Sijé, compañero del alma, quien lo  iniciara  en la poesía. 

Es una de las elegías más bellas de la lírica española de todos los tiempos. Al comienzo del poema, Miguel no se explica la temprana muerte de su amigo. Luego, su espíritu dolorido censura a la muerte por haberse enamorado del joven poeta. Finalmente, aparece la visión panteísta de la naturaleza humana, cuerpo y alma, y considera la vuelta de esta a la naturaleza donde el ama del amigo morará eternamente.

 

“…No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida…”

 

 

ELEGÍA

 

En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería.

 

 

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

 

10 de enero de 1936-

De “El rayo que no cesa” (1936). Miguel Hernández