La política ni escucha ni se interesa sobre lo que le pasa a la gente
En una reunión informal me encontré con un empresario muy preocupado por lo que pasa en la provincia de Jujuy y sus niveles de corrupción combinados con una dosis de ineptitud por parte de los funcionarios describiendo un cuadro de situación difícil de destrabar.
Le expresé mi opinión sobre lo que creo que pasa y mi fundamento es que la dirigencia ha perdido la capacidad de escuchar desde hace tiempo ya con el agravante del impacto psicológico que produjo la pandemia en Jujuy. El empresario me corto respetuosamente firme y me respondió: “el problema no es que no escuchan, es que no les interesa” ¡Verdaderamente impactante!
Estas expresiones me impulsaron a intentar pensar sobre cuáles serían las causas por las cuales la política ni escucha ni se interesa sobre lo que le pasa a la gente.
Desde una mirada ética y filosófica, podemos preguntarnos: ¿cuál debería ser la función de la política en nuestra sociedad? En su esencia, la política debería ser un instrumento para promover el bienestar común, la justicia social y la participación ciudadana. Sin embargo, en muchos casos, parece que ese ideal queda en segundo plano, y lo que predomina son intereses particulares, olvidándose del mandato moral de servir a la comunidad.
Desde una perspectiva ética, por ejemplo, si las decisiones políticas no buscan maximizar el bienestar colectivo y en cambio favorecen a ciertos grupos, estamos ante una desviación de su verdadera función. Desde una perspectiva basada en normas de conducta, si los políticos actúan en contra de los principios morales de justicia, equidad y respeto por los derechos humanos, se vulnera la ética que debería guiar sus acciones.
Filosóficamente, podemos profundizar en las causas de esa desconexión entre quienes ejercen el poder y la ciudadanía. La corrupción, la falta de transparencia, la ausencia de participación real y la indiferencia ante las necesidades populares, son fenómenos que reflejan una crisis ética en el ejercicio del poder. La posible deshumanización de quienes toman decisiones, así como la percepción de que la política es un simple medio para conseguir privilegios, aleja a los gobernantes del compromiso con el bien común.
Por otra parte, las causas estructurales también juegan un papel importante: la desigualdad social, la pobreza, el clientelismo y un sistema que muchas veces privilegia los intereses económicos por encima de los derechos sociales. Todo esto alimenta un escenario en el que la política parece más un mecanismo de opresión o de indiferencia que un espacio de construcción colectiva.
En definitiva, para que la política cumpla su verdadero rol, necesitamos un cambio profundo que incluya una ética del servicio, de responsabilidad y de diálogo abierto con la ciudadanía. Sólo así podremos esperar una política que escuche y que verdaderamente se interese por resolver los problemas de la gente, poniendo siempre en primer lugar el bienestar común, la justicia y la dignidad humana.
La esperanza está en que cada uno de nosotros también pueda comprometerse y exigir que la política retome su verdadero sentido.
Una reflexión que nos preocupa a todos en estos tiempos de incertidumbre es si estos fenómenos, esta situación de desconexión, desigualdad y falta de respuestas concretas desde la política, no cambian en nuestro querido Jujuy, ¿qué puede venir en términos políticos y sociales para nuestra provincia?
La historia nos muestra que los movimientos sociales y las protestas son muchas veces una respuesta a esta acumulación de frustraciones, a la sensación de que las demandas no son escuchadas, o peor aún, que las instituciones no cumplen su rol de ser garantes de justicia social y bienestar. Cuando esas demandas se siguen acumulando, sin un canal efectivo de participación y sin soluciones reales, el riesgo es que se intensifiquen los conflictos, que aumente la polarización y que se profundicen las desigualdades.
Desde una perspectiva política, si la situación se profundiza en esa dirección, lo que podemos esperar es una mayor fragmentación del panorama, con posibles movilizaciones, protestas masivas y un desgaste aún mayor de las instituciones democráticas. La falta de respuesta puede derivar en un auge de liderazgos populistas o movimientos extremistas que prometen cambiar la realidad, pero que muchas veces no ofrecen soluciones sostenibles ni procesos democráticos sólidos situación que ya hemos visto.
