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Viernes Santo: Los jujeños subieron al Cerro de la Cruz

Como ocurre todos los años, miles de jujeños subieron desde temprano hasta la cima del cerro, para participar de las diferentes ceremonias del Viernes Santo. El obispo Fernández presidió la celebración de la palabra.

Según dijeron a Jujuy al Momento efectivos policiales apostados en el cerro, los peregrinos comenzaron a subir hasta la cruz alrededor de las cinco de la mañana.

Miles de personas ascendieron durante toda la jornada, en un trayecto que lleva, en condiciones normales, unos cuarenta y cinco minutos.

Muchos jóvenes se dieron se dieron cita en el lugar, pero también personas mayores a pesar de sus dificultades, y familias enteras. Muchas de ellas incluso llevando los carritos de los hijos más pequeños, tarea que se torna difícil en un camino en subida y de tierra. Nada fue impedimento para cumplir con el ritual de todos los años, o con promesas que había que cumplir.

Hacia la media mañana una multitud ocupaba todo el espacio disponible en la cima del cerro, que lentamente comenzó a descender al mediodía. A esa hora el sol ya apretaba y se hacía sentir, por que un importante número de personas debió recibir asistencia del SAME.

Jujuy al Momento
conversó con Alejandra Molina, responsable de la carpa del servicio médico de  emergencia, quien dijo que entre las 7 y las 14, se habían realizado 177 atenciones, la mayoría por deshidratación y problemas de tensión arterial.

La enfermera dijo que mucha gente no toma las precauciones debidas para la ascensión y lo hace sin llevar agua ni gorros o sombreros para protegerse del sol y por lo tanto se deshidratan. De todos nodos no hubo hechos que pasarn a mayores.

Pasadas las 14, como estaba anunciado, el obispo diocesano monseñor Cesar Daniel Fernández, presidió la celebración de la Pasión del Señor y la adoración de la Cruz, acompañado por el párroco de barrio Mariano Moreno, padre Luis Arregui.

Sobre el Evangelio de San Juan (18, 1-19,42) monseñor Fernández reflexionó:

De este sacrificio de Jesús depende toda nuestra vida, depende nuestro futuro. Él murió para que, resucitando después, se nos abrieran a nosotros  las puertas del cielo. Fue el primero de todos en ingresar al cielo para que pudiéramos seguirle.

Estamos acá queriendo hacer homenaje a este sacrifico de la cruz. Hacer homenaje a su amor, ese amor que fue tan incomprendido mientras estuvo entre nosotros y que sigue siendo incomprendido por muchos.

Jesús es aquel que todo lo da; hasta la última gota de su sangre y esto lo sabemos bien nosotros por la fe. Todo lo da a cada uno, a cada hombre, a cada mujer que viene a este mundo. Nos da la vida; nos da la salud; nos da los dones que tenemos; nos da la posibilidad de hacer de nuestra vida algo útil para los demás. Nos da la esperanza; nos da la fe para que podamos caminar hacia él. Estamos acá tratando de hacer sanar por este amor también nuestras heridas, nuestros dolores, nuestras cruces. Venimos acá para que se junte nuestra cruz con la de cruz de Jesús.

Cada uno de nosotros sabe sus dolores; sabe sus penas, sabe lo que nos duele cada día, lo que nos hace sufrir. Por eso venimos a poner todo eso cerquita de Él. Él sabe lo que nos pasa, lo que nos duele. Sabemos que conoce desde dentro el misterio del dolor. Porque Él llevó lo que nosotros no podríamos llevar. Llevó la cruz entera y nos dejó una astillita, una pequeña parte que es lo que vamos cargando cada día, con las fuerzas que tenemos y con la Gracia de Dios que nos fuerzas también para poder seguir adelante.

Este dolor Él lo sabe bien. Él ha sufrido para poder decirnos “yo sé lo que les pasa; yo sé lo que sienten; yo sé lo que les duele. Sé lo que sufren en el camino de la vida y yo no he querido mirar desde el cielo como un espectador que mira el dolor de otro”, sino que Jesús bajó a la tierra y caminó nuestra vida y nuestros dolores.

Sufrió todo lo que acabamos de escuchar en la Pasión, cosas que nosotros no podríamos resistir: ultrajes, desprecio, traición, negación, abandono, soledad y el sufrimiento hasta lo indecible, hasta quedar exhausto en el Cruz.

Todo eso lo hizo el Señor teniéndonos a cada uno de nosotros delante de sus ojos y en su corazón. Por eso hoy queremos darle gracias por este sacrificio redentor. Hoy queremos sentirnos aliviados en nuestra cruz, porque Él cargó lo que nosotros no podemos. Queremos sentirnos que no estamos solos, que este Jesús camina junto a nosotros los caminos de la vida. Que este Jesús camina con nosotros cada día para darnos fuerza y valor para ser cristianos y llevar una vida de amor como la llevó Él hasta el final. Hasta dar la vida por los demás.

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