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El Obispo presidió la Misa Crismal

El obispo diocesano, Monseñor César Daniel Fernández, presidió en la tarde noche de ayer, la Misa Crismal en el colegio El Salvador, junto con los sacerdotes de la Diócesis de San Salvador de Jujuy.

Este año la ceremonia se trasladó del estadio de la Federación de Basquetbol de Jujuy, al gimnasio del Colegio El Salvador. El espacio físico fue otro, pero el fervor de los fieles el mismo de siempre.

Gran cantidad de personas llegaron desde las diversas parroquias de la diócesis, acompañando a los sacerdotes que se congregaron para participar de la ceremonia que marca la comunión entre todo el presbiterio y entre los sacerdotes con su obispo.

La misa crismal se celebra ordinariamente el Jueves Santo, pero en muchas oportunidades, por la dificultad de la asistencia de los sacerdotes diocesanos, se realiza el miércoles previo. En esta celebración el obispo consagra el Santo Crisma y bendice los restantes óleos que serán utilizados en diferentes actos litúrgicos,

Con el Crisma consagrado por el obispo son ungidos los nuevos bautizados y son signados los que reciben la confirmación.

Con el óleo de los catecúmenos se preparan y disponen para el bautismo los mismos catecúmenos (personas que desean recibir el bautismo y que se hacen instruir con este designio)

Con el óleo de los enfermos, éstos son aliviados en sus enfermedades.

Apenas comenzada su homilía, monseñor Fernández hizo referencia a la designación de Jorge Bergoglio como nuevo jefe de la Iglesia Católica, lo que provocó los aplausos espontáneos de todos los presentes.

El siguiente es el texto completo de la homilía pronunciada por el obispo Fernández:


Queridos hermanos:

Con gran alegría estamos celebrando una vez más la santa misa crismal, en esta Semana Santa tan especial, en que hemos empezado a vivir la Pascua ya desde hace más de diez días con la elección del Papa Francisco. Fue una Pascua anticipada para todos nosotros, motivo de alegría.
 
Aprovecho para agradecer al hoy papa Francisco que tuvo siempre un cariño muy especial con Jujuy, una ligazón muy cercana a través del padre Marcelo Palentini, a quien él valoraba inmensamente. Silenciosamente supo estar al lado de él en los momentos difíciles de su enfermedad, no sólo físicamente sino también con lo que hacía falta para que no le faltara nada. Esto es un motivo de redoblar la gratitud hacia él. Por eso cada vez que el padre Marcelo le pedía venir a Jujuy él aceptaba con tanta generosidad. En esta celebración de la  Misa Crismal queremos también rezar y dar gracias a Dios por él.

Siempre es esta celebración una expresión de la eclesialidad, porque expresa la comunión que existe entre los presbítero particularmente y su obispo, y la extrena unidad de todos los presbíteros con él. En esta misa como sabemos, el obispo consagra los óleos sagrados que se utilizan en la administración de los sacramentos y también los sacerdotes renuevan ante el obispo y ante ustedes, el santo pueblo de Dios, los compromisos que hemos contraído el día de nuestra ordenación sacerdotal.

A la luz de la palabra de Dios que se nos ha proclamado, nuestra mirada se dirige hacia Jesús, el ungido por el Padre y enviado para llevar la buena noticia a los pobres, para anunciar la liberación a los cautivos, para dar la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos. Porque de Cristo el Señor, brota toda la gracia y la vida divina que transforma nuestra vida; la vida de cada uno de nosotros que nos hace semejantes a Dios.

La Pascua de Jesús, el misterio de su pasión, muerte y resurrección que vamos a vivir en los días que siguen, es la irrupción del amor desmesurado de Dios en nuestra historia humana. Amor sin medida, amor que se derrocha por cada uno de nosotros y se hace entrega hasta la última gota de su sangre.

Vamos a recordar esto al leer mañana en la misa vespertina de la Cena del Señor, aquellas hermosas palabras del Evangelio de Juan que nos recuerdan que antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, Él, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos y que había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y comenzó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Después volvió a la mesa y les dijo: ¿Comprenden lo que yo he hecho con ustedes? Porque ustedes me llaman Señor y Maestro y dicen bien porque lo soy. Pero si yo que soy el Señor y el Maestro les he lavado los pies, también ustedes deben hacer lo mismo unos con otros. Yo les di ejemplo, dice Jesús, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.

La contemplación de esta escena evangélica que vamos a revivir mañana y hacer visible con el lavatorio de los pies en nuestras comunidades cristinas, nos ayuda a todos nosotros, creyentes, pero de manera particular al obispo, sacerdotes y diáconos, a entablar en nuestra vida estos sentimientos de Jesús y su actitud servicial.

