Los jujeños demostraron una vez más su devoción
Esta capital celebró ayer 6 de agosto la festividad del Santísimo Salvador, Patrono de la ciudad. El 19 de abril de 1593, el conquistador español Don Francisco de Argañaraz y Murguía, con mandato de Ramírez de Velazco, fundó nuestra ciudad en lo que hoy es la Plaza Belgrano. Lo hizo en nombre de todos los santos que protegían su conquista y empresa, por lo que puso por nombre a la nueva ciudad San Salvador en honor al santo señor de los católicos.
La fiesta patronal se celebra en esta fecha, puesto que según los evangelios, el 6 de agosto es el primer día en el que Jesucristo demostró su divinidad a algunos de sus apóstoles.
Las actividades en honor al Santo Patrono dieron inicio el sábado 27 de julio pasado con la entronización de la imagen y al día siguiente dio inicio la novena, la que cada día tuvo invitados especiales para su rezo. Hoy tuvieron lugar los actos centrales.
A las 17 dio comienzo la procesión por las calles céntricas de la ciudad, de la que participó gran cantidad de fieles que acompañaron al obispo diocesano monseñor César Daniel Fernández, y al resto de los sacerdotes que participaron de los actos.
En el atrio de la Iglesia Catedral se encontraba otro número importante de devotos que aguardaba la llegada de la marcha. A su finalización, dio comienzo la misa presidida por el obispo, que en esta fecha cumplió un año al frente de la diócesis.
De la misa participaron el gobernador Eduardo Fellner y miembros de su equipo, el intendente Jorge, el secretario de Cultura y Turismo Alejandro Aldana y el secretario de Cultural José Rodríguez Barcena entre otros funcionarios.
En el comienzo de su homilía, el obispo diocesano agradeció la presencia de las autoridades y de la feligresía que lo acompañó en esta ceremonia.
En su mensaje, monseñor Fernández dijo:
“Estamos viviendo esta hermosa fiesta, honrando al Santísimo Salvador, nuestro patrono. Lo hacemos con toda la fiesta que celebra hoy la fiesta de la Transfiguración del Señor. Esta lectura que hicimos del Evangelio (San Lucas 9,28-36) nos ayuda a la contemplación del misterio de nuestro Salvador Jesucristo. Los tres apóstoles escogidos, Pedro, Santiago y Juan, que van con Jesús a esa montaña, son los testigos privilegiados de ese acontecimiento. El maestro que para ellos era lago tan familiar, tan cotidiano, tan cercano, está a punto de bajar a su pasión salvadora. Esta apunto de ir a morir a la cruz y resucitar por nosotros. Pero para que ellos no se escandalicen de los sufrimientos de su pasión, en esta montaña, al transfigurarse, les demuestra su grandeza y su belleza como Hijo de Dios. Ellos como fatigados por esa hermosura y esa belleza y por boca de Pedro, piden quedarse allí. Sin embargo hay una voz que viene del cielo que les dice ‘presten atención. Escuchen lo que el Padre esta esperando de ustedes’
Ene este año de la fe, nosotros creyentes, queremos tomarnos en serio esta voz del padre que nos presenta a su hijo Jesucristo y nos dice ‘escúchenlo’. Nuestra vida, nuestra salvación están encerradas en esa actitud, dependen de esa actitud; escuchar al Hijo de Dios. Lo escuchamos en su palabra, en la voz de la Iglesia, en el día a día de nuestro caminar cuando nos habla con la voz de nuestra conciencia y nos va llevando por el camino del bien y nos invita a vivir mejor nuestra vida cristiana.
Estamos celebrando esta fiesta en esta ciudad que se ha fundado bajo el amparo del Santísimo Salvador. Si nos remontamos por el túnel del tiempo podemos pensar que nuestros antepasados, desde la profundidad de su fe, quisieron levantar una ciudad donde el Hijo de Dios, el Santísimo Salvador, fuera el punto de referencia para la vida cotidiana de los ciudadanos. Seguramente no era un nombre como cualquier otro sino que para ellos tenía un profundo sentido, un profundo contenido poner el nombre del Salvador a esta ciudad. Quisieron poner bajo el amparo de esa cruz a todos los hombres. A lo que estaban entonces, a los que vinimos después, para que todos pudiéramos sentir que vivimos cobijados por ese amor. Quisieron sentirse amparados en esa cruz salvadora y que así pudiéramos sentir nosotros nuestra vocación de ser hijos de Dios y hermanos entre nosotros. Esa cruz del Señor nos llama y nos cobija a todos. Si la miramos bien, se abre a los cuatro puntos cardinales de nuestra geografía para decirnos que todos somos su pueblo y que el designio de Dios es que lleguemos a ser un pueblo unido”.