A nivel social, este escenario puede traducirse en una mayor desigualdad, en una fragmentación social aún más marcada, en la exclusión de sectores vulnerables y en un aumento de la sensación de desesperanza. La pobreza, el desempleo, la violencia y la desesperanza pueden cobrar mayor terreno si no se actúa con voluntad política y con un compromiso genuino por construir soluciones inclusivas y participativas.
Pero también puede venir un proceso de organización social más fuerte, en el que los movimientos populares, los actores sociales y las comunidades demanden mayor participación y generen una presión social que también impulse cambios, aunque ese camino no es fácil ni exento de riesgos.
Es fundamental entender que si no se toman medidas profundas, sostenidas, transparentes y genuinas, la crisis social puede agravarse, llevando a un ciclo difícil de romper. La esperanza está en que la dirigencia política, los movimientos sociales y la ciudadanía entiendan que solo a través del diálogo, la justicia y la igualdad se puede construir un futuro más estable y justo.
Por eso, la invitación que hacemos hoy, en este espacio, es a no dejar que la incertidumbre nos paralice, sino a activar todos los mecanismos posibles para fortalecer las instituciones, incentivar la participación y buscar soluciones que incluyan a todos los sectores, especialmente a los más vulnerables. La historia de nuestra provincia y de nuestro país muestra que podemos salir adelante si hay compromiso genuino.
La esperanza también está en nuestra capacidad de movilizarnos y exigir cambios que sean duraderos y que beneficien a toda la comunidad.
Sin embargo, ante la profunda crisis social y política que vivimos en provincias como Jujuy, ¿no puede ser precisamente esta situación la que genere la emergencia de un outsider de la política?
Un outsider que venga desde fuera de los moldes tradicionales, de esas estructuras viciadas, perimidas, que todavía resisten, pero que ya no logran responder a las necesidades reales de la gente. la historia nos enseña que en momentos de crisis, cuando el sistema parece agotado, aparece en escena un nuevo actor, alguien que desafía el statu quo y propone un cambio profundo y radical.
Este outsider puede ser esa figura que renueve la esperanza, y que diga “basta” a la política de siempre, esa que se ha vuelto distante, corrupta o ineficaz. Puede ser un líder social, un joven, un activista, un ciudadano común, que emerge con fuerza, con ideas nuevas, sin los atavismos de las viejas prácticas – esas prácticas que a veces parecen más un obstáculo que un puente hacia un cambio real.
Pero hay que entender también que su emergencia no será automática ni fácil. Requiere que la sociedad misma esté preparada para aceptar ese cambio, para abrirse a nuevas formas de hacer política, de relacionarse con los que gobiernan y con quienes participan en la gestión pública.
Este fenómeno puede ser la chispa que encienda una transformación más profunda, una renovación de las reglas del juego, una ruptura con los viejos vicios, con la corrupción, con los privilegios y con la apatía. La fuerza de un outsider radica en su novedad, en su capacidad de movilizar esperanzas y de generar un proceso más genuino, basado en la participación y la transparencia.
Por supuesto, no todo outsider será la solución definitiva y debemos ser cautelosos, porque toda figura nueva debe ser también responsable, ética y comprometida con la transformación real. Pero, sin duda, su surgimiento puede ser la señal de que la gente está harta, que no quiere más improvisaciones o modelos que han fracasado.
En definitiva, la crisis puede abrir una ventana de oportunidad: la de reinventar la política desde sus cimientos, dándole voz a quienes llevan mucho tiempo excluidos, y promoviendo cambios profundos en la forma en que gobernamos y nos relacionamos.
El gran desafío es que esa emergencia tenga un rumbo, que no se quede en lo meramente simbólico, sino que sirva para construir un sistema más justo, más participativo y más humano. Y esa posibilidad, en nuestro caso y en tantos otros lugares, está sobre la mesa. Solo depende de nosotros nutrir esa esperanza y acompañar los procesos de cambio.