Cuando recibimos el sacramento del orden, todos nosotros en el diaconado, el obispo ha rezado sobre nosotros pidiendo que la gracia del Espíritu Santo descendiera sobre nosotros para que fortalecidos por la gracia de los siete dones, desempeñemos con fidelidad el ministerio.

Recordando aquella oración que se pronunció sobre cada uno de nosotros, volvamos nosotros, sacerdotes y diáconos, a hacer revivir esto. Que resplandezca en Él se nos dijo, un estilo de vida evangélica; un amor sincero; solicitud para los pobres y enfermos; una autoridad discreta; una pureza sin tachas y la observancia de sus obligaciones espirituales. Que sus mandamientos se vean reflejados en sus costumbres y el ejemplo de nuestra vida suscite la imitación del pueblo santo. Que perseveremos firmes y constantes en Cristo, imitando al Hijo de Dios que no vino a ser servido sino a servir.

Estas palabras vuelven a caer hoy como un bálsamo de gracia sobre nuestros corazones. Quisiera reavivar la misión  que hemos recibido de Cristo para actuar en su nombre y hacerlo presente en medio de su pueblo. Es el carisma de servicio el que hemos recibido y aceptamos vivir. El fundamento de este carisma de servicio está en la lógica del amor hasta el extremo. Esta lógica es la que tiene que marcar el horizonte de nuestro obrar. Porque junto con Jesús nosotros hemos descubierto que poseíamos el carisma del servicio y cuando asumimos los compromisos de nuestra vida sacerdotal, hemos aceptado también amar y servir. Amar hasta dar la vida. Amando dando la vida cada día por nuestros hermanos.

Nos recordaba esto el papa Francisco el día de la misa de inicio de su pontificado, diciéndonos que la verdadera dimensión de la autoridad y la finalidad de todo poder es el servicio. Si esto vale para todo poder, poder de este mundo, mucho más para el poder espiritual del que lso ministros sagrados somos investidos. El papa Francisco hablando de esto nos decía: “ciertamente Jesucristo ha dado un poder a Pedro”. ¿Pero de qué poder se trata? A las tres peguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple indicación: Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos. Nunca olvidemos, dice el papa, que el verdadero poder es el servicio y podemos decirlo nosotros, obispos, sacerdotes y diáconos; para ejercer el poder debemos entrar cada vez más en este servicio que tiene su culmen en la cruz. Debemos poner nuestro todo en el servicio concreto, humilde y rico en fe que encarnó San José y acoger con ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres y a los más débiles.

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, que hermoso oficio, que preciosa vocación esta de amar como Jesús. Qué hermoso es pastorear así. No por intereses mezquinos y mundanos, ni queriendo acaparar nada de nadie, sino siendo de todos. Haciendo de nuestra vida una identificación cada vez más profunda y honda con Jesús. Aunque sintamos la pobreza de nuestro ser, la debilidad de nuestra condición humana, la debilidad de nuestro pecado, no podemos bajar los brazos. Tenemos que aspirar siempre a que se cumpla en nosotros, aquella transformación de la cual hablara el apóstol San Pablo al final de su trayectoria entre los hombres: “No soy yo quien vive sino que es Cristo el que vive en mí”.                     

Queridos hermanos sacerdotes y diáconos, delante del pueblo santo de Dios que está aquí, de las ovejas redimidas por su preciosa sangre, en primer lugar les quiero agradecer lo que cada uno de ustedes hace. Bien conozco muchas cosas y otras se me escapan. Son esas actitudes cotidianas, sencillas, de entrega al pueblo de Dios día y noche; les agradezco de todo corazón. Les pido también que nos animemos y ayudemos unos a otros en este hermoso camino que es ir conquistando la madurez sacerdotal en el amor. Ayudémonos con los buenos ejemplos que cada uno de nosotros puede dar de si. Con nuestra pureza de vida, con nuestra disposición a cada servicio siempre en todo momento. No queriendo mezquinar ni el tiempo ni la vida porque ya lo hemos dado todo el día que asumimos seguir a Jesús con nuestra vida entera.

Nunca dejemos de tener por delante este ejemplo de Jesús, que no le hizo asco lavar los sucios pies de sus discípulos ni arremangarse para calzarse la túnica del servicio.

Yo les he dado ejemplo, dice Jesús, para que ustedes hagan lo mismo. Yo quiero pedirles hermanos, pueblo santo de Dios, recen siempre por nosotros, por sus sacerdotes. Llevamos este tesoro en vasijas muy frágiles. Tanto y tan frágiles que sin la gracia de Dios y sin la ayuda de ustedes nada podemos. Ayúdennos con su oración y con su estímulo a vivir y morir siendo sacerdotes. Ungiendo nosotros hasta el último instante de nuestra vida, toda injustita y todo desamor con el amor de Dios.

Que Dios que ha comenzado en nosotros la obra buena, la lleve a su plenitud. Que así sea. 

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